Este martes se han cumplido 10 años del referéndum del Brexit. La consulta, planteada inicialmente como poco menos que una broma, terminó celebrándose y le costó el puesto al entonces primer ministro David Cameron. Una década después, Reino Unido ni ha superado la resaca de aquella caprichosa decisión ni ha solucionado ninguno de los problemas que la precipitaron. Al contrario. Sufre una crisis institucional que se ha llevado por delante a siete primeros ministros, incluido Keir Starmer, quien el lunes puso fin a su estancia en el número 10 de Downing Street.
Los británicos, entre quienes abundan los que observan Europa desde la distancia y la indiferencia, van cayéndose del guindo al comprobar los efectos del Brexit. En términos económicos, el portazo a la UE les ha supuesto una reducción del PIB del 8%, un descenso del comercio de cerca del 15% y una caída del 18% de las inversiones.
Las encuestas apuntan ahora a que dos tercios de su población apoyan reincorporarse a la UE. Entre sus dirigentes políticos también cobra fuerza esta idea, sobre todo después de haber comprobado en sus propias carnes que el Brexit está en Downing Street, donde el trajín de maletas se ha convertido en algo habitual.