¿Cómo será el nuevo año?
La pregunta no surge de pretensiones adivinatorias, sino de una constatación simple y a la vez inquietante: 2025 ha demostrado que muchas certezas –políticas, económicas, simbólicas– eran más frágiles de lo que se quería admitir. Guerras convertidas en normalidad, trabajo empobrecido, instituciones encerradas en sí mismas, lenguajes públicos cada vez más agresivos. En esta perspectiva retrospectiva, ha quedado claro que 2026 no puede considerarse como un simple cambio de página.
Es necesario preguntarnos cómo habitar el después que se abre, sin eliminar las fracturas que han surgido. 2026 solo puede convertirse en un nuevo comienzo si se asume como un año de transición, no de restauración.
Pensar en 2026 significa reconocer que las crisis atravesadas no han sido meros accidentes o contingencias desafortunadas, sino revelaciones. Han sacado a la luz nudos sin resolver que ya no pueden ocultarse con eslóganes o propaganda. Exigen decisiones, elecciones reconocibles, responsabilidades verificables.
La responsabilidad está precisamente aquí: en el rechazo de los atajos tranquilizadores y en la aceptación de que la reconstrucción requiere tiempo, conflicto y participación. Nada rápido, nada indoloro.
Uno de los grandes olvidados de los últimos años es el límite: el límite a la violencia, al poder, a la explotación del trabajo y de los recursos. 2026 puede ser el año en que el límite recupere su dignidad política y moral.
No como renuncia, sino como condición de justicia: límite a la guerra como instrumento ordinario de la política; límite a una economía que privatiza los beneficios y socializa las pérdidas; límite a un lenguaje público construido sobre el miedo y la búsqueda del enemigo. Sin esta conversión del pensamiento, cualquier discurso de reinicio sigue siendo pura retórica.
2026 debe pensarse desde abajo, desde la vida concreta de las personas. El trabajo no puede seguir siendo tratado como una variable dependiente de los mercados o como un coste que hay que reducir. Tras años de precariedad, salarios insuficientes y debilitamiento de las protecciones, lo primero que se necesita es un cambio cultural.
Reconocer el trabajo como una experiencia humana total: algo que forma y consume, que une o aísla. Pensar en 2026 significa entonces plantearse preguntas esenciales: ¿qué tipo de vida hace posible hoy el trabajo?; ¿qué dignidad se reconoce a quienes sostienen diariamente la sociedad?; ¿qué espacio tienen los cuerpos, el tiempo, el esfuerzo, la edad?
El año 2025 ha acentuado una política espectacular, marcada por una polarización agresiva y a menudo cínica. El año 2026 puede ser el momento de un desarme del lenguaje político, social. No neutralidad, sino sobriedad. No debilidad, sino profundidad y capacidad de mediación.
Se necesita una política capaz de: decir la verdad incluso cuando cuesta consenso; distinguir la seguridad del autoritarismo; volver a planificar, no solo a gestionar emergencias. Esto es especialmente válido para Europa, llamada a elegir entre ser sujeto político o simple ejecutora de equilibrios decididos en otros lugares.
Un nuevo comienzo no nace solo de las leyes, sino de los vínculos, de las relaciones, del reconocimiento del otro. El 2026 debe pensarse como un año de reconciliación: entre generaciones, entre diferentes, entre territorios, entre quienes están incluidos y quienes han sido progresivamente expulsados del discurso público. Asociaciones, sindicatos, comunidades locales, redes informales, …: estos son los lugares en los que puede madurar un futuro diferente. Sin idealizaciones, pero con la conciencia de que la democracia vive o muere en las relaciones cotidianas.
Pensar en 2026 no significa prometer que todo irá mejor. Significa elegir una esperanza sobria, basada en actos concretos y no en expectativas apocalípticas propias de mesianismo…
Una esperanza que nace de la resistencia a la deshumanización, del cuidado de las heridas abiertas, de la capacidad de decir «no» a lo que destruye. El 2026 solo puede ser un nuevo comienzo si aceptamos que no todo se resolverá, pero que algo finalmente se puede abordar con honestidad.
2026 no debe pensarse como el año de las soluciones, sino como el año de la elección: entre la represión y la responsabilidad, entre la fuerza y la justicia, entre el cinismo y el cuidado. No es un retorno a la normalidad, sino el comienzo de una normalidad diferente, más exigente y humana.