Tras la comparecencia en el Parlamento de Navarra de la consejera de Derechos Sociales el pasado 16 de junio, la Coordinadora, formada por 48 ONGD que trabajan en la solidaridad con los pueblos empobrecidos, queremos hacer una reflexión sobre el objetivo de nuestro trabajo.
Hace años que las organizaciones de cooperación escuchamos el mismo compromiso: avanzar de manera progresiva hasta alcanzar una financiación pública acorde con la responsabilidad y la capacidad de Navarra. Y hace años, también, que esos compromisos se aplazan. La última explicación es que hay que ser “realistas”. La palabra merece una reflexión.
Las ONGD llevamos décadas siendo calificadas, a veces con afecto y otras con condescendencia, de idealistas. Seguramente es cierto. Creemos que todas las personas tienen derecho a una vida digna. Creemos que el lugar de nacimiento no debería determinar las oportunidades de una persona. Creemos en los derechos y no en los privilegios. Y creemos que, en un mundo cada vez más interdependiente, la solidaridad internacional no es una opción sino una responsabilidad compartida. Puede parecer una visión ambiciosa. Incluso utópica.
¿En qué momento quienes defienden objetivos de justicia social pasan a ser los ingenuos, mientras quienes incumplen compromisos adquiridos pasan a representar el realismo? Porque ser realista también debería significar reconocer que las desigualdades globales, los conflictos, las crisis climáticas… existen. Que la cooperación internacional genera resultados concretos y transforma vidas. Y que los compromisos públicos están para cumplirse.
Cuando un gobierno anuncia metas que después retrasa una y otra vez, no estamos ante un exceso de idealismo. Estamos ante una promesa incumplida. Y cuando esa renuncia se justifica apelando al realismo, corremos el riesgo de vaciar de significado una palabra que debería estar asociada a la responsabilidad.
Las organizaciones sociales sabemos bien que los recursos son limitados y que gobernar implica tomar decisiones complejas. Lo sabemos porque trabajamos cada día con realidades difíciles y con necesidades que siempre son mayores que los medios disponibles. Por eso valoramos la planificación, la coherencia y el cumplimiento de los compromisos.
Lo preocupante no es solo lo que deja de hacerse en materia de cooperación. Lo preocupante es el mensaje que se transmite a la ciudadanía. Porque la confianza pública no se erosiona únicamente por grandes escándalos. También se desgasta poco a poco cuando se normaliza prometer y no cumplir. Cuando los objetivos se anuncian con convicción, pero se posponen sin consecuencias. Cuando la palabra dada pierde valor.
Quizá la pregunta no sea si las ONGD somos demasiado idealistas. Quizá la pregunta sea otra: ¿en qué momento dejamos de considerar realista que los gobiernos cumplan aquello a lo que se comprometen?
Junta Directiva de la Coordinadora de ONGD de Navarra