La sucesión vertiginosa de los últimos acontecimientos –la toma de Venezuela, la amenaza a Colombia, el deseo de apropiación de Groenlandia y el desprecio declarado por las instituciones multilaterales y por la propia ONU– expone algo que muchos aún insisten en no ver. No estamos ante episodios aislados, sino ante la expresión calculada de un proyecto de poder que se alimenta del caos global y de la erosión de las democracias. Trump no es una figura excéntrica operando en el margen del sistema. Es, por el contrario, el catalizador de un reajuste geopolítico que encontró en la fragilidad europea el terreno perfecto para alimentarse y avanzar. Europa se habituó a delegar su defensa, a externalizar su valentía, a creer que la paz era un derecho adquirido y no una construcción diaria. Hoy, esa ilusión se revela fatal. Trump no quiere a Europa tal como está organizada hoy, sino que quiere sus escombros. Quiere negociar país por país, como quien despedaza un cuerpo ya debilitado e incapaz de defenderse. Y mientras muchos líderes europeos continúan inermes, entretenidos con discusiones domésticas y agendas cortas, el tablero global se reorganiza sin nosotros. Rusia desempeña, silenciosamente, el papel del aliado tácito que prepara el terreno, fragmentando regiones, alimentando conflictos, explotando nuestra indecisión. ¿Y la UE? Observa. Reacciona tarde. Y, sobre todo, reacciona sin convicción y sin hablar al unísono.
El mayor peligro para la UE, sin embargo, no está fuera. El peligro ya vive dentro. No es la tiranía externa lo que más amenaza nuestro futuro, sino la decadencia interna que hemos ido aceptando como si fuera normal. Se han perdido valores, se han diluido referencias, se han invertido prioridades. Nos hemos sumergido en una espuma de directivas, burocracias e impuestos que, en vez de generar responsabilidad, alimentan la dependencia y cristalizan el inmovilismo. La creatividad, la innovación, el riesgo calculado, el espíritu de comunidad, todo ello ha sido sustituido por una cultura de facilidades y subsidios que protege la mediocridad en lugar de potenciar el desarrollo sostenible y el bien común. Europa, que un día fue faro de humanismo, ciencia, diplomacia y renovación moral, navega ahora sin orientación, sin grandeza y sin ambición. Ya no debatimos el futuro, perdemos tiempo discutiendo remiendos. Ya no formamos líderes, producimos gestores de corto plazo. Y es esta erosión interna, esta falta de coraje y de proyecto, la que abre las puertas al avance de figuras que prosperan en la división, en el miedo y en la lassitud de las sociedades. El mundo se reorganiza. China consolida su influencia, Estados Unidos se encierra en un narcisismo estratégico, Rusia estira fronteras. Y Europa, que podría ser potencia moral y tecnológica de primer nivel, se encoge, duda, vacila, se adormece. Lo que amenaza a la UE no es la fuerza de los otros, sino la debilidad en la que nos hemos acomodado.
Estamos hoy en el punto más crítico de las últimas décadas. Las señales son evidentes: desinformación amplificada, polarización creciente, normalización del extremismo, desprecio por las instituciones, erosión del Estado de derecho, apatía social ante el peligro. Las democracias no caen con estruendo, caen en silencio, mientras las personas se convencen de que el riesgo es exagerado y de que “nada nos ocurrirá”. Las libertades no se pierden por la violencia, sino por la indiferencia. Europa se aproxima al abismo. La economía se debilita, países al borde del colapso, generaciones enteras, especialmente la nacida entre 1965 y 1975, a punto de sufrir retrocesos históricos inimaginables hace veinte años. Y, sin embargo, seguimos como si todo continuara seguro. No lo está. Y no lo estará. Décadas de paz, millones de vidas sacrificadas, instituciones construidas con esfuerzo e inteligencia, todo ello puede desaparecer bajo el torbellino de un autócrata que ve el mundo como negocio y a las personas como instrumentos. Aún hay Europa, aún hay futuro, aún hay tiempo, pero solo si tenemos el valor de despertar, de pensar, de aprender, de formarnos y de actuar. Si no lo hacemos, no será Trump quien destruya Europa; seremos nosotros, por pasividad, quienes se la entreguemos sin resistencia. Somos corresponsables de cuidar, con dignidad, el proyecto que nuestros abuelos y padres soñaron, sufrieron y lucharon: la libertad.