Deseando desear la gobernabilidad

09.02.2020 | 22:04

En las pasadas elecciones una compañera estaba haciendo campaña puerta a puerta en un barrio obrero de Iruña. Tras exponer a uno de los vecinos más pobres del lugar las propuestas electorales de su candidatura (todas de un alto contenido social) éste le espetó: "Vale, muy bien, pero yo no pienso votar a vuestro partido".

- ¡Vaya! -exclamó mi compañera-. ¿Por qué? En realidad, como te he explicado, somos la única alternativa política que defiende de verdad los derechos de la mayoría.

- Sí, eso es lo que tú dices, pero sé que si los populistas gobernáis me vais a quitar todo lo que tengo.

- ¿Todo lo que tienes? Si no tienes nada. No te funciona el televisor, los muelles del tresillo están saltados, la mesa coja, la ventana desvencijada?

- Ya, pero ¿y si me toca la lotería? -respondió él sonriente.

Aquel pobre diablo estaba, sin remedio, atrapado en el statu quo. Y es que el poder de seducción de la lotería y su capacidad para legitimar la desigualdad es uno de los productos mejor acabados del capitalismo. No en vano, la lotería consiste en que muchos ponen un poco para que unos pocos ganen mucho. Y cada vez que adquirimos un décimo ambicionamos que sea a nosotros a quien nos toque (en caso contrario no lo compraríamos), convirtiéndonos así en cómplices de la desigualdad misma y cautivos del deseo.

Si en los últimos siglos la ciudadanía se incorporó al sistema a través del trabajo y del consumo, es en pleno siglo XXI el deseo de consumo lo que nos hace de facto sujetos (sujetados, atendiendo a la génesis del término) sociales.

En cualquier caso, nuestros deseos insaciables no son invención propia. Se construyen desde fuera por los grandes poderes económicos y políticos. Al igual que las marcas comerciales nos inoculan qué y cuánto queremos consumir, son los partidos políticos quienes nos persuaden de que es mejor que nos gobiernen ellos (lo que se denomina gobernabilidad) a que nos gobernemos nosotras y nosotros mismos (gobernanza).

Lo que no queda muy claro, mirando en rededor, es si, en realidad, que nos gobiernen beneficia a la población en general o sólo a quienes nos gobiernan (políticos, grandes empresarios, banqueros, líderes de opinión?).

Hagamos la prueba del algodón. Allá por el año 2004 el término mileurista estaba cargado de connotaciones negativas, relacionadas con un empleo joven o sin cualificar. Hoy, 15 años después, muchas madres y padres (y abuelas y abuelos) de familia se ven obligados a hacer juegos malabares para aproximarse a los mil euros mensuales. En el interín ha subido, entre todo lo demás, la alimentación, la vivienda, la luz, la calefacción?

Al otro lado de la ecuación tanto los políticos, como los grandes empresarios, los banqueros y los líderes de opinión han elevado a la enésima potencia sus sueldos, sus beneficios y su patrimonio.

Durante los tres lustros últimos (al igual que durante los cinco anteriores) se han alternado gobiernos del PSOE y del PP. Su balance: empobrecer y precarizar las condiciones de vida de la mayoría social y favorecer la acumulación de riqueza de las clases privilegiadas.

¿Y seguimos creyendo que cuando los políticos nos hablan de la razón de Estado y del progreso se están refiriendo a nuestras razones y necesidades para subsistir y a nuestro progreso como ciudadanos? Bien saben ustedes que no. Lo que se esconde detrás de la tan cacareada en el último debate de investidura razón de Estado no es otra cosa que la reproducción y perpetuación del sistema y de sus dirigentes, la configuración de nuestro deseo de ser gobernados para consumir sin preocuparnos más que de cómo conseguir los ingresos que nos permitirán continuar consumiendo y deseando consumir hasta el infinito y más allá, sin asumir de una vez y sin ambages que semejante barbaridad es imposible porque el mundo y sus recursos son, por definición, finitos.

En la segunda investidura fallida de Pedro Sánchez, Pablo Casado dijo algo con lo que, sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo "Señor Sánchez, usted no es un hombre de fiar". Y después de escuchar las intervenciones del resto de portavoces comprobé que ninguno de ellos es de fiar.

Me consta que da mucha pereza cuestionarse el sistema (hay quien afirma incluso que le daría pereza ir a votar de nuevo en noviembre), pero mientras persistamos en condenarnos a elegir a políticos en lugar de decidir las políticas les puedo asegurar que al común de los mortales nos seguirá yendo en el futuro tan mal o peor que hasta ahora.

De nosotras y nosotros depende. ¿Deseamos gobernarnos y asumir ya nuestra mayoría de edad democrática?

El autor es politólogo y activista