Leire y la soberanía ciudadana navarra

09.02.2020 | 16:22

El relato institucional en Leire -que se hace la semana anterior a San Fermin- debería de ser respetuoso con la realidad histórica y cultural, la dignidad de esta sociedad y la de sus instituciones; pero, sin embargo, es todo lo contrario por el tono buscadamente medieval y de tendencioso ambiente castellanista, propio de los del régimen que pugnan desesperadamente por volver al Gobierno, pero que, para sorpresa general, dicho discurso se ha estado repitiendo, mediante su lectura sin cambio alguno, durante los tres últimos años. El monasterio de Leire, refugio, centro político, intelectual y religioso, residencia y panteón real, tuvo ante todo una posición señalada en el desarrollo jurídico-político de los vascones y de Navarra. Así, el texto del decreto del emperador Honorio, del año 408, animando a la defensa contra los conquistadores germanos, dirigido a las milicias del territorio de la urbe de Pamplona -cuerpo político y cabeza principal de los vascones y luego de su Reino de Pamplona/Iruña- entró a formar parte desde aquel año del acervo documental nacional navarro, y acabaría siendo considerado como primordial justificante de la estatalidad soberana navarra, independiente de las nuevos estados que estaban surgiendo, así lo acredita su presencia entre los documentos del cartulario navarro del año 993, llamado Códice de Roda. Ya que, tras el declive de la civilización urbana romana, ocasionado en la Europa occidental por el predominio de los bárbaros a partir del año 475, se generó en el espacio geográfico de los vascones -condicionados especialmente por la necesidad de defenderse frente a aquellos violentos invasores visigodos- la reorganización de la sociedad política, estructurada básicamente en tres ámbitos: las comunidades vecinales, los milites y el clero; desarrollando el completo sistema jurídico navarro o pirenaico y sus instituciones, desde el auzo batzarre hasta Nafarroako Gorteak.

La fundación del monasterio de Leire está relacionada, en su origen, con las poblaciones que circundaban en época romana, lo que sería la ubicación geográfica del cenobio legerense, por la floración anacoreta en las mismas de los siglos V y VI, con unas condiciones ambientales favorables a las prácticas ascéticas, en las faldas soleadas del Arangoiti, que se desarrollaron en el cristianismo de esta zona urbanizada de la Europa romana, en lo que fue la amplia y tupida red de la importante urbe vascona-romana ubicada entre Sangüesa-Zangoza y Sos, en el hoy parajede la Valdonsella, Campo Real/Fillera, y los núcleos arqueológicos hasta ahora conocidos en Sofuentes, Bañales, Santa Cris-Eslava-Oibar, Ilumberri-Lumbier, Ledea-Liédena o Tiermas, activos hasta la antigüedad tardía, y con la centralidad que ocupó este monasterio en el conjunto del reino pirenaico -entre el reino asturiano y los condados carolingio-catalanes, la propia Gascuña en el norte y los musulmanes por el sur- hasta el inicio del desmembramiento de Navarra y Aragón en 1134. De ahí que fuera en el monasterio de Leire donde se guardaran las obras escritas de la cultura clásica europea. Así, cuando Eulogio de Córdoba lo visita en el año 848, informa haber encontrado un espacio cultural relevante, quedó sorprendido por las obras clásicas de Grecia y Roma que había en su rica biblioteca. La riqueza de los fondos reflejaba la veterana existencia en Navarra de la voluntad de adquirir, guardar conocimiento, estudiarlo y transmitirlo. La Iglesia tiempo después, con la Sagrada Unción del Rey que practicaba, adquiere especial protagonismo en la jerarquía política y social del reino vascón, reemplazando a lo que había sido la arquitectura política europea del Estado romano, sustituyendo al poder senatorial por los obispos y al del emperador por el papa.

La Catedral de Pamplona, siglo VI, es la sede metropolitana de la Iglesia de Navarra, y Leire en el siglo VIII es el primero de los grandes monasterios, catedrales, colegiatas y abadías de fundación impulsada por los reyes del reino de Pamplona y Navarra, le siguieron San Juan de la Peña (920), San Martín de Albelda (924), San Millán de la Cogolla (931), Irache (958), Saint Sever (988), catedral de Roda de Isabena (1030), Santa María la Real de Nájera (1052), catedral San Pedro de Jaca (1077), Orreaga (1135), Colegiata de Armentia (1135), La Oliva (1145) e Iranzu (1176). En el año 905, cuando Antso Gartzes I es coronado rey de Pamplona-Iruña, el último de los reyes Aritza, Fortún Garcés, se retira a Leire, donde estaban enterrados su padre, García Enekez, y su abuelo Eneko Aritz, a elegido primer rey de Pamplona, Navarra. Sancho Garcés I (905-925) y sucesores se enterraron en Leire, a su gobierno debemos el esplendor de una construcción románica excepcional (1057). Las sorprendentes columnas de la cripta legerense son un testimonio evidente de la singularidad del monasterio.

Las Cortes de Navarra tuvieron como miembro nato de las mismas al abad de Leire, además siempre fueron reflejo de la influencia de Leire, y a la vez éste tuvo en ellas su protección, a las que se unió la Diputación del Reino y la Diputación Foral, que salvaron el Monasterio de su total destrucción. La Diputación de Navarra, a una con la Comisión de Monumentos Históricos de Navarra, protegieron a Leire, intensamente deteriorado a partir de la guerra napoleónica y de la primera guerra civil carlista, y en especial por las desamortizaciones. Se puso de relieve no sólo su valor histórico-artístico, sino también el referente memorial del reino que el monasterio ostenta. En 1867, la Diputación y la Comisión consiguieron impedir su venta en subasta y protegerlo con la declaración como monumento histórico. Se inició así un largo camino de recuperación de los edificios y de algunas de sus joyas más significativas, como la arqueta árabe. Una comunidad benedictina castellana en 1954 reinició la vida diaria del monasterio.

Durante las últimas cinco décadas el pueblo y las instituciones de Navarra, honrando la larga historia de defensa de la libertad del pueblo navarro, conmemoran anualmente en este panteón legerense a los reyes navarros, que solamente lo eran previo su juramento de fidelidad al pueblo de Navarra, a los fueros, leyes, costumbres y Constitución propia ante las Cortes de Navarra. Este homenaje, con la presencia de las máximas instituciones de Navarra: las Cortes de Navarra, la presidenta de Navarra y el Gobierno de Navarra, así como alcaldes y representantes municipales y concejiles, debe de ser un reconocimiento al pueblo y a sus gobernantes, que forjaron la unidad de la sociedad política estatal navarra, en una palabra, de las libertades e instituciones realmente republicanas, que hicieron posible la defensa de los derechos civiles, políticos, sociales, lingüísticos, en especial al euskera, económicos y culturales, vitales para la supervivencia de la sociedad navarra.