Las mañanas en la frutería Baratza son animadas. Sin pausa y sin aglomeraciones, los clientes entran y salen. Los saludos entre ellos y con los dependientes son continuos. Pero estos días se alargan si se encuentran con Pascual. Y es que tras cuatro décadas al frente de la frutería, se ha jubilado. Con la bolsa de la compra en la mano, lo felicitan y le desean lo mejor. Son clientes de toda la vida de la frutería del barrio saludando a su tendero de confianza. Un tendero que unos cuantos han heredado de sus padres.

Cuando Pascual Olmedo terminó la mili con 20 años se enfrentó al clásico qué hace. De familia hostelera, sus padres, Pascual y Esther, eran los propietarios del bar Avenida en el barrio pamplonés de la Txantrea, tenía claro que su camino no era ese. “A mí la hostelería, la verdad, no me gustaba. Ya sabes, trabajar fines de semana y eso”, recuerda ya jubilado, sentado en el almacén de la frutería Baratza, abierta en la calle Iturrama de Pamplona en 1985.

Delante, el ya jubilado Pascual Olmedo y Camino Aizpún; por detrás, Josu Olmedo, que toma el relevo, junto con Camino Oneca e Iñaki Nieto. Javier Bergasa

Frutería de barrio

Con la experiencia trabajando de cara al público, adquirida junto a sus hermanos Jesús Mari y Esther en el Avenida, un cliente y amigo, Rafa López, le animó a pasarse al comercio. Su primer acercamiento fue a la pescadería. “Llegué incluso a ir a Vitoria. Me pareció aquello horrible”, explica Pascual; “si no eres pescatero desde el principio, es muy difícil”. Entonces, de la mano de López se acercó a las frutas, verduras y hortalizas visitando mercados y conociendo este sector desde dentro. “Vi que podía con él”.

Y pudo. Junto con Jesús Mari montaron en una bajera que sus padres habían adquirido en la calle Iturrama un nuevo local de verduras y frutas. Era el momento de hacerse un hueco entre otros comercios del mismo ramo que ya tenían recorrido. “Y costó, claro, costó, toma no. Empezaba desde cero”. De este camino se retiró Jesús Mari, que prefirió la hostelería y se puso al frente del Avenida txantreano hasta su jubilación y que ahora rige su hijo Asier, que también gestiona una pizzería en Iturrama, Olio, y el nuevo Gatza en la calle Estafeta.

Pascual siguió en compañía de su prima Marisol Villanueva y de Carmen Aizpún, quien todavía continúa en Baratza.

En aquellos primeros años, cuenta Pascual, además de apostar por la calidad y el producto de cercanía (cuando aún no se hablaba demasiado de esta idea) también se centró en ofrecer hortalizas selectas y frutas exóticas que, en la década de los 80 y cuando aún se pagaba en pesetas, en Pamplona eran una extrañeza. “El kiwi, ahora de lo más normal, cuando yo abrí la tienda, no lo tenía nadie. Costaba cada uno ciento y pico pesetas”. También guayabas, aguacates... Pero esta oferta tenía más fondo. “No se ganaba dinero, todo lo contrario, pero hacía ese escaparate” y como la curiosidad no falla, el cliente entraba a preguntar. “¿Y qué es esto? Tal y cual. Bueno, ya llevaré otro día”, recuerda Pascual, “pero sí se llevaban patatas”.

“Con la fruta exótica no ganaba dinero, pero hacía escaparate y el cliente se interesaba. ‘Ya llevaré otro día’, pero se llevaba patatas”

Pascual Olmedo - Propietario jubilado de la frutería Baratza

Atención al cliente

La segunda arma del largo éxito de Baratza ha sido el servicio, la atención al cliente. Y esto, la relación con las personas, es lo que más va a echar de menos Pascual. “Habrá habido algo malo, pero no lo recuerdo. Ha sido más lo bueno”. De hecho, aún se acuerda de su primera clienta, Begoña Arrarás. “Después de dejar a la hija en la guardería vio la tienda y entró. Bueno, pues desde ese día hasta hoy”, concluye. Ya no vive en el barrio, pero le llevamos la compra”.

Porque el servicio a domicilio ha sido una de las banderas para fidelizar a los clientes. “En aquellos años no se hacía mucho. Ahora se ve más normal. Yo llegué a llevar una caja de tomate de pera a Sancho el Fuerte cuando abrí. Una caja de tomate de 10 kg a 5 pesetas. ‘Ay, ¿me lo vas a llevar?’. Se quedó aquella mujer alucinada. Ahora es una clienta de toda la vida”.

Para Pascual, todo se reduce a que el cliente confíe, en responder a lo que necesite y que con el trabajo del día a día hacerse valer, en que sepan que les vas a dar lo que necesiten, desde prepararles paquetes al vacío de verdura limpia para sus vacaciones hasta envíos especiales a la otra punta de España. “Cuando llegan las Navidades, ahí se nota cuándo eres bueno, cómo te encargan algo especial, cómo cuentan contigo para lo que necesitan”. Quizá en estos 40 años Pascual no haya trabajado los fines de semana hosteleros, pero la atención al cliente sí le ha hecho meter horas.

descanso y relevo

Y ahora ha llegado el momento del descanso, de dedicarse a otros menesteres con los que también disfruta, como salir al monte, viajar con su mujer, Inma, también recién jubilada. “Al gimnasio ya me he apuntado” porque en este tiempo ya ha cogido unos kilos. “Sigo comiendo lo mismo pero haciendo la mitad que antes”. No piensa descuidar otros intereses que tenía algo apartados, como aprender euskera o mejorar sus habilidades en la cocina, “siempre he sido cocinillas”.

Pero Baratza seguirá atendiendo a su clientela habitual. Pascual ha encontrado relevo en su sobrino Josu, otro hijo de Jesús Mari. Con él la historia se repite. De origen hostelero, él se pasa al comercio. Tras renegar de la hostelería como su tío, ha pasado tres años en Baratza formándose. Tras una lesión de hombro de Pascual y que le planteara su jubilación, decidió dar el paso adelante y hacerse cargo de esta frutería. La transición ha sido natural en la tienda que decoró Esther Olmedo, hermana de Pascual y tía de Josu.