El pasado 3 de diciembre, Día de Navarra, EH Bildu celebraba un acto en Pamplona en el cual su portavoz afirmaba que “es hora de afrontar con valentía y ambición la renovación de la foralidad”.
La claridad y sencillez con la que se expresa hace pensar que este resto de soberanía o reserva foral, que en los cuatro territorios encuentra su reconocimiento en la Disposición Adicional 1ª de la Constitución, viene caída del cielo. Nada más lejos de la realidad.
Hay que recordar que en el anteproyecto presentado por el grupo que, con el tiempo, vendría denominarse “los padres de la Constitución”, no se decía absolutamente nada acerca de los derechos históricos. Cualquiera que observe el texto salido de dicha ponencia en diciembre de 1977 verá cómo se hacía tabula rasa entre todas las comunidades y sus fuentes de derecho.
La Disposición que introdujo el reconocimiento foral tiene su génesis en la enmienda nº689 del debate de la Ponencia Constitucional, ideada e introducida por el PNV. Esta enmienda, tras diversas modificaciones en el discurrir parlamentario, terminaría incardinándose en la Constitución como DA1ª, afirmando que “la Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales”.
La trascendencia de este reconocimiento, vital para el progreso de nuestro país, no fue percibida de igual manera por todos los grupos. Si seguimos la trazabilidad de esta enmienda en los debates parlamentarios, vemos que la expresión que conformaría la izquierda abertzale no registró ninguna aportación.
La derecha navarrista, por su parte, supo sacar rédito de esta coyuntura. Un hábil senador Jaime Ignacio Del Burgo pudo, a través de una particular interpretación del segundo párrafo de la DA1ª, hacer valer la tesis de que su actualización no correspondía a Navarra, certificando así el divorcio entre las provincias forales. No obstante, los miembros de UPN no tuvieron reparos posteriormente en colgar todo el andamiaje foral navarro en esta disposición de origen peneuvista. La virtud de la misma radicaba en que, según diversos constitucionalistas, la Constitución reconocía en los fueros una fuente de soberanía preexistente. Casi nada.
Si bien es cierto que en la elaboración y tramitación del Amejoramiento del Fuero el papel de la izquierda abertzale fue activo, se puede comprobar cómo no presentó ninguna enmienda parcial en la Comisión de Régimen Foral durante el mes junio de 1980, autoexcluyéndose de las votaciones y anticipando una política de no presencia en las instituciones que marcaría sus próximos años. En palabras de su representante, Iñaki Aldecoa, no iban a votar ni a favor ni en contra “porque el menú estaba perfectamente establecido”.
La vida de los pueblos es azarosa y puede decantarse en la coyuntura histórica más inesperada, por lo que conviene estar siempre atento. Hay que decirlo sin ambages: de no existir la DA1ª, cualquier reclamación foralista hoy día sería mero folclore. Los hechos recientes nos demuestran la relevancia de este detalle.
Tras el laminado del Estatuto Catalán que hizo el Tribunal Constitucional en su sentencia de 2010, los partidos catalanistas intentaron promover nuevas formas de relación con el Estado. El Informe sobre la aplicación a Cataluña de un nuevo modelo de financiación, elaborado a instancias de la Generalitat, buscaba explorar estas vías, pero recibió una contundente respuesta: “la DA1ª es de aplicación únicamente a Vascongadas y Navarra” (sentencia TC 76/1988). Gran parte del contencioso catalán en la última década tiene su origen en esa falta de encaje constitucional. Nos guste o no, la DA1ª es el único salvavidas que tenemos.
Personalmente, celebro la incorporación de EH Bildu a las tesis fueristas, pero la honestidad intelectual me obliga a reconocer que esta nunca ha sido su opción predilecta. La estructuración política que ha adoptado el sur del país en estos últimos 45 años, cristalizada en el Estatuto de Gernika y el Amejoramiento del Fuero, no ha sido considerada por la izquierda abertzale la más adecuada para el desarrollo institucional del pueblo vasco. “Más bien, se diría que está en contra de él” diría el candidato a lehendakari por HB Juan Karlos Yoldi en 1987.
Este giro, bienvenido sin lugar a dudas, no es el único cambio que se espera, tras la constatación de que el modelo de herri matxinada promovido en las dos últimas décadas del siglo XX no ha funcionado.
Mis amigos bilkides me dirán que hoy son otra cosa, pero es iluso pensar que 50.000 votos surgen de la nada. Por otra parte, considero poco coherente renunciar a un legado a la vez que se finaliza una ponencia diciendo “gora-beheratsua baina biziki emankorra izan den ibilbidearen ostean”. No me corresponde a mí juzgar si este camino ha sido, como dice la ponencia, fértil y productivo, pero puedo entrever que la puesta en escena el Día de Navarra no corresponde tanto a una renovada pasión fuerista, como a una táctica para incorporar nuevos sectores a la estrategia de frente amplio.
El tiempo dirá si las palabras de Orixe (Geroak esan beza, erri bat izan zan) resultaron ser proféticas, y hemos desaparecido en el polvo de la historia. Lo constatable es que nuestro exiguo reconocimiento actual como país tiene una autoría clara y responde a una concepción de largo plazo: democracia, derechos humanos, y justicia social.
El autor es burukide del Napar Buru Batzar de EAJ-PNV