“¿Cuánto te falta para jubilación...?”. A menudo los días se cuentan con una sintomática ansiedad. Hay quienes en su día no cumplimos suficiente con el erario público y aún no nos alcanza la dicha, aún nos encontramos en débito. Algo falla en nuestro sistema cuando queremos cobrar tanta distancia con respecto a nuestra oficina o puesto de trabajo. A nuestra edad sesentona he ahí el temazo de las cenas y reuniones de amigos. Cada vez más seres que nos rodean se apean de la obligación de fichar cada mañana. La suerte pareciera estar siempre ligada a la exención del compromiso laboral.
La tercera pata o bastón se acercará renqueante un día no lejano a nuestra vera. No nos rendiremos en la esquina del bar con un soberano en la mesa, una conversación quejica y un partido de fútbol captando nuestra mirada. No hemos luchado toda una vida para esas flagrantes derrotas. El popular escritor italiano, Erri de Luca, está liderando una tendencia a la que deseamos adherirnos de forma incondicional. Lo ha expresado en su último libro que lleva por título La edad experimental (Seix Barral 2026). Redactado con su amiga Inés de la Fressange, célebre icono de la moda, el viejo militante político con su compañera de escritura, reformulan las reglas de lo que significa envejecer. El veterano dirigente de la ya mítica Lotta Continua de la Italia de los ochenta, avanzado el tercer milenio, persiste en el empeño, no echa la toalla. El ideal no acusaría debilitamiento. Las articulaciones del cuerpo y de la mente no han de ir parejas en su eventual deterioro. La vejez no sería por lo tanto una edad de retirada, sino de “exploración consciente”.
En el trasfondo de su pensamiento aparece el deseo de dar gracias por el tiempo transcurrido y de subrayar lo esencial que podemos vivir en la hora del júbilo: amistad, naturaleza, cuerpo, conciencia. No desearíamos entonces reparar tanto en lo que nos queda de pensión, sino en lo que nos resta de entusiasmo para acometer la última etapa de vida. He ahí nuestro genuino patrimonio. Lo que nos quede será a la postre lo que deseemos abrazar, vivir, descubrir, independientemente de la cifra que entre al final de cada mes en nuestra cuenta. Lo que nos quede será lo que decidamos nosotros en última instancia, procurando no hacer del condicionamiento un impedimento. “En el último siglo, la edad promedio se duplicó. Ninguna generación antes que la mía llegó a vieja de forma tan masiva. La vejez se convirtió en mayoría. Por eso se trata de un experimento…”, afirma el novelista y entusiasta de la montaña y las paredes muy verticales.
Aun con nuestras crecientes limitaciones, no falte en el horizonte una premisa de creatividad y servicio. Lo que eventualmente hemos podido perder en salud, lo hemos podido ganar en conciencia. Por mucho que los años y las goteras del cuerpo canten la hora, no quisiéramos saber de retiro. No tenemos prisa por la jubilación entendida como cesación de actividad. No tanto lo que nos falta para no madrugar, sino lo que aún podemos representar para los demás.
El verdadero júbilo no nos vendrá con una comunicación de la Seguridad Social, sino con una misiva, una determinación de nuestro propio ordenador central para mantener encendidas la sonrisa y las ganas de vivir. El auténtico júbilo es el poder ayudar al prójimo hasta el último instante, hasta que el cuerpo y sus facultades den de sí. Hasta entonces, hasta el momento de ser receptores de ayuda, que podamos emitirla. Podamos volcarnos en el otro, en la otra en la mayor medida, dar de nosotros al máximo, en todo nuestro potencial. He ahí nuestro ferviente deseo.