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La carta del día

Desde el dolor de la muerte

Desde el dolor de la muerteAgencias

La muerte siempre duele. Incluso cuando es esperada. Pero hay un tipo de dolor que no se parece a ningún otro: el que llega cuando la muerte irrumpe en el tiempo que debería pertenecer a la niñez y a la juventud. Ahí no hay consuelo posible. No hay relato que alcance. Solo queda una herida abierta que no cicatriza porque, en el fondo, sabemos que no debía suceder.

Hoy ese dolor resuena con fuerza por la tragedia ocurrida en la estación de esquí de Crans-Montana, en Suiza. Mañana resonará en otro lugar. Y pasado mañana, en otro más. Cambiarán los nombres, los países, las circunstancias: accidentes, violencia, suicidios, guerras, catástrofes. Pero el patrón será el mismo. Niños y jóvenes muertos. Vidas cortadas antes de empezar del todo.

Lo verdaderamente insoportable no es solo la tragedia en sí. Es la normalización. Vivimos en la llamada sociedad del bienestar, del progreso, de la revolución 4.0, de la innovación permanente. Y sin embargo, seguimos mirando estas muertes desde la consternación pasajera, nunca desde lo que realmente son: el fracaso profundo de nuestras políticas, de nuestra educación y de un progreso mal entendido.

Hemos confundido avance con velocidad, desarrollo con acumulación, seguridad con control, bienestar con consumo. Y en ese camino hemos dejado atrás lo esencial: el cuidado, el sentido, el valor de la vida humana, especialmente la vida joven. Nos escandalizamos por unas horas, compartimos titulares, encendemos velas simbólicas… y seguimos adelante como si nada estructural estuviera roto. Pero lo está.

Está roto un sistema que no protege suficientemente a sus niños. Está rota una educación que no enseña a habitar el dolor, la frustración ni el sentido de la vida. Está roto un modelo de progreso que genera exclusión, ansiedad, violencia y desarraigo. Está rota una política que administra tragedias en lugar de prevenirlas.

Y lo más perverso: nos anuncian que habrá más muerte. Que debemos prepararnos. Que armemos ejércitos. Que enviemos a nuestros jóvenes a morir y a matar a otros jóvenes, en nombre de banderas, intereses o miedos que no son los suyos. Como si la juventud fuera un recurso renovable. Como si la vida fuera descartable. No, no es solo una tragedia. Es un fracaso civilizatorio.

Mientras sigamos aceptando la muerte temprana como un daño colateral del progreso, mientras no nos duela lo suficiente como para cambiar de raíz, mientras no asumamos responsabilidad colectiva, estas muertes seguirán repitiéndose. Y cada una de ellas será una acusación silenciosa contra todos nosotros.

Porque una sociedad que no sabe proteger a sus niños y a sus jóvenes, ni en la paz, ni en el ocio, ni en la escuela, ni en la guerra, es una sociedad que ha perdido el rumbo. Y ese es, quizá, el duelo más grande de todos.

El autor es director gerente de Tesicnor