Osasuna se mantiene en Segunda División. Trabajo y misión cumplida. Aquí paz y después gloria. Ese podría ser el resumen simplista de lo vivido ayer y toda esta temporada. Pues no. Me niego a admitir esa simpleza después de lo sufrido ayer y toda la temporada. No se lo merece nadie, ninguno que lleve un pedazo de escudo rojillo en su corazón, porque lo que hemos soportado este curso es para figurar en cualquier registro de récords.
Resulta inadmisible que una temporada como la vivida este año, después de un descenso traumático de Primera a Segunda, concluya con un drama como el vivido ayer hasta el último segundo. Quizá lo sucedido en el estadio la Nova Creu Alta no fue más que una continuación del martirio que se ha infligido este año a todos los aficionados navarros, pero no por ello es justo.
Lo de ayer fue la gota que colmó un vaso que ya estaba repleto de mala leche contra todos. Por eso, me niego a festejar la permanencia conseguida como si se tratase de la consecución de un puesto para jugar la Champions League. No. La permanencia era un objetivo que se debió haber sellado mucho antes y sin tanto sufrimiento. Aunque el haberla conseguida como se hizo ayer, en el último momento y después de haber estado 60 minutos descendido a Segunda B, suponga una irrefrenable, justa y merecida suelta de adrenalina y de emociones contenida, no quiere decir que ese sentimiento conlleve la satisfacción del trabajo bien hecho y del objetivo cumplido. Muy al contrario, debe conllevar una reflexión profunda y serena del rosario de desgracias, de la pesadilla vivida un día sí y otro también, tanto a nivel institucional, judicial, laboral y deportivo. ¿Por qué? No lo sé. Seguro porque las cosas se han hecho muy mal en todos los frentes, en todos los estamentos sin excepción, desde la plantilla hasta las diferentes directivas y gestoras, pasando por jugadores, técnicos, directores, empleados ejecutivos...
Lo que es inadmisible es que un equipo y un club con 95 años de historia como Osasuna tenga que vivir hasta el minuto 90, hasta el último minuto de la temporada, pensando en su descenso a Segunda B, en su desaparición como entidad, dejando todo su destino pendiente de un gol de fortuna de Javi Flaño cuando ya sonaba la campana del final del partido. Eso es lo que no puede volver a suceder.
Y para que no ocurra todos los que componen hoy Osasuna se tienen que poner las pilas y hacer las cosas bien desde el primer minuto de hoy mismo, porque tengo mis dudas razonables de que se estén poniendo adecuadamente los raíles por donde tiene que pasar el tren rojillo.
Para que esos raíles tengan una base sólida, es necesario en primer lugar contar con una directiva fuerte, alejada del forofismo y de influencias externas con intereses aviesos, y sustentada en un aval económico que garantice su gestión, un aval que todavía no se ha presentado ante la Liga de Fútbol Profesional y que ya ha supuesto la imposición de una fuerte multa que deberían pagar los infractores y no el club rojillo. Ese sería el primer paso correcto para hablar del futuro, de la viabilidad de este club y para establecer las vías por las que debe circular el tren rojillo: dirección deportiva, entrenador, plantilla, plan de viabilidad... Lo demás serán soluciones temporales y parches a los problemas diarios que cercenan a este Osasuna.