Tsunami de civismo

09.04.2020 | 01:35

Llegó como un tsunami. Nadie estaba preparado, ni podía estarlo, ante la diseminación de una infección por un virus del todo desconocido. Pronto se supo cómo se contagia y que podía causar estragos en la población de más edad. El reto inmediato era contener el contagio, y literalmente toda la comunidad debía y debe encarar la epidemia y sus efectos. Ha sido necesario activar y coordinar esfuerzos y habilidades profesionales de todo tipo; un trabajo enorme, centrado en el bien común, dentro de cada circunstancia concreta y con medios escasos e insuficientes, no podía haberlos en ningún caso. En nuestro país la amenaza ha propiciado todo tipo de actividad en políticos, periodistas, y ciudadanía, a veces a modo de reacciones impulsivas motivadas por el miedo, o exabruptos al entender que se actuaba mal, y otras debidas a intereses particulares, al amparo de la situación, expandiendo información engañosa. Algunas de las cosas dichas bajo el paraguas del derecho a la crítica han mostrado lo más negro e insolidario del corazón humano, que nos avisa de lo que podría ocurrir cuando toque rehacernos de la catástrofe que nos deja el coronavirus y la respuesta que se ha tenido que dar. Es por ello que mis primeras palabras sean un reconocimiento emocionado a todo el sector residencial navarro, su decencia y compromiso personal y profesional, debe ser puesto en valor.

Desde el Departamento de Derechos Sociales de Navarra, entendimos, ya unos días antes de decretarse el estado de alerta, que nuestra primera respuesta debía afrontar varias tareas, todas centradas en evitar la propagación del virus en las residencias de personas mayores y de discapacidad y reforzar el trabajo en este ámbito, sin escatimar esfuerzos y medios, contando con los recursos que realmente estaban accesibles, no con los que nos gustaría tener, al amparo del apoyo del Departamento de Salud y de todo el Gobierno. Supimos también pronto que los contagios entre las personas que residen en los centros residenciales nada tiene que ver con la calidad de los cuidados, sino con el tipo de virus que es muy contagioso. Y para ello abrimos un canal de comunicación con las 71 residencias de personas mayores y las 49 de discapacidad de la Comunidad Foral, que nos permitiera tener un contacto directo, sin traba alguna, a tiempo real, en todas las direcciones, que incluyera al personal, la dirección y la gestión de las residencias, y también a los distintos patronatos y consejos, y todo el que se relacionara con ellas. Sumamos también a comunidades religiosas, a las que identificamos en atención a la edad. Así establecimos, junto a las residencias, cómo habría que actuar en el caso de que aparecieran personas que pudieran presentar síntomas, la restricción de las visitas y maximizar la comunicación con los familiares por otras vías, y activar el resto de recomendaciones para evitar los contagios. Pronto llegó el estado de alerta. Fuimos conscientes de que habría que escuchar críticas de quienes no se informaban de lo que se hacía y lo que estaba pasando, otras que procedían del miedo y el pánico inevitable, y otras referentes a la escasez de medios, que todos querríamos disponer. Entendimos que habría familiares, profesionales y directivos que harían sus reclamaciones, muchas veces justas, al margen de los canales destinados a ello, como por ejemplo en los medios. Decidimos que debíamos recoger todas las reclamaciones, sin importar donde aparecieran, y hemos hablado con las principales asociaciones que agrupan al sector residencial de Navarra, sindicatos, colegios profesionales, entidades del tercer sector, ayuntamientos, concejales y parlamentarios, de forma constante. Hemos tenido que intervenir sobre acciones bienintencionadas, y otras quizás no tanto, que no se alineaban con la estrategia y que además de tener poco sentido no controlaban el riesgo. Y estar callados ante las críticas que solo eran descalificaciones, todas ellas fuera del los cauces reglados. Hemos comprendido que los humanos ante una situación angustiosa podemos reaccionar de formas peculiares, y decidimos que lo que había que entender era su motivación, más que la literalidad de la expresión. Puedo decir que sobre todas estas peticiones, preocupaciones, quejas hemos podido mantener una actitud profesional y técnica, orientada al objetivo central, sin permitirnos distracciones.

