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Tribunas

La disolución de la izquierda

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En la película de Marc Forster Guerra Mundial Z, el actor principal Brad Pitt va recorriendo ciudades del mundo buscando una cura para una pandemia mundial que está destruyendo la raza humana, convirtiéndola en zombis violentos. La película se puede ver desde diferentes prismas: desde el mero entretenimiento de una película de acción y zombis; desde el temor a una plaga mundial que mate a la mayoría y solo sobrevivan unas pocas personas inmunes o elegidas; o viendo el trasfondo de un mensaje subliminal de aporofobia y miedo a las masas de gentes incontroladas que se vuelven violentas y arrasan con todo lo establecido. Es el miedo a la revolución de los pobres, de los sin nada, el miedo a perder todos los privilegios y comodidades que se tienen.

Hay una escena de gran intensidad que produce congoja, miedo y hasta terror, que es la invasión de infectados de la ciudad de Jerusalén. En un principio, la ciudad parece estar a salvo y segura, la han amurallado y el despliegue militar es enorme. Pero las masas ingentes de zombis (gente pobre sin nada, abandonada a su suerte) van de manera imparable hacia la ciudad. Al encontrarse con las murallas empiezan a formar una montaña de ellos de tal manera que, conforme los van eliminando desde arriba, van subiendo sobre ellos otros y así sin parar, más y más zombis sin importar quién caiga consiguen hacer tan alta la montaña de muertos, que consiguen subir por ella y traspasar las defensas y saltar la muralla internándose en la ciudad. Entonces ya son imparables, Jerusalén cae y se vuelve en poco tiempo zombi. Todo está perdido para los sanos, todo pertenece a los menesterosos.

El poder capitalista teme a las masas, teme que se movilicen, porque una revolución lo transforma todo, cambia el mundo y su modus operandi. Por eso, el poder=mercado se mueve en varias líneas de acción para asegurar su continuidad: nos vuelve a todos consumidores con necesidades que van más allá de lo básico y esencial; nos vuelven cada vez más idiotas, nos lo dan todo mascado para que no pensemos ni usemos la inteligencia, ya lo dice Pino Aprile en su libro Elogio del imbécil. El imparable ascenso de la estupidez: “Hoy el mundo está hecho a medida del más imbécil”; nos hace sentirnos cómodos y unos privilegiados frente a los que tienen menos, a los pobres, a los que los pasan mal; nos da seguridad, nos pone alarmas en casa frente a ocupaciones, exagerando el peligro hasta límites indecentes; nos vende la vida como una experiencia continua de vivencias que se contratan y que solo los pudientes las pueden pagar (viajes exóticos, comidas en restaurantes carísimos, noches de lujo y relax, etcétera). Y sobre todo, promueve campañas de difamación, de bulos y mentiras sin ruborizarse, sabiendo que su mentira no se juzga ni se penaliza, solo para hundir a aquella persona que levante la voz en contra del sistema y encuentre eco en la gente, al líder de izquierdas que denuncia las desigualdades. Porque sabe que una vez eliminado, nadie se atreverá a sustituirlo, y si se atreve, entra tan temeroso, que es un coladero de todo y tan solo se le permite pequeños gestos que parezcan progresistas.

Y así, la izquierda transformadora se funde y confunde en un falso progresismo moderado que lo único que consigue es perpetuar las políticas economicistas conservadoras, y a su vez, desilusionan a la gente de izquierdas metiéndoles el pesimismo, la desesperanza y la imposibilidad de todo cambio posible. Lo dice Iñaki Gabilondo “los únicos que miran al futuro con esperanza son los que miran al futuro esperando que el futuro constituya un regreso al pasado”. Esto significa que se perderán todos los logros sociales, toda esperanza de convivencia desde la diversidad, lo público se privatizará para que dé réditos e imperará la ley del más rico. Es el mercado con toda su crudeza, egoísmo y vileza. Es la extrema derecha campando a sus anchas financiada por el propio mercado y las grandes élites.

¿Y la izquierda, dónde está la izquierda? Desaparecida, diluida, vacía de contenido, ética y sentido. Una izquierda que por un lado se carcome con su propia podredumbre de corrupción y puertas giratorias, y por otro lado, se vuelve temerosa a actuar con contundencia, valor y seguridad en lo que hace para aprovechar su momento. ¿Qué hacer, entonces? ¿Qué tiene que hacer la izquierda si quiere sobrevivir a la cura del poder económico? Lo primero, hacer limpia en sus filas y sacar a toda persona corrupta de sus partidos. Y como siempre, reinventarse y entender estos nuevos tiempos para poder transformarlos. Si la derecha es estática, odia los cambios y fortalece los privilegios de unos pocos, la izquierda tiene que ser dinámica, transformadora de verdad y luchar por la igualdad, la equidad y la justicia. La izquierda tiene que tener un liderazgo dinámico, cambiante y grupal. Es decir, el liderazgo y la portavocía tiene que estar renovándose con cierta asiduidad para evitar que carguen contra ellos y ellas, que se corrompan, se acomoden al sillón, se aíslen de su origen y se olviden a lo que fueron.

La izquierda y la gente de izquierdas tienen que tener claro a qué van a las instituciones. Y se va a propiciar cambios y mejoras para toda la gente, no para unos pocos o unos muchos. Y si la acción política cansa, que es verdad que cansa, se aparta y se pasa a formar parte, como en la película citada, de esa “montaña muerta de cadáveres políticos” que propiciará el asalto definitivo a las instituciones.