El papa León XIV, al regreso de su reciente viaje a África, ha dirigido una cuestión de fondo sobre el fenómeno migratorio actual, que creo no debería caer en saco roto: “¿qué hace el Norte del mundo para ayudar al Sur del mundo o a esos países donde los jóvenes hoy no encuentran un futuro y, por eso, viven este sueño de querer ir hacia el Norte?”.
Esta interpelación directa e inteligente, que sigue fielmente la estela de su predecesor el papa Francisco, mantiene vivo un debate central para Europa y todo Occidente: cómo afrontar éticamente el fenómeno migratorio en un contexto de tensiones políticas, conflictos bélicos, incertidumbre social y desafíos económicos. El Papa subraya una idea que no es nueva, pero sí frecuentemente olvidada: la migración no es principalmente un problema, sino una realidad humana de todos los tiempos y de todas las latitudes. En cualquier éxodo masivo, como los actuales, detrás de cada cifra hay personas concretas, con historias marcadas por la pobreza, la violencia o la falta de oportunidades. En esta perspectiva, la Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la inviolable dignidad de la persona es el principio fundamental que debe guiar cualquier respuesta.
Ahora bien, una ética realista no puede quedarse en el plano de los principios abstractos. Como también señala el Papa, los estados tienen el derecho y el deber de regular sus fronteras y garantizar el bien común de su ciudadanía. La tradición católica nunca ha defendido un “fronterismo” ingenuo o buenista, sino el equilibrio, sin caer en extremos, entre derechos: el de las personas a migrar cuando no pueden vivir dignamente en su tierra –de la que la mayoría no saldría si no es por imperiosa necesidad, no lo olvidemos–, y el de los estados soberanos a ordenar los flujos migratorios.
En el contexto europeo de hoy, esto exige superar dos tentaciones opuestas. Por un lado, el cierre identitario, que presenta la migración como una amenaza existencial y deshumaniza al extranjero. Este enfoque no solo contradice el Evangelio, sino que empobrece moralmente a las sociedades que lo adoptan. Por otro lado, el riesgo de un discurso meramente voluntarista, que ignora las legítimas preocupaciones de cohesión social, integración cultural o sostenibilidad de los sistemas públicos en los lugares de recepción.
La postura más ética, en línea con lo expresado por el Papa, pasa por una “hospitalidad responsable”. Esto implica, en primer lugar, abrir vías legales y seguras de migración, reduciendo así el drama y la explotación de las rutas irregulares y el poder de las mafias. En segundo lugar, invertir seriamente en políticas de integración: aprendizaje de los idiomas oficiales de los territorios receptores, acceso a un “trabajo decente” y educación en valores cívicos compartidos. La acogida no puede ser solo física sino también social y cultural.
Pero León XIV insiste en un punto clave volviendo a la cuestión de este escrito: Europa no puede limitarse a gestionar las consecuencias sin abordar las causas estructurales, sobre las que el viejo continente tiene una deuda moral pendiente después de tantos siglos o décadas de colonialismo. Éste se traduce hoy en desigualdad global, conflictos armados, a lo que se añade el cambio climático, raíces de la mayoría de los movimientos migratorios del presente. Desde la ética cristiana, existe una responsabilidad clara de los países más desarrollados en la construcción de un orden internacional más justo. No se trata de caridad opcional sino de justicia social global, por eso resulta inmoral hablar de “prioridades nacionales”. La única prioridad, con el Evangelio en la mano, es la persona, y en particular la desfavorecida, empobrecida, excluida que habita en las “periferias sociales y existenciales” del mundo (Mt 25, 35: “fui forastero y me acogisteis”).
Además, el Pontífice está apelando a la conciencia individual de la ciudadanía, no solo a los gobiernos. La forma en que las sociedades perciben al migrante condiciona profundamente las políticas que se implementan. El miedo y los prejuicios por desinformación, cuando no se confrontan, se convierten en rechazo xenófobo. Solo el encuentro personal puede transformar la percepción, y en ello la Iglesia, las asociaciones civiles y las comunidades locales tienen un papel insustituible como espacios de acogida concreta a personas, familias y colectivos.
En definitiva, el mensaje que emerge de este viaje apostólico no es una consigna meramente política, sino la llamada radicalmente moral a buscar alternativas a una economía neoliberal “que mata”. Europa se encuentra ante la encrucijada que definirá no solo su futuro demográfico o económico, sino su identidad ética, sus principios y pilares civilizatorios. Se está poniendo a prueba la coherencia entre los valores universales que proclama –derechos humanos, dignidad, solidaridad– y las decisiones que pueda adoptar.
El autor es profesor de Filosofía