Las siguientes acciones fueron apoyar las residencias, ante los requerimientos que incrementaban el confinamiento, reducir más el contacto de los familiares con los residentes, encontrar apoyos ante sustituciones por enfermedad de profesionales que atienden las residencias, reforzar el apoyo sanitario directo a las residencias para supervisar y atender los problemas que surjan, y establecer sistemas para contener la pandemia en los centros. Se han elaborado listas de personas que pueden trabajar en las residencias ante una eventualidad, que superaban las disponibles, incluyendo también la contratación de directores cuando ha sido necesario, mediante procedimientos de urgencia, incluso se ha conseguido una enorme lista de voluntarios que respondieron a nuestra solicitud. Se ha implementado un equipo de profesionales sanitarios, en su mayoría procedentes de los equipos de valoración de la dependencia y la discapacidad, que visitan las residencias y mantienen contacto directo con las mismas. Se han encontrado y habilitado espacios nuevos para aislar y prevenir contagios, utilizando hoteles y otras residencias, y a veces el hogar de familiares para alojar a las personas residentes.

Seguramente no hará falta decir la cantidad de trabajo, contactos, reuniones y personas movilizadas para estos objetivos, durante largas jornadas día y noche, y todos los días de la semana. Pero sí que es necesario resaltar, yo debo hacerlo, la generosidad inconmensurable de las personas que trabajan en la administración, de distintos Departamentos, en los ayuntamientos y en las que trabajan en las residencias en la atención directa con las personas, y quiero resaltar, sin hacer menosprecio de los demás, las personas cuidadoras, del personal de la limpieza y cocina, porque no se suele reconocer su aportación tan fundamental como la de los demás. También es necesario remarcar que en esta crisis hemos podido ser flexibles y superar la sectorización rígida de los servicios, que aunque intuimos algunas dificultades, rápidamente se despejaron. Esta flexibilidad debe quedarse con nosotros, y superar definitivamente el sistema de silos del trabajo sectorizado, fomentado algo más la polivalencia y la cooperación, un problema que lastra muchas veces la asistencia a las personas. Y esto es lo mejor de la crisis sanitaria, que nos hemos encontrado con una actitud de comunidad generalizada a todos los niveles en Navarra, aunque vemos que también en buena parte del mundo. Es un motivo de orgullo saber que hay tantos ciudadanos y ciudadanas, que están dispuestos a colaborar con el bien común, superando miedos y otras barreras. Esto nos puede hacer vislumbrar al futuro con esperanza: nos tenemos los unos a los otros, no nos vamos a dejar solos.

Si todo va bien, dentro de unas semanas tendremos que afrontar otro reto global: recuperarnos del impacto de la pandemia. Tendremos que poner en pie la actividad de nuestra comunidad. Estaría bien orientarnos por las lecciones que estamos aprendiendo en la crisis y sin olvidar lo conocido anteriormente. Hay un reto social global, que evidentemente tendrá unos recursos económicos más limitados que los que teníamos a principios de año. Es un reto autonómico, nacional, y también europeo y mundial. Y también incluye un reto importante para este Departamento de Derechos Sociales, que nos llevará a repensar las mejoras en la prestación de servicios. Por un lado tendremos que cuidarnos de que las dificultades económicas y la necesaria seguridad nos dirija a precarizar los servicios, aunque también conviene pensar en formas sostenibles de proporcionarlos, será una época de equilibrios difíciles, pero ayudar a las personas en dificultades también tendrá que ser prioritario en los próximos tiempos, que nos asegure no abandonar a nadie y ese bien tan preciado que es la cohesión social. Por otro lado, deberemos repensar las políticas institucionales, quizás también la estructura de los centros actuales, con centenares de personas, criticados en el pasado, por la dificultad para crear un ambiente de hogar que valore a cada persona, y quizás su rentabilidad. De cualquier modo en el que se evolucione, debemos seguir desarrollando en nuestros centros residenciales el modelo de atención centrada en la persona, esto no se puede en una situación de crisis aguda, porque ahora se trata de salir adelante, aprendiendo lo máximo posible. Este modelo reconoce a cada persona como individuo distinto de cualquier otro con necesidades muy personales y diferentes, un modelo que permita tener un contacto humano y con cada una de los personas usuarias. Este modelo va en detrimento del modelo institucional, donde a todos se les da lo mismo, lo quieran o no, a costa de uniformar a las personas, y el modelo basado en protocolos, que hace que los profesionales practiquen los protocolo y decidan la ayuda en base a ellos no en base a las necesidades. Reconocer al ciudadano, escuchar sus necesidades de forma sensible, y junto a él y sus recursos relacionales y personales implementar la ayuda que necesite, acompañándole en ese proceso es la tarea. La crisis debe impulsar la humanización de los servicios, incluso en tiempos venideros difíciles. Este es el reto que intuyo para los próximos tiempos, no encararlo será perder, y necesitamos seguir ganando: esto significa seguir creando comunidad, es decir contar con todos y para todos.

La autora es consejera de Derechos Sociales

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