¿Enseñar democracia?
En el debate sobre Los Caídos, quienes defienden su mantenimiento resignificado han apelado entre otros argumentos a la consideración de hacer del edificio un objeto pedagógico, atribuyéndole efectos maravillosos para la convivencia de nuestra sociedad, sin especificar si en niños, adultos o ancianos.
No es la primera vez que se abusa de este sistema, que podría calificarse de “transferencia” forzada. A menos, así lo ha sufrido el sistema educativo y sus usuarios. No hace mucho se defendió la “enseñanza en valores”, uno de cuyos valedores fue Savater que, mira tú, cómo ha terminado. Pero, ya antes, fue habitual este mecanismo pedagógico aplicado a cualesquiera de los problemas que, de la noche a la mañana, se descubrían nefastos para la población escolar. Si las estadísticas presentaban la obesidad infantil como un grave problema, al instante aparecía la propuesta de insertar en el sistema educativo una asignatura sobre el arte de comer. Que la DGT topaba con una escandalosa cifra de accidentes en carretera y en ciudades, pues ahí estaba la necesidad de introducir en las escuelas la educación vial. Que los expertos en educación sexual anunciaban escandalizados la ignorancia de los jóvenes en dicha materia, pues adelante con dicha formación en las escuelas.
En este país, ha sido tendencia trasladar los problemas que mayormente sufren las personas mayores al sistema educativo para evitar que la infancia no le pase lo mismo que a sus padres. El problema ha sido siempre el mismo, que, en lugar, de dedicar esas unidades didácticas a los padres, las transferían a la enseñanza de sus hijos.
Digamos, pues, que esa es la sensación que sentimos al ver la tenacidad verbal por parte del tripartito al hacernos creer que el edificio de Los Caídos, una vez convertido en objeto didáctico, servirá para que tanto escolares y ciudadanía acepten el pasado sin sufrir una embolia mental. Se olvida que las personas, incluidos niños y niñas, son lo bastante inteligentes para detectar lo que es el mal y afrontarlo según su pensamiento y conveniencia.
El tripartito sigue pensando que para proteger nuestra libertad necesitamos que las escuelas apliquen una pedagogía antifascista. Nada objetaremos, pero nos agarramos a la evidencia de que la realidad es mucho más compleja.
Hay un principio pedagógico que los docentes conocen muy bien: “No es sólo qué se enseña, sino cómo se enseña”. En ocasiones, es mucho más dañino para el alumnado, no lo que se enseña, sino la manera de cómo hace tal aprendizaje.
Un profesor puede defender la Constitución y la libertad, pero comportarse como un dictador. Si para enseñar cualquier concepto digno de desarrollar, sea el de democracia, y se usan destrezas coercitivas, como el chantaje emocional, el miedo, el castigo o se obliga a los alumnos a memorizar frases sin pensar, ocurrirá entonces que el mensaje no solo se perderá en el proceso, sino que el alumnado lo único que aprenderá es que la autoridad impone unas ideas, impidiendo la crítica, el razonamiento y el respeto.
En tiempos pasados, hubo un término que se puso de moda, el llamado currículo oculto, según el cual, aprendes más por cómo te enseñan y tratan que por lo que dicen los libros. Y poco da que este sea un libro de historia, lengua –asignaturas siempre tildadas de transmitir la ideología del que enseña–, pero también de matemáticas o de dibujo lineal. El autoritarismo no es incompatible con la enseñanza de ninguna de las asignaturas impartidas. En las relaciones que se dan entre contenidos y métodos usados para transmitirlos, pueden surgir contradicciones tan curiosas como inquietantes. Recordémoslas con dos preguntas ejemplares: ¿Se puede utilizar el libro de Hitler (Mi Lucha) o la revista falangista La Conquista del Estado para explicar por qué la democracia es mejor? Por supuesto. ¿Se pueden usar técnicas modernas y creativas para lavar el cerebro y fomentar ideas fascistas? Naturalmente.
Tampoco sería para lamentarlo y rasgarse las vestiduras por tales conductas. No lo sería si aceptamos que la democracia no es una lección que se estudia, sino algo que se practica. Dicho de otra manera. Si en el aula no hay debate, participación o derecho a discrepar, convengamos que esa clase no es democrática, aunque el título del tema diga lo contrario.
No por recibir una educación autoritaria alguien se vuelve sumiso (muchos demócratas actuales crecieron en la dictadura), ni por recibir una charla sobre valores alguien se vuelve buena persona o, por decirlo de otra manera, demócrata o antifascista. Las asambleas o los trabajos en grupo pueden ser herramientas de libertad, pero también pueden usarse para manipular y forzar consensos que ya estaban decididos de antemano (por quienes dirigen dichas asambleas).
Cuando se defiende el método de utilizar monumentos con pasado fascista para educar en democracia, nos metemos en un terreno pantanoso. Si el monumento se usa como lección cerrada, donde no se permite la crítica, ¿no caeremos en el barro del autoritarismo que queremos combatir? No somos quién para responder.
Existe otra perspectiva que hasta el momento no se ha puesto sobre el tapete de la discusión. ¿Qué tal si, tras herirlo significativamente, dejásemos sus restos consumirse por aburrimiento y ahogarse en su propia suficiencia fascista? Seguramente, el monumento en ruina progresiva y permanente podría enseñar mucho más sobre el fracaso de la intolerancia y el golpismo, que intentar darle un nuevo sentido educativo mientras sigue en pie. Y sin tener que seguir malgastando más recursos públicos en mantener esa herencia golpista.
La educación en valores es siempre un acto político. Pero la verdadera pedagogía no consiste en decirle al alumno qué tiene que pensar para que sea un buen ciudadano, sino en darle las herramientas para que aprenda a pensar por sí mismo, incluso si decide no estar de acuerdo con nosotros. Sin olvidar que todos pensamos, pero que, en este terreno, al menos, pensar no basta. Y la pedagogía, aunque sea antifascista, tampoco.
Firman este artículo: Víctor Moreno, Clemente Bernad, Orreaga Oskotz, Carlos Martínez, José Ramón Urtasun, Pablo Ibáñez, Carolina Martínez y Txema Aranaz Del Ateneo Basilio Lacort