El Día Internacional de la Mujer invita a reflexionar sobre los avances logrados y los desafíos que aún persisten en nuestra sociedad. Entre los desafíos, podemos destacar la visibilización de la violencia que padecen por el hecho de ser mujeres, la brecha salarial y otras barreras que muchas mujeres encuentran diariamente en diferentes ámbitos. Barreras por ejemplo derivadas de diferentes condiciones que suponen un riesgo, como puede ser el padecimiento de adicciones.

Abordar el tema de las adicciones en las mujeres desde la perspectiva de la vulnerabilidad es necesario, porque las causas, el consumo y la recuperación están marcadas por determinantes sociales y biológicos muy específicos.

Las mujeres con problemas adictivos tardan en pedir ayuda y tienden a consumir de forma oculta, llegando a los servicios de salud en situaciones de mayor gravedad; sufren el doble estigma al ser juzgadas por el fracaso en su rol de madre, hija o cuidadora, a diferencia de la “justificación” del consumo en los hombres. En muchas ocasiones no acuden a centros de tratamiento o rehabilitación por el temor a perder la custodia de sus hijos, o por cómo serán valoradas en su entorno. La falta de soporte o redes de apoyo que se hagan cargo de las tareas domésticas o de cuidados las sitúan en una posición de extremada vulnerabilidad.

Existe también la vulnerabilidad biológica, relacionada con el metabolismo y las fluctuaciones hormonales que determinan un fenómeno fisiológico mediante el cual el paso a la dependencia severa, en el caso del alcohol, es más rápido que en los hombres; basta con la mitad de cantidad ingerida diariamente o la mitad del tiempo a igual cantidad, para que la mujer alcance un punto de difícil retorno. La respuesta al alcohol y a las drogas es diferente a los hombres, por otro lado.

El sufrimiento de la mujer relacionado con vivencias de violencia de género, abusos en la infancia, favorece la búsqueda de refugio en las sustancias, psicofármacos especialmente, como forma de automedicación emocional. Según la encuesta de Edades, el consumo de psicofármacos, especialmente relacionado con el bienestar emocional, se ha incrementado progresivamente desde 2018 hasta la actualidad y los datos del año 2024 reflejan que la proporción de consumo es mayor entre las mujeres (14,7%) que entre los hombres (9,3%).

¿Y qué les ofrecemos a estas mujeres? Cabe la crítica en el enfoque de tratamiento, ya que el sistema de salud no siempre responde a esta realidad. Los modelos están pensados por y para hombres; se han diseñado ignorando las necesidades de las mujeres en cuanto a espacios seguros sin presencia masculina. Los enfoques terapéuticos centrados en el trauma y terapia de grupos precisan de esta perspectiva de género. Hay que pensar en qué hacer en el periodo de tratamiento en centros con hijos e hijas pequeños.

Además, en la mujer con problemas adictivos es clave valorar los indicadores de vulnerabilidad, ya que incrementan el riesgo de cronificación, recaídas y de gravedad, por las repercusiones en la salud física, mental y funcionamiento social.

La visibilización de estos datos —como el aumento del consumo de psicofármacos o la brecha en el acceso a tratamientos— es el primer paso para dejar de tratar la adicción femenina como un fallo moral, y empezar a entenderla como una respuesta al trauma y a la presión sistémica. El futuro de la recuperación pasa por facilitar el acceso y entorno físico seguro, ajustar diagnósticos y tratamientos. La implementación de la detección temprana de las situaciones de violencia en los servicios de salud tiene un amplio margen de mejora.

Es también muy importante la capacitación continua de todos los perfiles profesionales sanitarios, el trabajo de los sesgos inconscientes, la conciliación y políticas de género aplicadas al mundo laboral. Se puede también proceder a una desagregación de datos que conlleve la obligatoriedad de registrar datos por sexo y género para identificar brechas de salud específicas en la comunidad; y asegurarse de que las decisiones complejas pasen por el enfoque de género.

En definitiva, es necesario transformar esa vulnerabilidad en empoderamiento, marcado por una hoja de ruta con medidas encaminadas hacia el logro de una vida saludable para estas mujeres.

Quiero terminar exponiendo que, a pesar de las dificultades, el horizonte está empezando a cambiar, y este cambio es imparable.

La autora es gerente de Salud Mental del Servicio Navarro de Salud-Osasunbidea