Gracias a unos amigos comunes, tuve la suerte de conocer personalmente a Joaquín Sabina al comienzo de la década de 1990. “Aquí hacen las mejores lentejas de Madrid”, fue lo primero que me dijo con su voz ya rascada mientras degustaba en solitario, un domingo por la noche, esta legumbre en la mesa de una acogedora tasca a la que nos invitó a sentarnos. El bar se encontraba cerca de su domicilio y allí el cantante gozaba de una razonable privacidad.
Un par de años después, volví a estar con él. Fue con ocasión de una actuación que ofreció en el Anaitasuna. A su término, pidió que fuéramos a buscarle al hotel para tomar una copa por el Casco Viejo. “A ver a dónde me lleváis que después de los conciertos la gente no me deja dar un paso”, nos advirtió mientras subía a mi coche y yo le decía que enPamplona esto no ocurría. Me equivoqué de plano. Sin ni siquiera bajarse del asiento trasero del Polo rojo en el que le llevábamos semiescondido, fue identificado y las pasamos canutas para poder tomar una cerveza tranquilos, algo que solo conseguimos cuando un amigo nos dejó entrar a su bar, ya a puerta cerrada y con los clientes previamente avisados de que le podían saludar pero sin llegar al acoso.
Para entonces, yo también había compartido un paseo y cena por Madrid, donde Sabina disfrutaba de cierta intimidad, de ahí que me sorprendiera más lo sucedido aquel día en la Vieja Iruña. La situación, sin embargo, ha cambiado radicalmente, pero a peor. Este viernes suplicó, en la entrevista que le hizo Carlos del Amor en TVE, que ahora ya retirado le dejen estar tranquilamente en los bares. No pidió nada más que eso. Dudo que lo consiga. El precio de la fama se ha disparado desde que existen redes sociales y teléfonos móviles.