Mesa de Redacción

El insulto político no resuelve los problemas y cansa mucho

04.10.2020 | 01:06
Javier Esparza, durante una rueda de prensa.

Las sesiones de control al Gobierno español en el Congreso de cada miércoles se han reducido a un intercambio de abucheos, insultos y descalificaciones desde la bancada de Vox y PP. Apenas hay propuestas o alternativas centradas en los intereses reales de la sociedad que no sean las que emerjan de los partidos minoritarios. Un estado de la política que sólo busca desgastar al Gobierno, limitar la efectividad de su acción política y generar una permanente idea de estabilidad. No aporta nada positivo a la actual situación de crisis que atraviesa el Estado. Al contrario, mina la credibilidad de la política y la eficacia de su aportación a la gestión pública y debilita la misma democracia. Es una estrategia –la del rifirrafe político permanente– desesperada, pero también de alto riesgo colectivo. Y es la estrategia que parece tratar de situar Esparza en la política navarra. Igualmente desesperada creo. Su intervención en el Pleno de la Cámara foral del pasado jueves contra el portavoz del Grupo Socialista, Ramón Alzórriz, al que insultó como "macarra de tres al cuarto" y "miserable" es un salto cualitativo a peor en la ya errática oposición que protagoniza Navarra Suma. Alzórriz es un político al uso de colmillo afilado –el estilo y el fondo no son lo prioritario–, y a Esparza le puso la franela y cayó en la trampa con un penoso fuera de tono como respuesta. Los ataques personales fueron una constante contra la presidenta Barkos y se han mantenido ahora contra la presidenta Chivite, pero pasar al insulto supone visualizar un cambio de ciclo que va a aislar aún más a UPN. El martes el presidente de la CEN, Juan Ángel Sucunza, pedía unidad a políticos, sindicatos y empresarios ante la pandemia del coronavirus y sus consecuencias sociales y económicas, un mensaje que a la vista de sus palabras no llegó a oídos de Esparza o quizá no llegó a comprenderlo bien. Nadie le exige –nadie puede hacerlo además– que renuncie a su labor de oposición ni a la defensa de sus propuestas, ideas y alternativas. De hecho, la llamada a la responsabilidad y al máximo consenso en este tiempo de crisis no excluye el ejercicio político de oposición. Pero sí cabe exigir unos mínimos a su discurso. Si Navarra Suma ha sido incapaz hasta ahora de alcanzar acuerdos para que sus iniciativas sean aprobadas es principalmente responsabilidad suya y de la estrategia dura y bronca por la que ha apostado. Es en su mochila donde pesan los lastres de ese camino equivocado –el mismo que recorren el PP o Vox en Madrid–, y desde el jueves tiene además las piedras añadidas de las palabras macarra y miserable. Con esa mochila es muy difícil, si no ya imposible, que pueda pensar en llegar en un futuro, ni cercano ni lejano, a ocupar la presidencia del Gobierno de Navarra. De lo que realmente está cansada y desapegada la opinión pública –en general, pero más aún en Navarra– es de esa bronca permanente, de la política tóxica de insultos, mentiras, amenazas y confrontación. No resuelve problemas.