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Colaboración

Gestionar incendios o gestionar el monte

Gestionar incendios o gestionar el monteJavier Bergasa

Cada verano repetimos el mismo ritual. Las llamas ocupan portadas, los helicópteros sobrevuelan nuestras pantallas y la conversación pública se llena de urgencia. Hablamos de medios de extinción, de coordinación, de culpables. Pero rara vez abordamos la pregunta esencial: ¿estamos gestionando incendios… o estamos gestionando el monte? La diferencia no es menor, gestionar incendios es reaccionar, gestionar el monte es anticiparse.

España cuenta con algunos de los mejores dispositivos de extinción del mundo y con profesionales altamente cualificados que, cada verano, arriesgan su vida en primera línea. Su labor es incuestionable y merece reconocimiento social, institucional y económico. Son, sin duda, la primera línea de defensa frente al fuego. Pero incluso los mejores equipos llegan tarde cuando el problema ya ha empezado.

Hoy existe un amplio consenso técnico: los grandes incendios no son solo consecuencia del clima extremo, sino de algo más profundo. La acumulación de combustible, el abandono rural y la falta de gestión activa del territorio están en el origen del problema.

En las últimas décadas, España ha visto crecer su superficie forestal mientras disminuía su gestión efectiva. El resultado es un paisaje continuo, homogéneo y altamente combustible. El incendio no es la causa. Es la consecuencia, es la manifestación visible de un sistema territorial que ha dejado de funcionar.

En apenas medio siglo hemos roto el equilibrio histórico entre actividad humana, ganadería y monte. Un sistema que durante siglos mantuvo el territorio en condiciones estables frente al fuego. Por eso, el debate no puede reducirse a si faltan medios de extinción. El debate es otro: ¿qué modelo de territorio queremos?

Gestionar el monte implica asumir que la prevención no es una campaña, sino una política permanente. Implica actuar sobre el combustible, diversificar el paisaje, recuperar usos tradicionales y activar una economía forestal que haga viable el cuidado del territorio. No es una cuestión ideológica. Es una cuestión física.

Los grandes incendios solo ocurren cuando coinciden tres factores: ignición, condiciones meteorológicas extremas y continuidad de combustible. Los dos primeros apenas pueden controlarse. El tercero, sí. Ahí está el margen de acción. Y también la responsabilidad.

Pero hoy, además, contamos con algo que hace unos años no teníamos: conocimiento en tiempo real. Las nuevas tecnologías están cambiando radicalmente la forma en la que podemos entender y gestionar el riesgo de incendios. Ya no es necesario trabajar únicamente con mapas estáticos o diagnósticos generales. Sistemas avanzados permiten integrar imágenes satelitales, datos meteorológicos y modelos de inteligencia artificial para conocer, casi al instante, dónde existe mayor riesgo.

Un ejemplo claro es el proyecto Alert-Fire de Tesicnor, que permite generar mapas dinámicos de riesgo, analizar la humedad de la vegetación y detectar zonas críticas con gran precisión. Este tipo de herramientas hacen posible algo clave: pasar de una gestión reactiva a una gestión anticipativa.

Porque si sabemos dónde está el riesgo hoy no el de hace meses, podemos actuar antes de que el incendio ocurra.

Esto es especialmente relevante en entornos complejos como el interfaz entre monte, agricultura e infraestructuras incluidas las energías renovables, donde el riesgo no es estático, sino cambiante y altamente interdependiente.

La tecnología, por sí sola, no resuelve el problema. Pero sí permite tomar mejores decisiones. Y, sobre todo, permite asumir que la prevención puede y debe ser mucho más precisa, continua y operativa.

En los últimos años, distintas instituciones y expertos han insistido en la necesidad de cambiar el enfoque. Se habla de un “pacto social y ecológico” que sitúe la gestión forestal en el centro de las políticas públicas, integrando biodiversidad, economía rural y adaptación climática.

La evidencia es clara: menos incendios en número, pero mucho más grandes y destructivos. Más inversión en extinción… pero insuficiente en prevención. Y, mientras tanto, el territorio sigue acumulando riesgo.

No se trata de elegir entre extinción o gestión. La extinción es imprescindible. Pero sin gestión, la extinción está condenada a llegar siempre tarde. Por eso, esta no es solo una cuestión técnica. Es también una cuestión de responsabilidad.

Quienes se dedican a la extinción merecen medios, estabilidad y reconocimiento. Pero también necesitan un territorio gestionado que no los sitúe cada verano ante escenarios imposibles.

Y quienes tienen la responsabilidad de gestionar el monte deben asumir que su función no es administrativa, sino estratégica: ordenar el territorio, activar su economía y reducir el riesgo estructural.

El autor es director gerente de TESICNOR