Aunque pueda parecer el título de una película de serie B, desgraciadamente es la mejor definición que se me ocurre ante la actual situación mundial que estamos padeciendo y que, con mayor o menor responsabilidad, contribuimos a su agónico mantenimiento.

Desde nuestra “privilegiada” posición de telespectador contemplamos todo tipo de injusticias, cada vez mayores desigualdades, catástrofes naturales, e incluso genocidios (con resignación, cinismo, impotencia, indiferencia, tristeza, rabia…), pero prácticamente impertérritos, sin atisbo aparente de humanidad alguna, dirigiéndonos irremediablemente hacia el colapso mundial.

Nos han/hemos construido un sistema insostenible, y convertido en una sociedad enferma en todos los sentidos, normalizando lo inhumano, la miseria, la explotación laboral, la violencia, incapaces de garantizar una vida digna para todo el mundo. Siendo prioritario e imprescindible dotar de una educación, sanidad y vivienda pública, gratuita y de calidad a toda la humanidad, nos dedicamos (l@s que pueden o podemos), a consumir compulsivamente, a expoliar, a llevar una forma de vida suicida y egoísta, mientras enarbolamos banderas y lemas vacíos acompañándolos de comportamientos incoherentes.

Debemos de ser conscientes de que, para conseguir un futuro realmente justo y sostenible para todo el planeta, tenemos que pararnos a reflexionar, hacer autocrítica, dejar de quemar este mundo, que nos pertenece a tod@s, e incendiar este sistema (que nos aboca irremediablemente a la extinción) para poder vivir tod@s.

Repetimos, generación tras generación, que nuestr@s hij@s son la esperanza del mañana y fracasamos (“el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”) porque no estamos dispuest@s a renunciar a nuestras migajas materiales, a salir de nuestra ¿zona de confort?

Es momento de desarmar la cita de Albert Einstein (“Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”), y demostrar que únicamente es infinito el universo.

No puedo, ni quiero, terminar sin encender una vela (desde mi atea fe) que nos ilumine y, como mencionaba recientemente el periodista Ignacio Pato, creer en sus palabras: “Me ayuda pensar que la esperanza es una deuda que contraemos con quien no se rinde”.