El osasunismo ha vivido unas semanas a caballo entre la indignación y la pesadumbre. El intento de privar al equipo de participar en una competición continental remontándose a unos hechos acontecidos hace nueve años, ya juzgados y sentenciados, era una severa sanción en diferido que castigaba con dureza a quienes nada tuvieron que ver con la trama más absurda de amaño de partidos en la historia del fútbol, ya que el club señalado como beneficiario acabó descendiendo a Segunda división. Todo aquello ocurrió delante de nuestras narices y nadie lo vio venir. Menos aún se podía sospechar que tras superar una de las crisis más duras de su historia, tras resurgir de las cenizas, el organismo que debe velar por el fútbol en Europa reabriera una vieja herida. Al final, en un hecho sin precedentes, la UEFA ha reculado y ha admitido el argumento sustancial que ha defendido la entidad navarra desde el principio: Osasuna denunció la mala praxis de unos directivos y fue la principal víctima de esos turbios manejos en los que no hubo terceros equipos perjudicados. Por eso, la pretensión del organismo futbolístico de arrebatar lo conseguido en el terreno de juego con una normativa que no vale para hacer tabla rasa con todos los casos, sentaba un pésimo precedente, ya que echaba por tierra todo el trabajo de regeneración realizado en el club y su entorno desde 2014.
Porque, afortunadamente, hoy nada es como era entonces. Tanto ha cambiado el club en este periodo de tiempo que hasta una figura tan controvertida como la del director general, Fran Canal, ha pasado de enemigo público a adalid del osasunismo. Ciertamente, su entrada en Osasuna fue por la puerta de atrás y el oscurantismo con el que se envolvió su desembarco le ha acompañado durante su estancia en el club. Sin embargo, con luces y sombras, su influyente gestión ha rendido indudables beneficios. Siendo justos, hay que reconocer que la plantilla clasificó al equipo para la Conference League en el campo y que Fran Canal, al frente de un equipo de trabajo, lo ha hecho por segunda vez en los despachos en una batalla que parecía perdida de antemano. Y gran parte de la afición ha valorado el compromiso, hasta el punto de que la posibilidad de que aceptara la jugosa oferta del Celta fue recibida con inquietud incluso por algunos de sus detractores. Quién lo hubiera dicho tiempo atrás… Tener en nómina a alguien que hoy sepa chapotear en los barros de la industria del fútbol es también un arma de supervivencia.
Estamos a punto de cerrar (si no hay más sorpresas) uno de los capítulos más largos y desagradables en la historia de Osasuna y del que, sospecho, nunca conoceremos toda la verdad. Esta misma semana termina el plazo para el ingreso en prisión de cuatro exdirectivos involucrados en aquel escándalo. Todo esto debería hacer reflexionar al osasunismo. Comenzando por fiscalizar la honestidad de los dirigentes y su obligación de ser escrupulosos en la gestión de la entidad y también en su compromiso con el juego limpio. Los casos de corrupción salpican al fútbol profesional y a veces es difícil mantenerse al margen cuando está extendida la percepción de que todo el mundo lo hace. Pero jugar sucio, ya se ha visto, tiene consecuencias penales para los responsables, mancha el nombre de un club (aunque luego quede exonerado, como Osasuna) y hiere en lo más profundo la ilusión y los sentimientos de miles de aficionados, dos valores incuantificables y difíciles de recuperar. Y son estos, los socios, quienes como dueños del club en el caso de Osasuna, deben organizarse y tener siempre una actitud activa y vigilante para que situaciones como las que nos han traído hasta aquí no vuelvan a producirse y sean una mochila cargada que hay que llevar a la espalda de por vida. Nunca más.