La violencia, salvaguardia e instrumento de la existencia individual y fundamento del orden social y político. Presente en toda cultura y civilización que la han asumido como insoslayable, incluso contra sí mismas. Las consideradas más avanzadas han constatado los perjuicios de su uso, en ocasiones sobre los menos, pero con mucha frecuencia sobre la multitud, hasta poner en riesgo al conjunto de la colectividad. Los más reflexivos y altruistas han planteado su superación mediante la persuasión; superación que termine forzosamente por hacerse imprescindible para el poder y la universalidad comunitaria. El hecho constante de la violencia, que ha sacudido y sacude a estados y sociedades hasta el presente, ha movido en todas las partes del mundo a individuos clarividentes a reclamar el abandono de la fuerza como camino para resolver las diferencias en el marco de las relaciones humanas; Lao-tse o Buda en el lejano Oriente, estoicos en el Mediterráneo y pacifistas de toda escuela en nuestra Europa…

La realidad es su presencia estructural, aunque sea su manifestación física la que reclama primordialmente la preocupación social. El conjunto de la organización humana tiene su origen y garantiza su virtualidad y existencia en este factor, al que se intenta desvincular del acervo cultural y ético propio; intento contradictorio ante la evidencia del actuar cotidiano personal y funcionamiento del orden social y político. Épocas de la Historia de Europa a partir del Imperio romano, con la imposición del Cristianismo que se pretendió pacificador de conciencias y valedor de la paz. A pesar de la asimilación de doctrinas pacifistas del mundo clásico –estoicismo y otras– recurrirá a la santa intransigencia de la hoguera contra el disidente y se enfrentará con la espada ensangrentada al adversario no cristiano y al hereje. Se expresa este carácter violento en la pretensión del Estado y poder público de reclamar el monopolio de la violencia, que la exhibe frente a súbditos y congéneres, con el fin de disuadir y amedrentar al rebelde o competidor. Constituirá el patrimonio que dejen los colonizadores a civilizaciones y culturas de la superficie terrestre, –el espolio, destrucción de culturas y genocidio; primero en América y luego en el resto de la Tierra–, mejor que los valores presuntamente superiores de la cultura europea y cristiana. Los poderosos y los fuertes la tienen dispuesta de modo permanente y hacen uso de ella llegado el caso, indicado al percibir el riesgo que consideran correr, de no ser suficientes su capacidad de persuasión.

La realidad mundial –atendiendo únicamente al campo de las relaciones públicas– es la Historia de las Naciones y Estados, reconocidos, presidida por la violencia, cuando se dispone de fuerza armamentística conveniente, para alcanzar el reconocimiento como iguales por parte de sus congéneres, sin que se cuestionen las pretensiones mutuas entre rivales. Es la Historia de la Humanidad, la competencia mediante la lucha, que en las fases superiores de la cultura y ordenamiento comunitario –político– ha creado la guerra, instrumento definitivo en la consecución de los objetivos; imposición de la autoridad sobre los súbditos y obtener el reconocimiento de otros estados. La perduración de la violencia es vista con frecuencia como el mayor fracaso del ser humano. La cultura universal que ha logrado superar tantas limitaciones, a partir del género homo, parece haber llegado a un punto que tiene asumida la necesidad de hacer desaparecer la violencia, de idéntica forma en el plano de las relaciones individuales que en el colectivo. Sobrecoge la idea de conflictos bélicos que impliquen a potencias fuertemente armadas en una época en que la tecnología permite la provisión de armamento de enorme capacidad destructiva. Venimos de unos tiempos que han contemplado los mayores desastres humanos, –las dos guerras mundiales, la sujeción violenta de tantas sociedades– resultado de guerras provocadas por nuestra intransigencia universal. Constatar tal realidad nos produce frustración, ante la incapacidad que demostramos, para solventar una problemática que puede resolverse renunciando a intereses nacidos de la ambición, generadores de agudas limitaciones para tantos seres humanos, dispersos por la superficie de la Tierra que experimentan necesidades apremiantes en su existencia limitada, si no miserable. Es resultado del acaparamiento y despilfarro de recursos materiales y humanos, provocando hambre miseria y muerte y como réplica la animadversión de los perjudicados frente a quienes proclaman el derecho de acaparar y dominio, despreciando a quienes sufren las carencias. Nada de extraño la reacción de éstos traducida en agresividad, nunca erradicable, de responder a actitudes egoístas, siempre presentes en la Historia del ser humano, aunque más repudiable, cuando es consecuencia del acaparamiento que genera la necesidad en el semejante.

Nabarralde