Escribo esto tras ver la intervención de Estados Unidos en Venezuela. Por lo que subyace, realmente, tras ella, que no es otra cosa que intereses económicos, vestidos de lo que cada cual quiera pensar, para hacer más fácil la digestión social de este sinsentido racional (que no humano por mucho que lo racional se le adhiera, pues parece, por historia, que en lo humano radica lo antisocial… y repetitivo), que se une a todos los que queramos mirar, pues está muy bien el rasgarse las vestiduras con hechos así, pero siempre y cuando lo hagas para todo y no solo para los que consideras “enemigos imperialistas”, poniéndote de perfil para agresiones similares (o mucho peores) de los que te dan cuerda (y dar cuerda es sinónimo de muchas cosas, todas relativas al beneficio directo, por apoyo e intereses, que, me da a mí en la nariz, que se da en cualquier ámbito del espectro político).

Dicho lo anterior, para sentar base de sentimiento, por mi parte, respecto a lo que ya pienso del factor humano en cualquier circunstancia, entraré en la dinámica de poner sobre el tablero social la realidad de que existen tres principales sociologías diferentes: la del que no se conforma con nada (solo cuentan las riquezas o el pasar a la historia sin haber aportado ningún beneficio social…incluso habiendo creado un perjuicio neto drástico en su entorno), la de la persona que aplaude y se adapta a los anteriores para lograr su mejor nivel de vida (que es lo único que le importa, aunque de cara a la galería adopte las versiones más convenientes… y no echen ustedes la mirada lejos, pues están en su vecindad, empresas, etcétera), y la persona que, en cualquier ámbito, adopta posturas, y las lleva a término, respecto a integración en el desarrollo del beneficio social en toda su magnitud (puede que lo consiga o no, en un grado u otro, pero al menos lo intenta). Y puedo poner ejemplos.

Empezando por el final, imaginen (al margen de todo el espectro de ONG, y voluntarios de todo tipo en cualquier escala de apoyo social, a los cuales respeto y apoyo, no solo de palabra) a alguna persona que decide montar una empresa, y es capaz de dar empleo a muchas personas y mantener una actividad que va prosperando paulatinamente con éxito (el empresario debe ganar, pues, de lo contrario, la empresa quiebra y todos pierden… otra cosa es que el empresario cumpla con sus obligaciones respecto a sus asalariados, como debe ser). Llega el momento de hacerse a un lado, y lo hace vendiendo la empresa a quienes han estado en su plantilla, porque quiere mantener el arraigo geográfico y, además, lo precisa a través de dar valor a quienes, como equipo, le ayudaron a potenciar la empresa. Léase Tesicnor SL y su director gerente, Santiago Pangua Cerrillo, por poner un ejemplo navarro de actualidad.

En la parte media, respecto a los aplaudidores y adaptativos para su beneficio exclusivo personal, el espectro social es enorme. Y no me refiero a la enorme masa social que no forma parte del empresariado (que sin ella el empresario no sería nada), sino a aquellos que, sin arriesgar nada, basan su consigna de vida en destruir todo lo que pueden… incluso poniendo en riesgo a sus compañeros (normalmente, mira tú por donde, ellos suelen tener sus salidas preparadas… o concertadas).

En la parte inicial tenemos a los que, en cualquier ámbito, someten su vida al imperio del quiero más. Normalmente en el entorno económico (aunque los hay en cualquier faceta, suelen ser esos los más peligrosos), bien en los ámbitos tecnológicos, bancarios, políticos.... Y aquí es donde a mí se me rompen las costuras del entendimiento. Me parece muy bien que consigas niveles de buena de vida a través de tu trabajo, pero, realmente, ¿te hace falta algo que no te podrías gastar ni viviendo eternamente, en lugar de invertirlo en la mejora de tu sociedad humana? Pues nada, hombre/mujer, te reservaremos la placa en tu nicho de “el más rico del cementerio”. A disfrutarla, desgraciado.