Señor Miralles Climent: en su tribuna del 18/04/2026 en este mismo diario, relata usted los hechos de aquel trágico episodio de Montejurra 76. Hasta ahí, nada que objetar: los hechos son conocidos y usted los expone con solvencia. Pero, aprovechando la condena de aquel suceso, convierte el artículo en un panegírico del Partido Carlista. Y convendrá conmigo en que, cuando uno abre la puerta del pasado, no puede elegir qué parte entra y cuál se queda fuera.

En Navarra conocemos demasiado bien nuestra historia como para permitir que se diluya en sentimentalismos. Aquí no hablamos de abstracciones: hablamos de pueblos concretos, de archivos municipales, de parroquias, de listas de fusilados, de fosas que todavía hoy se están abriendo. Y sobre eso, usted –como historiador y como militante carlista– no dice una palabra. Por eso resulta tan llamativo que cada vez que se analiza críticamente el papel del carlismo, aparezca un reflejo defensivo que intenta convertir la historia en un asunto emocional o familiar. No está el Partido Carlista, conociendo su pasado, como para presentarse hoy en posición de víctima.

Un ejemplo perfecto de esta maniobra es otro texto publicado en este mismo diario el 03/02/2017, que circula en defensa del carlismo. Se apoya en vivencias personales, en la biografía de los antepasados y en una crítica genérica al liberalismo para evitar la pregunta que en Navarra no se puede esquivar: ¿qué ocurrió aquí en 1936 y quién lo hizo posible?

La respuesta no está en París, ni en Moscú, ni en Washington. Está en Estella, en la Ribera, en Sakana, en la Montaña. Está en los requetés organizados desde las redes parroquiales, en las juntas locales, en la estructura social que permitió que en una provincia sin frente de guerra se ejecutara una represión masiva en cuestión de semanas. Esto no se borra diciendo que el carlismo actual es una hormiga sobre un elefante. La memoria no se mide por el tamaño presente, sino por el impacto histórico.

Y duele especialmente que hoy se adopte el papel de víctima cuando la documentación es clara: los requetés tuvieron un protagonismo central en la represión que dejó más de 3.000 víctimas en Navarra. Si hubo una pelea entre hermanos, fue entre hermanos de sublevación contra el propio pueblo navarro.

Navarra no necesita excusas globales: necesita claridad local. El recurso a enumerar todas las violencias del mundo –liberalismo, comunismo, fascismo, nazismo, capitalismo– es una forma elegante de no hablar de Navarra. Es una cortina de humo. Aquí no estamos discutiendo la Vendea, ni la URSS, ni Irak. Estamos discutiendo la responsabilidad concreta de un movimiento concreto en un territorio concreto.

Y en Navarra, la documentación es contundente: el carlismo fue un actor central en la represión de 1936. No el único. No el exclusivo. Pero sí un actor central. Negarlo no es matizar: es desfigurar la historia.

La biografía personal no exonera a una estructura histórica. Que usted sea hijo, nieto o bisnieto de carlistas no cambia los hechos. En Navarra casi todas las familias tienen historias cruzadas: carlistas, republicanas, nacionalistas, socialistas, falangistas. La biografía explica una vida; la historia explica un proceso. Y ningún proceso histórico se resuelve con una anécdota familiar, por dramática que sea.

El sentimentalismo no tapa Montejurra, ni Estella, ni las cunetas.

La crítica al liberalismo o al capitalismo puede ser legítima, pero no responde a la pregunta que aquí importa. Es un desplazamiento retórico para evitar mirar hacia las parroquias que organizaron la movilización, hacia los pueblos donde la represión se ejecutó con nombres y apellidos. Navarra no necesita debates abstractos: necesita verdad histórica.

No se pide perdón: se pide reconocimiento. El falso dilema del perdón –¿por qué sólo el carlismo?– es otra forma de evitar el fondo. Nadie pide penitencias ni culpas hereditarias. Lo que se pide es algo más sencillo y más digno: reconocer los hechos. Reconocerlos sin diluirlos, sin compararlos con todo lo ocurrido en el planeta, sin esconderlos detrás de la emoción.

Navarra merece una memoria adulta. La memoria democrática no es revancha. Es claridad. Y Navarra, que aún busca a sus muertos, no puede permitirse confundir emoción con historia. El carlismo forma parte de nuestra historia, con sus luces y sus sombras. Pero si queremos una convivencia basada en la verdad, no podemos permitir que el sentimentalismo sustituya al análisis. En esta tierra, la historia pesa. Y pesa más cuando se intenta ocultar.