¿Qué pasa en nuestros colegios señor Gimeno?
Hay algo que está ocurriendo en algunos centros educativos de Navarra y que me niego a seguir normalizando. Y me niego porque soy profesora y lo acabo de sufrir, pero también soy madre y ciudadana y,m como tal, no quiero dejar a mis hijos una sociedad en la que este tipo de maltratos se ejerza.
Llevo tiempo observando situaciones que me producen una profunda indignación y, sobre todo, una enorme tristeza. Situaciones que afectan a centros, a profesores, a equipos directivos y, especialmente y sobre todo, a los alumnos.
Hablo de docentes que comienzan un curso escolar y que, al poco tiempo, curiosamente antes de los exámenes, desaparecen de las aulas durante casi todo el curso escolar bajo la protección de una baja médica, volviendo en junio, curiosamente otra vez, cuando todos los exámenes y el trabajo duro se ha acabado y los alumnos ya no vienen a clase. ¡Qué coincidencia! Y mientras tanto, durante todos estos meses de ausencia, son otros profesionales quienes asumen la responsabilidad: conocer a los alumnos, preparar clases, corregir exámenes, atender a las familias, gestionar conflictos, acompañar procesos personales y académicos y sostener el día a día del aula. Y lo hacen porque les gusta su trabajo y creen en la educación. Para que luego en junio, después de todo el esfuerzo y la involucración, se queden sin trabajo. Los despachan como quien se quita una mancha de un traje o aparta una mosca de alrededor. Esto es maltrato señor Gimeno, a personas que se han dejado la piel y que ya han creado un vínculo con los alumnos, que los conocen y que saben cuánto se han esforzado en la materia. Y de hecho es un maltrato a los alumnos.
Pues bien, mientras unos sostienen el trabajo, otros conservan los derechos asociados a una plaza que, en la práctica, no están ejerciendo. Y para ser más concreta, le hablo de mi caso como sustituta de una persona que ha hecho esto por tres años consecutivos en diferentes centros. Y dígame señor Gimeno, ¿le parece a usted bien que esto ocurra? ¿no hay nada que hacer al respecto? ¿de verdad? ¿no es esto digno de una inspección exhaustiva a esta persona? ¿Y por qué no su expulsión del cuerpo de educación?
Y es que aquí me empiezan a surgir todas las preguntas:
¿Quién piensa en los alumnos señor Gimeno? ¿Quién piensa en el profesor que ha dedicado meses de su vida a un grupo y que conoce perfectamente su evolución? ¿Quién piensa en los equipos educativos que tienen que reorganizarse constantemente para cubrir ausencias prolongadas? Porque da la sensación de que nadie quiere hablar de esto.
Y para mí, lo más doloroso no es el esfuerzo extra. Los docentes estamos acostumbrados a trabajar mucho más de lo que aparece en nuestros horarios. Lo más doloroso es la falta de humanidad. La sensación de que el sistema ha dejado de mirar a las personas que estamos detrás. Que las normas importan más que las consecuencias. Que nadie se pregunte cómo afecta todo esto a quienes sí están presentes cada día.
No cuestiono el derecho de nadie a una baja médica cuando realmente la necesita. Faltaría más. La salud es sagrada. Lo que cuestiono es que determinadas situaciones puedan repetirse durante años sin que nadie parece preguntarse qué impacto tienen sobre los alumnos, sobre los centros y sobre los compañeros que cargan con el trabajo. Porque esto no es solamente una cuestión administrativa. Es una cuestión ética. Es una cuestión de responsabilidad.
Y también de ejemplo. ¿Qué estamos enseñando a nuestros jóvenes alumnos cuando normalizamos que unos sostienen el peso mientras otros desaparecen durante meses y regresan al final del proceso? ¿Qué valores estamos transmitiendo? ¿Qué idea de compromiso estamos construyendo? Señor Gimeno, no quiero una sociedad donde mirar hacia otro lado sea más cómodo que hacerse preguntas. No quiero una educación que premie la ausencia y dé por hecho la entrega de quienes siempre están. Por eso le pido que cambie de una vez esta circunstancia. Que no se permita a un docente que ha estado ausente todo el curso escolar, darse de alta en junio.
Quiero una educación más humana. Más honesta. Más valiente. Una educación donde el centro sean las personas y no los procedimientos. Y, sobre todo, una educación donde nadie olvide que detrás de cada decisión hay alumnos que merecen estabilidad, respeto y coherencia. Quizá haya quien considere incómodo hablar de estas cosas. Yo creo que lo verdaderamente incómodo es que ocurran y que pocos se atrevan a nombrarlas.