Desde la esquina de Estafeta con la Travesía de Espoz y Mina, el establecimiento ha visto evolucionar en estos 55 años los Sanfermines, la ciudad y cómo no, la hostelería. La familia Luis Beorlegui se ha adaptado a los cambios desde las tapas de huevo con mayonesa hasta la cocina de vanguardia en miniatura que son los pinchos hoy, y ahora quiere celebrarlo con los pamploneses.

Para conmemorar el más de medio siglo de vida, el próximo jueves 20 de octubre organizará una fiesta en la que podrá degustarse un pincho y una bebida por 0,55 euros, un céntimo por cada año de vida del establecimiento.

"El Fitero es un referente en Pamplona y mira por la ciudad. Queríamos hacer un homenaje a la clientela que durante tantos años ha estado ahí porque no es muy habitual que un bar se mantenga durante 55 años y con una misma familia al frente", explica Javier Vinacua, quien junto a su mujer, Arancha Luis regenta el local desde hace quince años.

Por un día, la barra del Fitero devolverá al cliente a 1956: podrán degustarse pepinillos rellenos de atún, gildas, fritos de pimiento, croquetas... Los mismos que hace medio siglo servían unos camareros ataviados con chaqueta blanca y corbata. "Son cosas que ahora están muy desfasadas pero que si las haces bien y son de calidad, no tienen por qué desmerecer", señala Vinacua. También durante este año, se recogerán las 55 mejores recetas en un documento que quedará a disposición de todos en la página web del local.

inauguración

190.000 pesetas para el traspaso del bar

Los abuelos de la actual propietaria, Cesáreo Luis Díaz y Elvira Beorlegui Lacunza, fueron quienes pusieron en marcha el establecimiento, al que bautizaron en honor a la localidad natal del primero. "Eran unas personas muy inquietas que montaron este bar a la vez que una tienda de chucherías, que sigue en autobuses", recuerda Vinacua. Para hacerse con él, pagaron 190.000 pesetas por el traspaso del que hasta el momento era el Bar Prado. Con eso y una inversión de otras 210.000 pesetas para la reforma, todo estaba listo para la apertura el día del chupinazo de 1956, con Matías Unzue, Rafael el Cordobés y Plácido Izco como bármanes.

"A lo largo de tantos Sanfermines ha venido todo tipo de gente: del famoseo, de la política, hasta creo que de la aristocracia, pero en medio de la fiesta pasan prácticamente desapercibidos", cuenta el actual regente.

Los primeros propietarios pronto pasaron el relevo a uno de sus hijos, José Mari Luis Beorlegui (fallecido hace cinco años, motivo por el que se aplazó la celebración del medio siglo) y su mujer, Esther Azqueta quien será homenajeada el próximo jueves. Desde ahí hasta hoy se han sucedido otras dos grandes reformas para adaptar el local a las demandas de la clientela y mantenerse en una calle en la que aumentaba la competencia al irse abriendo nuevos bares sucesivamente. "Pamplona va cambiando. Por ejemplo, antes se trabajaba mucho más por la noche y la clientela del día era más mayor. Ahora los jóvenes quieren disfrutar también del día, aunque luego lo alargan", afirma Vinacua.

Además de los fritos, especialidad en la que destaca el establecimiento, el actual regente asegura que es en los pinchos donde centran sus esfuerzos durante todo el año. "El mayor reto es preparar ese plato en miniatura para un cliente que es cada vez más exigente", señala. El próximo reto, elaborar unos 5.000 que presentarán en la Semana del Pincho en Londres el mes que viene.