Estación de la vida

27.02.2020 | 02:59

en pocas semanas entraremos en esa estación de la vida, como la llamo, la primavera. La primavera marca un nuevo ciclo, el sol que vuelve a salir nos conecta con el optimismo, con nuestra fuerza vital y nuestra disposición para comenzar de nuevo. Porque, si cada estación climatológica supone una serie de cambios en los elementos que componen los ecosistemas, la primavera puede ser calificada como el renacer y resurgir de la vida. Alimento y agua en abundancia, apareamientos, crianza, migraciones, floración, etc. En definitiva, una naturaleza más viva y una época sin igual para descubrir esos mágicos mecanismos que regulan el sorprendente equilibrio de los ecosistemas.

La orografía, las regiones biogeográficas y los componentes climatológicos existentes en Navarra provocan variaciones incluso dentro del propio territorio. Como consecuencia, la primavera puede hacerse notar de forma más intensa en unos u otros puntos. Sólo en Navarra, dentro del marco ibérico, se encuentran las tres regiones biogeográficas reconocidas en el dominio peninsular. En primer lugar, la región cántabro-atlántica al norte, se caracteriza por los bosques de hoja tierna, representados por los hayedos, alisedas, robledales caducifolios y semicaducifolios que avanzan en su sector meridional hasta las sierras que cierran por el sur las cuencas de Pamplona y de Aoiz-Lumbier. En segundo lugar, el extenso dominio mediterráneo, al sur de la zona anterior, se reconoce por sus bosques siempre verdes de carrasca y pino carrasco; los quejigales de hoja esclerófila y lampiña efectúan la transición en esta área de la Navarra Media; choperas, alamedas, sucedas y fresnedas se reparten por los ríos. Por último, en tercer lugar, los mundos pirenaicos alpinos se extienden al este del río Irati y al norte de la prepirenaica Sierra de Leire con un elenco de abetales y hayedos con abeto, pinares albares montanos y de pino negro subalpinos.

Las ofertas de la primavera son muchas, pero una de ellas, hermosísima, son ciertas coloraciones. Durante buena parte del mes de marzo, las laderas de nuestras montañas se tiñen de las primeras flores de la primavera como las flores rosáceas y malvas de lavandas, brezos rubios y romeros. Los responsables son principalmente tres especies de la comunidad arbustiva: los brezos rubios, lavandas o cantuesos, y, en parte, los romeros.

Con los primeros atisbos de abril, el paisaje, como si estuviera un poco harto de tanto morado, da un brusco giro hacia el limón. Ya estamos abriendo el calendario de los amarillos. Que comienza con los fogonazos, siempre muy espaciados, de los mimosos, árboles que se incendian incluso en febrero, pero que sujetan su flor hasta bien entrado abril. La segunda oleada de amarillos la ponen las retamas negras, y no menos, aunque su tamaño resulta mucho más reducido, las aulagas, tojos y la última generación de jaramagos. Todos ellos animan un panorama de leves chisporroteos de oro sobre la ya patente oleada de verdes que crecen, como una barba adolescente, sobre la tabla de los campos.

La primavera nos da la oportunidad para florecer, pero también de muchas más cosas. Después del invierno, en donde muchos animales hibernan por las condiciones climáticas, en la primavera vuelven a salir, los árboles se llenan de flores y es la época del apareamiento, de la creación de la nueva vida, de las nuevas proles. En contraste con la calma invernal, los paseos por el campo en primavera son un alboroto de trinos y zumbidos, de olores recién estrenados y de colores vivos. Han brotado los campos.

Si bien en los paisajes nunca nada queda terminado, al menos en algunos casos se puede dar por completos ciertos ciclos. Por ejemplo, el de las migraciones de aves en primavera. La llegada a nuestros ámbitos de todos los componentes de sus comunidades zoológicas se cierra, en efecto, a lo largo de las semanas centrales de mayo. Las aves del estío, esas que únicamente son peninsulares durante los meses cálidos, en realidad comienzan a llegar en pleno invierno, y algunas especies se adelantan cada vez más, debido al cambio climático. Febrero y marzo y también enero, registran trasiegos que van llenando nuestros paisajes de nuevos colores, aleteos y cantos. Así, por ejemplo, los primeros ejemplares de la golondrina común llegan cada vez de forma más adelantada. En abril nos alcanzan especies como los vencejos comunes, abubilla, ruiseñores comunes, abejarucos europeos, oropéndolas europeas y un largo etcétera.

Y por citar a algunas de estas especies, me voy a referir a los vencejos, que son portentosos viajeros que pueden recorrer varios millones de kilómetros a lo largo de su vida. Las poblaciones del este de Siberia pasan los meses fríos en el corazón de África, lo que supone un viaje de, como mínimo, 30.000 kilómetros anuales. No resulta nada excepcional para un vencejo recorrer entre 1.000 y 1.500 kilómetros diarios en pos de su alimento. Y quizá lo más llamativo sea que no se posan para descansar, ni siquiera de noche, cuando dormitan en el aire tras elevarse a miles de metros de altura. Es más, a excepción de las temporadas en que cuidan de su nido en época de cría, comen, beben y copulan sin dejar de volar. Sus patas semiatrofiadas les impiden despegar si caen a una superficie llana, y por eso sus nidos se encuentran en lugares que les posibilitan el dejarse caer.

Y cerrará la migración de primavera en mayo el abejero europeo, una rapaz ciertamente original en cuanto a la alimentación se refiere. Y es que, a pesar de su envergadura de casi metro y medio, estas aves comen principalmente abejas, avispas y sus larvas.

La primavera es tiempo de canciones porque ni un solo pájaro deja de emitir músicas, las que compusieron el preludio de la primera sonata de la historia. Entre otros muchos pájaros, ahí tenemos al petirrojo –txantxangorri en euskera–, con su plumaje en el que destaca la amplia mancha anaranjada que se extiende por la cara, la garganta y el pecho, que tiene un canto muy melodioso. Reclama y canta a lo largo de todo el día, pero especialmente por la mañana muy temprano, incluso antes del amanecer.

El autor es experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente