Los últimos acontecimientos internacionales nos recuerdan un supuesto que teníamos olvidado, y es que por desgracia el mundo se rige por la ley de la selva. Es posible que siempre haya sido así, pero es que ya ni se disimula. Si comparamos la reciente intervención norteamericana en Venezuela con la de Irak (hace más de 20 años), recordamos que al menos se esgrimió la excusa de las “armas de destrucción masiva” y se buscaron razones jurídicas que justificasen la invasión. En este caso el presidente Trump ni siquiera pidió permiso… a su propio Congreso. Es posible que todo ello sea debido a tres aspectos relevantes que pasamos a analizar.
Primero, los valores personales se están perdiendo. Todo tiene un precio; las ideas, la traición o el poder. Esta mercantilización absoluta de la sociedad conduce a un mundo peor, con más jerarquías. Nada hay que no se pueda comprar o vender. Veamos cuatro ejemplos muy diferentes entre sí, muy relevantes para la idea que se pretende transmitir. Uno, si alguien va a un parque de atracciones se puede adquirir un pase que permite acortar las esperas. Es una compraventa de tiempo. Dos, si en un campo de fútbol alguien tiene una zona vip tiene derecho a tomar las copas y canapés que desee. Para el resto de aficionados, nada de alcohol. Tres, la presidencia en Venezuela de Delcy Rodríguez. Si hubiese sido leal a Nicolás Maduro, jamás habría aceptado ser un títere de Donald Trump. Cuatro, el pacto de financiación autonómica entre Pedro Sánchez y Oriol Junqueras. Cuesta no verlo como dinero a cambio de apoyo.
Segundo, la involución del ser humano. El incendio de Suiza con varios fallecidos lo demuestra. Asusta comprobar cómo en situaciones límite algunas personas priorizan sacar una foto o grabar un vídeo antes que evitar una situación de alto riesgo. Cuando un animal, cualquiera, advierte una situación de peligro, lo primero que hace es huir. Tiene sentido: está en juego su supervivencia. Salvo rarísimas excepciones, todos los seres vivos que habitan en nuestro querido planeta tienen dos características en común. En primer lugar, desean seguir viviendo. En segundo lugar, no desean sufrir.
Es una evolución de miles y miles de años. Una evolución rota. Antes muerto que sin selfie. Literalmente. Por otro lado, la evidencia científica demuestra que nuestro nivel intelectual está disminuyendo. Es lógico; somos vagos por naturaleza, y tener toda la información a un simple clic es un incentivo muy poderoso para no esforzarse en memorizar algo. La conclusión que se puede sacar en este aspecto es diferente: si nos dejamos llevar por la corriente corremos el riesgo de perder las capacidades que nos hacen humanos como pensar, disfrutar de la naturaleza, conversar, aprender, crear, reír, leer, cantar o soñar. Curiosamente, las razones por las que la vida merece la pena. Claro que a los gobiernos o a las grandes tecnológicas no les interesa que la sociedad piense, así unos se sienten impunes y otros hacen negocio con nuestros tics y clics.
Tercero, si hasta ahora el mundo era injusto, a partir de ahora lo será más. Tucídides está considerado el padre de la historiografía científica. Es conocida la denominada trampa de Tucídides, acuñada así por el politólogo Graham Allison: existe tendencia al conflicto cuando una potencia emergente amenaza con desplazar la potencia dominante. En 12 de 16 casos históricos analizados en los últimos 500 años, la situación terminó en guerra. No es tan conocida otra tesis: “en cuanto a la justicia, en el razonamiento humano solo entra en juego cuando las fuerzas son iguales; en caso contrario, los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Otra forma de verlo lo proporciona el latín: “Vae victis”. Su traducción es “ay de los vencidos”. Lo expresa todavía mejor el exprimer ministro británico Winston Churchill: “La historia será generosa conmigo, puesto que tengo la intención de escribirla”.
Fin de los valores, involución del ser humano, incremento de la injusticia. Todo ello se entrelaza con el fin de las reglas internacionales tal y como las conocíamos. Las personas con más influencia, sean gobernantes o dirigentes de empresas con un poder omnímodo, se sienten legitimados para hacer cualquier cosa. Interpretan la realidad a su interés, el cual siempre está asociado con adquirir más recursos, sean los que sean, aumentando también su impacto social y económico. Son insaciables. Olvidan que en el momento de fallecer lo que cuenta es cómo ha sido una persona, no lo que ha tenido. Pero no es esa su mayor preocupación ahora. Tienen otro objetivo: crear y reescribir la historia dejando claro la diferencia entre “buenos” y “malos”. Nosotros y ellos. Precisamente, una de las mayores diferencias existentes entre el nazismo y el comunismo es que el primero tuvo su juicio de Nuremberg; el segundo no.
Cuando no existen reglas la ley que rige es la de selva.
Ejemplo histórico: el antiguo Oeste.
Perspectiva futura: más competición, menos cooperación.
Economía de la Conducta. UNED de Tudela