Recientemente, hemos sido conocedoras del despido de una de las trabajadoras del Centro de Día Alpa, en Huarte. El despido ha sido ejecutado vulnerando todos los derechos de la trabajadora: estando de baja médica, sin preaviso, sin carta de despido ni finiquito, dándole directamente la baja en la Seguridad Social.
Lamentablemente, este caso es solo un ejemplo más de la situación laboral que viven muchas mujeres que trabajan en el sector de los cuidados. Una situación en la que la inestabilidad laboral, los sueldos bajos, la parcialidad y los abusos laborales son, más que excepciones, lo habitual en la vida de las trabajadoras. Estas características, que son comunes en la mayoría de trabajos, se agudizan en el sector del trabajo feminizado (sobre todo en el sector de cuidados y limpieza), donde la mayoría del personal son mujeres y, en muchos casos, mujeres migrantes.
Esto no es casualidad, ya que el capitalismo se aprovecha de ciertos sujetos económica y socialmente devaluados, como es el caso de las mujeres trabajadoras, para ganar más rentabilidad. Por eso, allá donde la mayoría de trabajadoras son mujeres, encontramos una peor situación laboral. Además, en consecuencia, la sociedad resta importancia o devalúa el trabajo de las mujeres, leyéndolo como un trabajo auxiliar, temporal o de segunda categoría.
De la misma forma, no es extraño que el objetivo del sistema de cuidados, lejos de ser el bienestar tanto de las personas dependientes como de quien las cuida, sea el interés económico.
Podemos observar que actualmente el sistema de cuidados se ha convertido en un nicho de mercado para grandes empresarios capitalistas. Las instituciones públicas, dependientes de presupuestos económicos, han demostrado una incapacidad para hacer frente a lo que supone todo el sistema de cuidados, buscando en todo momento que este sector suponga el mínimo coste. De esta forma, terminan tendiendo a la privatización y externalización de estos servicios. Los grandes empresarios, aprovechando estas limitaciones del sistema público, acceden a este nicho de mercado para obtener grandes beneficios económicos.
Todo ello se traduce en un sistema de cuidados prácticamente privado, donde apreciamos dos consecuencias claras: por un lado, unas condiciones precarias para las trabajadoras, que son condenadas a la miseria, y, por otro lado, la imposibilidad de ofrecer un cuidado de calidad por la insuficiencia de personal y las ratios desorbitadas.
Por si fuera poco, estas pésimas condiciones laborales dificultan la organización y la actividad política de quien sufre este tipo de abusos, generando así una desarticulación de la clase trabajadora y dificultando que las personas luchen cuando vulneran sus derechos. Esto se acentúa en el sector del trabajo feminizado, donde muchas mujeres trabajan de forma aislada (como es el caso de muchas limpiadoras o de los Servicios de Atención a Domicilio), donde ni siquiera conocen a sus compañeras de trabajo.
Frente a esta situación, es imprescindible fomentar la organización de la clase trabajadora y crear las condiciones para poder combatir de forma colectiva todo tipo de abuso laboral. En esta lucha, las mujeres debemos estar en primera línea. Garanticemos los derechos laborales. Luchemos en contra de la explotación de las mujeres trabajadoras.
La autora es compañera de Itaia