TODA guerra constituye, por su propia naturaleza y su fuerza destructiva, el marco de las mayores violaciones de los derechos humanos. Sin embargo, en los conflictos contemporáneos estamos asistiendo a una perversión aún más profunda del horror: la población civil ha dejado de ser un trágico daño colateral para convertirse, de manera deliberada, en diana principal.
Esta dolorosa realidad es plenamente evidente en el ataque sistemático e indiscriminado contra zonas habitadas que protagoniza mayoritariamente la estrategia ofensiva rusa contra Ucrania. Golpear bloques de viviendas, hospitales o infraestructuras esenciales no obedece a una táctica militar orientada a mermar la capacidad de combate del enemigo, sino a difundir el terror sobre la ciudadanía. Es un proceder que no se diferencia en su intención y efectos del acto terrorista, tal y como ha calificado el Gobierno ucraniano los más recientes ataques perpetrados sobre Kiev.
Este patrón de desprecio absoluto por la vida humana es el mismo que ha incendiado Oriente Próximo. El terror impuesto desde los cielos ucranianos comparte la misma matriz de crueldad que el salvajismo presenciado hace ahora mil días, cuando Hamás perpetró su aborrecible ataque contra personas indefensas. Un acto de puro terrorismo que desencadenó otro en forma de brutal y genocida represalia posterior de Israel en Gaza.
El terror, ya lo ejerza un grupo armado irregular o un Estado soberano mediante bombardeos masivos, deshumaniza a quien lo practica. Frente a esta barbarie simultánea, es imperativo alzar la voz para reforzar las denuncias y advertencias desde el ámbito del Derecho Internacional Humanitario. Los Convenios de Ginebra no son meras sugerencias redactadas para tiempos de paz, sino el último dique de contención contra el salvajismo.
Pero la ONU y los tribunales internacionales están maniatados para actuar con urgencia, firmeza y sin dobles raseros. Atacar a la población es, categórica e innegablemente, un crimen de guerra. Si la comunidad internacional permite que las estrategias de aniquilación y terror se normalicen con impunidad, ya sea en las calles de Kiev o Moscú, en las ruinas de Gaza, en Tel Aviv, Líbano o Teherán, certificaremos el colapso definitivo del orden jurídico global. La ley de la jungla.