La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad. (Sir Francis Bacon)
El ser humano, en su investigación empírica del mundo, sigue sintiendo el vacío y la oscuridad. El pensamiento sereno y claro del hombre ilustrado se encuentra en retroceso. La sociedad más comunicada de la historia padece de profunda soledad. “La soledad me salva de estar solo”, decía Caballero Bonald en un hermoso verso, abordando la soledad como una forma de compañía o refugio intelectual ante la superficialidad imperante. La sociedad está viviendo el humillante destino de encadenarse a doctrinas y pensamientos miméticos. La promiscuidad entre verdad y mentira se manifiesta como el fenómeno de la posverdad, en el que se diluye la realidad de la vida. Vivimos una época de engaño universal. El actual desasosiego viene siendo el resultado de una carencia ontológica que muestra el vacío del “ser”. La involución de la verdad y la bondad se hace evidente en Occidente. El creciente individualismo, la soledad y el narcisismo nos acercan al extravío del significado existencial. La pérdida de fe en valores sólidos ha desembocado en una crisis que sumerge a la sociedad en un mundo más efímero que nunca, priorizando la inmediatez de la satisfacción. Vivimos una cultura desilusionada que está demandando fortalecer la bondad y la espiritualidad. La cultura puede ser adquirida por cualquier ser humano, pero sus frutos solo prosperan donde la sensibilidad muestra su tierra fértil, orientando los conocimientos hacia propósitos generosos y constructivos. El adormecimiento de la bondad refleja el escepticismo de una sociedad desorientada, marcada por la intolerancia y la polarización. La generalización de Internet, como medio de información, además de conspirar contra la prensa escrita, ha contribuido a la dificultad de encontrar la verdad, que busca voz sin hallarla. De otro lado, la lógica imperante del beneficio comercial está provocando una quiebra generalizada de valores, hasta el extremo de propagar una plaga de nihilismo y desconfianza social. El amarillismo descarnado, la aculturación y el corporativismo se imponen por encima del bien y del mal entre soflamas en defensa de la libertad de expresión, dando patente de corso para manejar la verdad y la mentira a la carta. Una sociedad que no defiende a ultranza la verdad carece de su pilar fundamental, y es una sociedad final e incapacitada para practicar la virtud. La polarización que padecemos es evidente, como lo es el mercadeo oportunista del gobierno para seguir en el poder. La ingeniería política, ante su incompetencia, parece poner su fe en el horóscopo. Por otra parte, el teléfono móvil interviene en nuestras vidas como un peligroso ladrón de horas y secuestra el placer de la observación y la reflexión, demandando consultas continuas y respuestas a múltiples mensajes, llamadas y correos. Se ha constituido en un apéndice más de nuestro cuerpo, y su incesante consulta es ya un tic tan inevitable como el parpadeo. Quienes le prestan una mínima atención, quienes no atienden a cada minuto su vibración, quienes viven más por dentro que por fuera, quienes levantan la vista hacia el paisaje celeste y sonríen ante la belleza de las constelaciones, quienes saben que estamos fabricados con polvo de estrellas, quienes inspiran y espiran complacidos con el aire que les acaricia el rostro, todos ellos, han entrado en nuestra sociedad a formar parte del mito platónico de la invisibilidad. Ha evolucionado la información digital, pasando a ser una deliberada estrategia que influye en los comportamientos y en la desestabilización, logrando dificultar el discernimiento entre verdad y manipulación. Las plataformas digitales logran maximizar, como táctica, el tiempo de permanencia de los usuarios, reforzando de este modo sus propios prejuicios. La prensa tradicional establece el “muro de contención” preciso para garantizar una información verificada. La “globalización de la indiferencia”, sostenida por la cultura del bienestar, ha desarrollado una nueva anestesia para la conciencia y la reflexión. Hay una gran desconexión entre los valores morales que se proclaman y las actuaciones reales de la sociedad. La profunda crisis que atraviesa la verdad viene determinada por la pérdida de fe en los valores, a la vez que por el relativismo y la desinformación que padecemos. El declive de las instituciones, la manipulación del lenguaje y la impotencia de la ciudadanía forman el tejido de un escepticismo moral que degrada a la sociedad y la conduce hacia la inoperancia.
En esta convulsa manera de vivir, hay días en los que el corazón está en su sitio y días que suda en la frente y se ahoga en la garganta, dejándonos un cadáver flotando en el alma. La bondad es el camino más directo hacia la felicidad. Tanto la generosidad como el altruismo conforman un cóctel de bienestar cerebral que transforma la vida. Desde el estado de individualismo en el que estamos inmersos, la búsqueda constante y obsesiva de la felicidad suele generar infelicidad. La presión social por el positivismo no deja aceptar las emociones negativas, provocando ansiedad y depresión, al producirse un bloqueo que impide disfrutar el presente y aceptar toda experiencia humana como parte de la existencia. Se hace presente el miedo al fracaso y la obsesión por la inmediatez y el consumo, dinámica que promueve la mediocridad, la desigualdad y el olvido de lo esencial. La sobreestimulación emocional y el narcisismo están desviando la atención del crecimiento interior, poniendo de manifiesto que la solidaridad está más presente en los países pobres. Vivimos una existencia equivocada, en la que la idea de triunfo y consumo ha reemplazado a la esencia de la felicidad. La acumulación de bienes y el estatus social deriva hacia una continua frustración. La falta de tiempo para vivir está deteriorando la salud mental y las relaciones personales. Se da la paradoja de una libertad en la que el individuo se somete a una autoexplotación de consecuencias patológicas. Verdad y bondad conforman la mejor religión que podemos practicar y, tras nuestro paso por este planeta, definen el valor y el sentido humano de nuestra existencia.