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Maricón

Suena rotundo y seco. Suena exactamente tan firme y sentenciador como el desgarro hiriente de la persona a quien consigue ofender. Tan tozudo e irreflexivo como el sentimiento que lleva a pronunciarlo.

Os aseguro que no viene solo y que su receptor no se sorprenderá al oírlo. Probablemente habrá llegado tras unos cuantos "no hagas esos gestitos" y puede que algún que otro "¡Juega al fútbol como los demás niños!". El insulto será solo el desahogo de esas miradas apartadas que sin atreverse a decir nada lo decían todo.

Caerá como el hielazo que le lanzó aquel engominado de Marengo o ese skin que tanto frecuenta el Zulo. Como ese grito de chapero o esa lista negra. Son simplemente cosas de la vida, ¿verdad?

Pero no os engañéis. El día que él o ella salga del armario no os ciñáis a decirle que os gustaría haberle ayudado antes o no haber soltado cierta burrada en alguna ocasión. Os pediría que pensárais en por qué no lo hicisteis pero, sobre todo, en cómo podéis impedirlo ahora.

Cada vez que alguien, adulto o niño, mujer u hombre, actúa o se expresa de forma peyorativa hacia las personas homosexuales, están lanzando un hielo más al iglú en el que lo están encerrando. Son ladrillos hechos de gélida incomprensión. Es la frívola comodidad del hogar de barata desprotección oficial. Tu vista gorda, tu omisión, no sirven de nada.

Algunos no nos callaremos, pero necesitamos tu voz unida a la nuestra (y hablando también por quienes no se atreven) para demoler, de una vez, otro de esos muros sin sentido que apresa a tantas personas.