Hubo un tiempo en el que salir del supermercado sin el tique de compra era casi impensable. El papel doblado en la cartera servía para comprobar precios, hacer devoluciones o, simplemente, controlar los gastos de la semana. Ahora, ese pequeño gesto cotidiano podría estar viviendo sus últimos días.

La patronal de supermercados ASEDAS -que agrupa a cadenas como Mercadona, Lidl, DIA o Aldi- ha pedido al Gobierno que el tique digital pase a ser la opción por defecto; es decir, que el recibo en papel desaparezca salvo que el cliente lo solicite expresamente.

Tiques de compra en papel. Magnific

La medida tiene lógica desde el punto de vista medioambiental. En España se imprimen cada año unos 5.000 millones de tiques, con el correspondiente gasto de papel, tinta y residuos. Muchos terminan directamente en la basura o abandonados en la misma línea de cajas. Además, el papel térmico de muchos recibos contiene sustancias como BPA o BPS, difíciles de reciclar y potencialmente contaminantes.

Cuando la digitalización no es una opción

Sobre el papel, nunca mejor dicho, la digitalización parece una buena idea. Sin embargo, el problema aparece cuando esta deja de ser una opción y se convierte en una obligación. Pedirle a alguien que descargue una aplicación, gestione un correo electrónico o localice un recibo en el móvil puede parecer algo sencillo para una parte de la población, pero no para todo el mundo, y es ahí donde los expertos empiezan a poner el foco.

"La digitalización por defecto es una forma de violencia estructural, la haga quien la haga, y afecta más a las personas mayores porque es el segmento de la población que menos digitalizado está", explica Mireia Fernández-Ardèvol, catedrática de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) e investigadora del grupo CNSC (Communication Networks and Social Change).

Una mujer revisa su tique digital en el móvil tras hacer una compra. Magnific

La brecha digital

Datos de ONTSI (Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad) vienen a confirmar cómo la digitalización disminuye conforme aumenta la edad. Según sus estudios, el uso de internet cae drásticamente a partir de los 75 años. Solo la mitad de las personas entre 75 y 84 años utiliza internet semanalmente, y a partir de los 85 años el porcentaje baja todavía más. Para muchos mayores, enviar un WhatsApp puede ser habitual, pero gestionar aplicaciones, correos electrónicos o plataformas digitales sigue siendo complicado.

Aunque de momento la desaparición del tique en papel es solo una propuesta, si saliera adelante supondría reducir el uso de objetos físicos en la vida cotidiana, como ya ha ocurrido con la libreta bancaria, la tarjeta física sanitaria, los teléfonos públicos o las entradas en papel. "Cuando hay una sustitución de un elemento, la persona puede sentirse desvalida, experimentar incertidumbre e inestabilidad, y sentir que tiene que volver a construir o reaprender determinadas cosas para poder hacer ciertas actividades", comenta Daniel López, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC e investigador del grupo CareNet.

Edadismo tecnológico

A la práctica de diseñar servicios pensando solo en usuarios digitales, dando por hecho que todo el mundo tiene las mismas competencias o recursos, los expertos la denominan "edadismo tecnológico". Esto da lugar a una exclusión invisible porque no se prohíbe usar el servicio, pero acceder a él resulta cada vez más difícil para ciertos colectivos, lo que puede generar dependencia.

Y es que, si una persona no sabe manejar el tique digital, probablemente acabará necesitando ayuda de hijos, nietos o cuidadores para acceder a información privada relacionada con sus compras o sus gastos, algo que afecta no solo a la comodidad, sino también a la privacidad y a la autoestima.

Paradoja: sostenibilidad y exclusión

La desaparición del tique en papel esconde una paradoja y es que, pese a ser una medida pensada para ahorrar y avanzar hacia un modelo más sostenible, puede acabar dejando atrás a parte de la población. Eso no significa renunciar a la digitalización porque el debate no está en elegir entre papel o tecnología, sino en cómo hacer compatibles ambas cosas sin convertir la innovación en una barrera.

De hecho, muchos expertos defienden que el verdadero reto pasa por aplicar el llamado "diseño universal", es decir, crear servicios que funcionen para perfiles distintos, edades distintas y capacidades distintas, algo que, en teoría, parece lógico, pero que en la práctica muchas empresas siguen viendo más como un coste que como una necesidad.