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“No es la IA, idiota. Es la creatividad”

“No es la IA, idiota. Es la creatividad”Freepik

Durante muchos años hemos pensado que el trabajo intelectual nos blindaba frente a las máquinas. Hoy empezamos a intuir que no lo es.

La verdadera diferencia no está en lo que sabemos hacer, sino en lo que somos capaces de crear cuando no hay nada.

Durante los últimos tiempos, de forma progresiva, se ha venido instalando en nuestra sociedad un temor, basado en la sensación de que la inteligencia artificial podría llegar a sustituirnos en el medio plazo. Que aquello que siempre hemos considerado patrimonio exclusivo del ser humano –pensar, escribir, analizar, proyectar, decidir– está empezando a ser replicado, con inquietante eficacia, por máquinas.

Se ha formulado entonces una dicotomía aparentemente lógica: trabajo manual frente a trabajo intelectual. Como si la primera revolución industrial hubiera afectado a las manos, y esta nueva revolución estuviera destinada a reemplazar la mente. Pero ese planteamiento, aunque debemos reconocer que puede resultar intuitivo, es profundamente erróneo.

Porque el verdadero eje de esta transformación no pasa por establecer esa distinción clásica entre lo manual y lo intelectual. La diferencia decisiva –la única que importa– es otra: la que separa a quienes son capaces de crear donde antes no había nada, de quienes se limitan a reorganizar, reinterpretar o recombinar lo que ya existe. Y es precisamente ahí donde conviene que nos detengamos un momento.

“No es la inteligencia artificial, idiota. Es la creatividad”. Esta expresión está tomada de la campaña electoral de Bill Clinton, en 1992: “Es la economía, estúpido”. Aunque puede parecerlo, no era en realidad un eslogan público, sino una nota interna que le pasó de forma apresurada su estratega, James Carville. Con esa nota, Carville pretendía recordar a Clinton, durante el fragor de un duro debate televisivo, con ese tono casi brutal, cuál debería ser el centro de sus intervenciones: la economía. No podía salirse de ahí, porque todo lo demás –los discursos, los matices, las distracciones– era totalmente secundario en la mente del americano medio, en aquellos momentos de crisis económica.

Hoy, salvando las distancias, ocurre algo parecido. Nos distraemos en debates superficiales sobre si la inteligencia artificial sustituirá unos trabajos u otros, si afectará más a lo manual o a lo intelectual, cuando la cuestión de fondo es otra muy distinta.

La inteligencia artificial, en esencia, es extraordinariamente buena trabajando sobre una base que ya existe. Puede redactar, sintetizar, ordenar, traducir, optimizar. Puede incluso imitar estilos, aprender patrones, anticipar respuestas. Pero todo ello, sobre una base previa, ya sea un planteamiento que le habíamos facilitado, una información ya generada o conocimientos ya asimilados. En definitiva, caminos ya recorridos.

Lo que no puede hacer –al menos por ahora– es dar ese salto intrínsecamente humano: crear sentido donde antes no lo había. No combinar, sino originar. No responder, sino formular la pregunta adecuada. No perfeccionar lo existente, sino abrir una dirección nueva. Y ahí es donde se produce la verdadera fractura.

Durante décadas hemos valorado la formación, la especialización, el conocimiento técnico. Y con toda la razón. Pero el nuevo escenario introduce un matiz decisivo: ya no basta con saber mucho, ni siquiera con saber hacerlo bien. Lo determinante es saber mirar de otra manera, visión insólita, disruptiva, conectar lo que nunca había estado conectado, proponer lo que todavía no existe.

Dicho de otro modo: la inteligencia artificial no sustituirá al trabajo intelectual por el mero hecho de ser intelectual. Sustituirá, antes o después, a todo aquello que sea previsible, repetible, estructurable. Y eso incluye una parte significativa de lo que hoy consideramos trabajo cualificado.

En cambio, seguirá habiendo espacio –y probablemente ese espacio será más valorado que nunca– para quien sea capaz de aportar criterio formado, intuición, visión. Para quien no se limite a hacer cosas, sino que sea capaz de decidir qué cosas merecen ser ejecutadas.

No estamos, por tanto, ante una revolución que contraponga a las manos con el cerebro. Estamos ante una revolución que distingue entre personas, las que aportan algo genuinamente nuevo y las que simplemente trabajan, en el mejor de los casos, intentando mejorar lo que han recibido.

Eso explica por qué algunas tareas aparentemente complejas empiezan a ser automatizadas, mientras otras, mucho más difíciles de definir, siguen siendo profundamente humanas. No se trata de nivel de dificultad, sino de naturaleza del proceso.

Quizá por eso el miedo del que hablábamos está mal enfocado. No deberíamos preguntarnos si la inteligencia artificial hará nuestro trabajo. Deberíamos preguntarnos si la forma en la que ejercemos nuestra profesión u oficio, es realmente nuestra, o si, en el fondo, llevamos años cobrando unos honorarios o un salario por repetir esquemas que, ahora, una máquina puede replicar mejor, con mayor rapidez y menor coste. La respuesta a esa pregunta no es tecnológica. Es personal, de cada uno. Porque la inteligencia artificial no nos está sustituyendo. Nos está retratando. Nos obliga a distinguir, y es algo que nos resulta realmente incómodo, entre lo que es genuinamente valioso y lo que simplemente estaba bien ejecutado. Entre la aportación real y la apariencia de complejidad. Entre la creación y la repetición. Y en esa foto, no todos salimos igual de bien.

Quizá la conclusión sea menos alarmante de lo que a primera vista pueda parecer, pero se trata de una conclusión con derivadas muy complejas. No se trata de competir con la inteligencia artificial, sino de comprender qué parte de nosotros no es sustituible. Y de esforzarnos por desarrollar esa parte.

Porque al final, como en aquella campaña de principios de los 90, la clave está en lo que realmente importa. No es la inteligencia artificial. Es la creatividad.