Tribunas

Nunca es tarde, Casado

05.03.2022 | 00:57

El pasado miércoles 23 de febrero, pronunció en las Cortes el todavía líder del PP, un discurso, cuando ya se sabía defenestrado de su puesto por sus propios correligionarios, que merece, a mi juicio, un pequeño análisis por lo insólito, dadas la circunstancias, de su contenido. El discurso sería esperpéntico, no por su irracionalidad o extravagancia, sino justamente por lo contrario, su lucidez, paulina, la de Pablo de Tarso, el de la caída del caballo. ¿Sería la amarga decepción al notar la traición de sus hasta ayer fieles, la que le hizo recobrar, de la noche a la mañana, sus facultades racionales? Podría ser.

Pablo Casado, el de la simplicidad carente de profundidad en sus ideas, la liviandad en sus argumentos, la jerga tabernaria del insulto fácil y reiterado (felón, traidor, okupa, ilegítimo...) a sus rivales políticos, se transformaba súbitamente en alguien "que entiende la política como defensa de los más nobles principios y valores y el respeto a los adversarios". ¡Oh milagrosa conversión digna de los más esclarecidos varones, no ya de ahora, sino también de los legendarios tribunos del Olimpo griego y romano! ¡Albricias!.

Ante semejante giro copernicano uno no puede menos que quedarse atónito y preguntarse cuál es el Casado real, el de los insultos en cadena o el santo varón con capa de armiño que tardíamente aparece contrito ante la audiencia. Sabemos que la política se ha convertido en espectáculo, y poco edificante además, y que un mismo actor puede aparecer hoy en el escenario o en el cine como Francisco de Asís y representando a un sádico al siguiente día, pero Casado se ha pasado.

Una razón de todos estos virajes o cambios súbitos de personalidad podría ser su evidente inmadurez. Casado ha pasado en tres años de ser un diputado más bien novato y acólito de los pesos pesados del partido, a nada menos que el líder del mismo, con aspiraciones no solo de dirigirlo, sino incluso de alcanzar cuanto antes la cúspide del poder en España, la cuarta economía de la Unión Europea.

Es evidente que el puesto se le había subido a la cabeza y levitaba lastimosamente. La soberbia de los inexpertos le estaba jugando una mala pasada. Estábamos ante un joven bisoño, con formación universitaria bajo sospecha, pues todos sabíamos de las anomalías de sus grados académicos, producto en algún caso de la condescendencia y dócil pelotilleo de algunos académicos indignos.

Cuántas veces hemos mostrado nuestra extrañeza de que un partido como el PP, defensor en general de los intereses de los más acomodados y que seguramente cuenta con muchas personas inteligentes y bien preparadas, desde miembros por oposición de los altos cuerpos de funcionarios a ejecutivos empresariales destacados, tuviera como líder a una persona tan precariamente formada. Casado daba vergüenza ajena por su falta de ideas y plétora de insultos e insensateces.

Por la desbandada recientemente ocurrida de sus supuestos compañeros en el asunto Ayuso, podemos deducir que su endeblez y ligereza estaban bien detectadas por las cabezas pensantes y carteras sensatas de su partido y poderes fácticos, pues no le auguraban nada bueno en unas próximas elecciones. El asunto Ayuso, sin embargo, ha brindado a esas fuerzas la ocasión para desembarazarse de él, con ayuda también de sus propias torpezas. Era el ahora o nunca y lo han aprovechado para señalarle la puerta, teniendo además preparado un relevo de confianza: el presidente de la Junta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, de 60 años, hombre experimentado, respetuoso de los que mandan y mesurado como buen gallego en las formas, al menos hasta la fecha.

Una de las enseñanzas que podemos sacar es que la dirección de un país europeo complejo, como es España, no es conveniente dejarla en manos de políticos bisoños y poco preparados intelectualmente, carentes de experiencia y sobrados de soberbia y malos modos. Tenía razón Esperanza Aguirre, taimada y maquiavélica de libro por lo demás, cuando tildó a Casado y su cuadrilla como "niñatos y chiquilicuatres", o sea una pandilla de insensatos, privados de las necesarias experiencias vitales. Naturalmente que no se puede deducir de esto que los políticos talludos no cometan también errores y tremendos fallos, pero probablemente es una cuestión de dosis.

Parafraseando al conocido entrenador de fútbol Marcelo Bielsa, que comentó más de una vez que muchos jugadores de ese deporte son "millonarios prematuros", con todas sus consecuencias de inmadurez y falta de juicio; podríamos tildar a Casado y su cuadrilla como "líderes prematuros" sin las condiciones y habilidades necesarias para un correcto ejercicio del poder. En este grupo podrían acompañar a Casado, aparte de su alter ego Teodoro García Egea, políticos coetáneos de otros pelajes como Rivera o Iglesias, que han corrido por cierto la misma suerte.

En el debe de Casado hay que anotar, entre otras, actuaciones tramposas y negativas para España como: su negativa torticera durante más de tres años a la renovación del Consejo General del Poder Judicial, invocando diversas estrambóticas excusas con tal de mantener el poder del PP en el organismo, sus acusaciones en la UE denigratorias del Gobierno de España sobre la asignación de los vitales fondos europeos, o su voto negativo a la reforma laboral, posibilista y limitada, pero de indudables beneficios para erradicar el empleo temporal, regular las subcontratas y fortalecer los convenios colectivos, y bendecida incluso por la patronal empresarial.

¿Qué futuro le espera a Casado ahora que seguramente cambiará de aires, dejando la política? Si su partido estuviera en el poder podría esperar algún suculento chollo o sinecura, pero en estas circunstancias es más probable colarse por alguna puerta giratoria bien remunerada a la espera de que Feijóo u otro correligionario llegue al poder, aumentando así sus expectativas.

Yo le recomendaría modestamente que se aplique seriamente en los estudios por una vez y ponga en práctica, allí donde esté, las excelentes recomendaciones de su último discurso en las Cortes.

De nuevo, ¡nunca es tarde, Casado!

¿Sería la amarga decepción al notar la traición de sus hasta ayer fieles, la que le hizo recobrar, de la noche a la mañana, sus facultades racionales?

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