No salgo aquí a perorar sobre la tragedia vivida en el sureste español a raíz de la última DANA. Me lo impide la desazón, y el respeto, ante la increíble/inconcebible cantidad de personas fallecidas, que es lo principal y nunca se podrán reponer (y esperemos a ver qué ha sido de las desaparecidas, sin muchas esperanzas), así como, siguiendo con el plano humano, los incontables daños psicológicos, para terminar en lo correspondiente a los daños materiales, que llevarán a una multitud de personas a un largo calvario por muchas promesas que ahora se les hagan (tiempo al tiempo, dadas la experiencias que se tienen con otras catástrofes muy cercanas).

Por supuesto, ahora se trata de intentar devolver la normalidad a esas zonas castigadas en unas tareas que, a la vista de las imágenes que nos abruman proyectadas por todas las cadenas de televisión, presupongo de una magnitud que llevará muchísimo tiempo resolver, siendo la principal actividad inicial el proveer de las necesidades básicas a toda la ciudadanía afectada (alimentos, agua, luz…).

Sí que salgo a comentar algunos aspectos que debemos asumir. Intensidades de lluvias como las registradas, y máxime si se dan en tiempos cortos, suponen caudales que no pueden ser admitidos por ninguna infraestructura de evacuación, provocando el anegamiento de viales y edificaciones de todo tipo, así como el desplazamiento de todo lo que pueden encontrar a su paso. Si, además, la descarga de esas lluvias se produce en las cabeceras de cuencas vertientes, se producirá una escorrentía general, de gran velocidad (empuje, al fin y al cabo), que arrastrará todo a su paso, de modo que no solo nutrirá con el agua de lluvia el correspondiente cauce (sea río, torrentera, arroyo, o lo que sea en dimensión/nominación), sino que le aportará todo el producto de erosión (barro y piedras) y todos los productos de arrastre superficial (al margen de restos de propiedades, principalmente maleza muerta y restos de madera de todo tamaño, producto de la dejación que nos suele acompañar en la limpieza de nuestros montes y riberas), que son los que van a crear barreras/taponamientos que multiplicarán el efecto de velocidad y empuje sobre cualquier infraestructura sobre el cauce (con los resultados que se han podido observar), así como sobre las propias infraestructuras viarias con pasos de evacuación que, al no poder hacer su función, dejan al vial soportando la carga correspondiente, con sus empujes, filtraciones y “lavados” que llevan a que finalmente colapse (como también se ha podido ver en numerosas ocasiones). Puede que en una zona que no haya llovido prácticamente nada, se pueda ver totalmente afectada por su posición geográfica cercana o atravesada por un cauce, con un desnivel acusado o gran superficie previa de cuenca vertiente, que, en corto tiempo, se convierta en un ariete interno, llevándose por delante todo lo que encuentra a su paso. Esto ha sucedido ahora, pero llevamos muchos casos vistos prácticamente todos los años (en Navarra también hemos tenido ejemplos). Ante fenómenos de este tipo, con condicionantes sobre los que poco podemos hacer en cuanto a su virulencia, lo que la razón dicta es que se haga caso inmediato por parte de las autoridades a las alarmas tempranas (que sí que se generan por parte de los profesionales correspondientes) para poner sobre aviso a la población y poner en marcha los medios oportunos, en tiempo y a tiempo, y que aprendamos de los resultados para mejorar y anular las imprevisiones.

Lo que no podemos asumir, de una vez por todas, es la tendencia de los responsables a todos los niveles (políticos y técnicos) a hacerse los sorprendidos y apesadumbrados, para olvidar lo sucedido, al poco tiempo, respecto a estudiar objetivamente los modos de paliar (incluso evitar según el orden de incidencia) posibles futuras afecciones. Y no nos vayamos lejos, pues en Navarra hemos tenido muchos casos de incidencias notables (por suerte sin lamentar, creo, temas personales) y ahí se sigue tras varios años sin actuar en ejecuciones. Parafraseando el poema de Becquer, no nos vamos a equivocar diciendo que volverán las oscuras aguas en nuestros puentes la maleza a colgar, y, con fuerza en nuestras riberas, nos asolarán. Más premura, competencia, profesionalidad y empatía, por favor.