En agosto se cumplen seis años que, en Iruñea, un grupo de músicos y agentes culturales, preocupados por la descohesión del país, lanzamos la idea de fortalecer nuestro imaginario colectivo con un himno que represente a todo el Zazpiak Bat. Para nosotros, historia en mano, no es otro que el Gernikako Arbola, tal como lo fue siempre para todos los territorios, corrientes políticas, referencias bibliográficas y discográficas, enciclopedias y estela internacional. No obstante –dijimos– apoyaríamos otras alternativas serias si sumaban más adhesiones que las que recogía el himno histórico.

No cuestionamos lo establecido en la actual distribución administrativa del país: los himnos de la CAV o de Navarra pueden seguir usándose en sus ámbitos respectivos, y lo mismo otros himnos rituales que se usan: Agur Jaunak, Eusko Gudariak, Txoriak Txori, Txikia, Zutik Emakumeak… Todos tienen su lugar, pero sigue faltando el que nos agrupe oficialmente en los grandes eventos, en los encuentros inter territoriales, en nuestros momentos más solemnes y reivindicativos.

Seis años. Desde la iniciativa popular, sumando voluntades y desde algunos partidos, acumulando cómodos silencios. Ninguna voz se ha levantado en contra y han sido miles las adhesiones en diferentes manifiestos nacionales: la lírica madrugó primero y cientos de músicos, desde directores de orfeón a estrellas del punk, apoyaron el inmortal zortziko de Iparragirre. Siguió la cúpula de los historiadores del país, de todo ámbito ideológico; continuaron escritores y editores, tras la estela que dejaran Unamuno, Baroja, Campión, Arlt, Steer, Marta Gelhorn y tantos más… Históricos de la izquierda abertzale también lo reivindicaron, como otrora lo hicieran Krutwig, Monzón o Txabi Etxebarrieta. Desde la revista Hermes, un numeroso grupo de simpatizantes del PNV se posicionó a favor, sin que nadie les contradijera.

Egiguren también salió a la prensa a recordar que el socialismo vasco tiene el himno en el ADN, basta leer a Zugazagoitia y Meabe, o escuchar con Dolores Ibarruri los ecos de los mineros de Gallarta. Y siguió el manifiesto de Iparralde, encabezado por Jean Louis Davant y Antxon Lafont; y el de la diáspora, refrendado desde la Patagonia a Reno. Los apoyos recogidos son tantos y tan dispares que a veces hemos tenido la sensación de estar defendiendo una perogrullada.

En estos seis años, han aparecido centenas de nuevas referencias históricas. No fueron dos, sino seis, los asesinados por la Guardia Civil por cantarlo en Donostia durante la Gamazada, entre ellos una mujer, Bernardina García. Ha sido canto de toda reivindicación foral; pasaclaustros en las recepciones oficiales; preludio oficial de los Juegos Florales; obertura de la Sociedad de Estudios Vascos (afónica en estos momentos); compañero de la II República; himno de todos los exilios; canto histórico de las canchas de pelota del mundo y de la primera selección de fútbol. Ni el franquismo se atrevió a perseguirlo, salvo cuando apareció en los primeros Aberri Eguna.

Himno nacional para Sabino Arana; foral para los carlistas; de fraternidad internacionalista para las izquierdas; libertario para los anarquistas; tradicional español para los franquistas; chant patriotique para los franceses; abertzale para la primera ETA. Para todos: himno de Baskonia, del Adour hasta el Ebro, donde no hay pueblo ribero que no lo tenga en sus anales.

Seis años hablando con todo el país nos han confirmado que no hay alternativa. Las diferentes propuestas se anulan unas a otras. Algún jelkide de renombre nos dijo que el Gora ta gora debe cantarse también en Navarra, y algún navarrista que es el Himno de las Cortes de Navarra el que debe cantarse en Bilbo. Empate a ineficacias, como lo demuestran estos 45 años. Mientras, quienes más claro lo tienen, los de Iparralde, esperando. Como nos dijo otro jelkide con acierto: cada territorio su himno y el Gernikako paraguas para todos.

“Tiene kutsu religioso” dicen algunos, ignorantes de que se fraguó dentro de la ola revolucionaria que sustituyó en todo el mundo las cruces por los árboles de la libertad. Hasta las Brigadas Internacionales lo tradujeron al esperanto. Y el referente del anarquismo vasco, Chiapuso, reconocía que, a diferencia de los himnos de todo el mundo, “no canta a la guerra, no canta a la cruz, no empuja a la violencia”, sino “a la libertad y a la fraternidad mundial”.

“La juventud no lo canta” nos dicen, y es cierto. Desde la última vez que lo prohibieron en 1979, en el partido contra Irlanda en San Mamés; desde que Jarrai dejó de ponerlo en sus manuales; desde que el proceso de Burgos divulgó el Eusko Gudariak y, sobre todo, desde que la Transición nos impuso la separación de instituciones, banderas e himnos, la juventud vasca dejó de cantarlo… Hasta que comenzó a escucharse en los masivos conciertos de Rotten XIII, de Erramun Martikorena y de otros que vendrán. Jaioko dira berriak.

Por último, a quienes sotto voce dicen que suena a antiguo y que necesitamos un himno que recoja las problemáticas actuales, recordarles que un himno no se improvisa en un concurso de ideas, sino dentro de un proceso histórico. Que, afortunadamente, en Euskal Herria todo es antiguo y por eso seguimos vivos. Y que, frente a la guerra y el totalitarismo amenazante, no hay símbolo vasco más moderno y actualizado que el Árbol de Gernika, icono mundial de la paz, el internacionalismo y el antifascismo. No hay himno en el mundo que se le asemeje. Tenemos una joya de valor inmensurable, transversal, cargada de épica, de humanidad, de historia y de futuro… y alguna clase política mirando a otro lado.

Se cumplen ahora 145 años de la muerte de Iparragirre. El próximo 18 de abril, en Urkiola, donde cantó el himno ante una multitud, antes de que lo echaran de nuevo al destierro, queremos reunirnos euskaldunes de todo el país, para cantar juntos y decidir los próximos pasos a dar. Antes que la mayoría de naciones del mundo, Euskal Herria, Baskonia, eligió espontáneamente un soberbio himno nacional. No estamos tan sobrados de elementos unitarios como para dejarlo olvidado.

Firman este artículo: Gontzal Mendibil, Gorka Knörr, Jose Mari Esparza, Anni Obiag, Iñaki López de Luzuriaga y Endika Iriso