Crecí en el seno de una familia empresaria. Para muchos, una empresa familiar se resume en un apellido, para mí siempre ha sido el lugar donde confluía el esfuerzo, el peso de la responsabilidad compartida y la convicción de que el trabajo debe contribuir al bienestar de las personas. Con el paso de los años he podido vivir desde dentro sus avances, sus crisis, sus hitos y sus transformaciones y he entendido que una empresa familiar no se sostiene solo con una hoja de resultados: se sostiene con cultura, comunicación interna, cohesión y una visión humanista que dé sentido al largo plazo.
Hoy las empresas familiares representan una parte fundamental del tejido económico navarro y, por eso, es muy importante compartir buenas prácticas de gestión. Cada generación debe aportar algo propio al proyecto común, y es precisamente esa continuidad la que convierte a la empresa familiar en un motor estable y valioso para el tejido empresarial.
En mi caso, esa continuidad no es solo un concepto teórico. Formo parte de la cuarta generación de Grupo Enhol, y he vivido desde muy cerca cómo una empresa familiar se construye a lo largo del tiempo gracias a decisiones responsables, renuncias conscientes y una mirada que va más allá del corto plazo. Pertenecer a una nueva generación implica asumir el legado recibido, pero también el compromiso de cuidarlo, actualizarlo y proyectarlo hacia el futuro, manteniendo siempre a las personas en el centro del proyecto empresarial.
Desde mi experiencia, uno de los mayores retos de la empresa familiar es equilibrar tradición y modernización. Profesionalizar no significa despersonalizar, pero sí requiere establecer criterios claros: procesos definidos, gobernanza transparente, roles bien definidos y órganos que sumen visión externa. Esa apertura evita decisiones impulsivas, distribuye las responsabilidades y ayuda a conservar el valor más preciado; la confianza.
En muchas empresas familiares, la intuición y la cercanía han sido históricamente herramientas valiosas. Pero hoy, en un entorno competitivo y tecnológico, se necesitan métodos sólidos: planes estratégicos, indicadores, análisis de datos y mecanismos de evaluación. La clave está en mantener el espíritu familiar; la cercanía, la capacidad de escucha y la flexibilidad mientras se incorporan prácticas propias de grandes compañías.
Si algo distingue a la empresa familiar es su componente emocional. Ese vínculo, que puede ser tan potente como frágil, solo se sostiene mediante una comunicación interna honesta y bidireccional. Cuando las personas entienden por qué se toman ciertas decisiones, qué retos hay por delante y qué papel desempeñan en el proyecto común, se sienten parte de la historia. Comunicar bien no es solo informar: es generar pertenencia. Reuniones periódicas, espacios de escucha, mensajes claros y coherentes y una narrativa común fortalecen la cohesión entre equipos, generaciones y áreas.
Los valores suelen ser el mayor legado de una empresa familiar. Sin embargo, para que sigan siendo motor y no decorado, deben revisarse y vivirse en la práctica. No basta con que la familia fundadora los conozca: deben ser compartidos, explicados, integrados en las decisiones y reconocidos en el día a día. Valores como la cercanía, el esfuerzo, la sostenibilidad o la confianza solo se mantienen si se actualizan a los tiempos y si se convierten en criterios reales: para seleccionar talento, cerrar alianzas, innovar o para acompañar a las personas.
Una cultura cohesionada, basada en valores comunes, genera estabilidad interna y reputación externa. Y en un entorno empresarial cambiante, pocas ventajas competitivas son tan duraderas. La empresa familiar suele tener una sensibilidad natural hacia las personas, porque entiende la importancia del cuidado mutuo. Sin embargo, esa sensibilidad debe transformarse también en políticas bien diseñadas. Invertir en talento, promover la formación continua, desarrollar liderazgo humanista y crear espacios donde las ideas puedan florecer son elementos clave. Acompañar no significa sobreproteger; significa ofrecer oportunidades para crecer en paralelo al proyecto empresarial. La empresa familiar debe ser un punto de apoyo, no un techo. También entre los miembros de la propia familia que lidera la compañía.
Las empresas familiares han contribuido históricamente al desarrollo de Navarra. Hoy, ese compromiso debe reforzarse incorporando criterios ambientales, sociales y de gobernanza que generen un impacto positivo real. Una visión de largo plazo facilita este camino: permite invertir en innovación sostenible, construir alianzas, apostar por el territorio y convertirse en agentes activos del bienestar comunitario. La empresa que se abre al entorno, escucha y colabora multiplica su valor social.
El relevo generacional es uno de los momentos más delicados. Requiere tiempo, planificación y, sobre todo, generosidad. No basta con designar a la siguiente persona que llevará el timón; es necesario prepararla, acompañarla y permitir que aporte su propia visión.
El equilibrio entre legado y futuro debe construirse con diálogo y con un propósito claro: preservar la esencia de la empresa adaptándola a las nuevas realidades.
Gestionar una empresa familiar es, en esencia, un ejercicio de responsabilidad compartida. Responsabilidad con las personas que la sostienen, con los valores que la han hecho crecer y con el territorio al que pertenece. Solo desde una gestión humanista, consciente y orientada al largo plazo es posible construir proyectos empresariales que trasciendan generaciones y sigan aportando valor real a la sociedad navarra, así como a los territorios en los que están presentes.
Grupo ENHOL, empresa ganadora del Premio Arizmendiarrieta Navarra 2025