En Pamplona, como en el resto de ciudades del Estado, hay historias que no salen en los balances económicos. Rostros y experiencias que no caben en una estadística, porque respiran, tiemblan y esperan. Majdouline, Mour Eddinne, Djamel Eddine, Oualid y Amine no se conocían antes de llegar a Pamplona. En la actualidad , estos jóvenes comparten algo más que el frío y la incertidumbre: comparten una vida suspendida.

Cinco historias distintas que confluyen en la asociación navarra Apoyo Mutuo como reflejo de los cientos de inmigrantes, que al igual que ellos, acuden en busca de comida, asesoramiento y reconocimiento de una vida digna mientras sobreviven sin padrón, sin hogar, faltos de alimentos y sin derechos efectivos en Pamplona.

Majdouline, la única mujer del grupo, llegó desde el norte de Marruecos hace media década con 27 años y con la esperanza de “buscar algo mejor” para su familia. Tras un periodo de trabajo en Málaga cuidando a personas mayores, se mudó a Pamplona, donde la falta de papeles la dejó fuera del mercado laboral y sumida en la precariedad. Ahora vive en una chabola en una huerta de San Jorge sin luz ni calefacción, y cuenta que pasa “mucho frío, muchísimo. Es insoportable”.

Majdouline posa en el jardín trasero de la antigua guardería de la Rochapea. Unai Beroiz

Majdouline perdió el padrón cuando el propietario dio de baja la dirección y con él también la renta que la ayudaba a subsistir. Desde entonces, su futuro queda bloqueado y sin posibilidad de acercarse a un puesto laboral que le permita reintegrarse en la sociedad. “Solo los papeles pueden cambiar esto”, afirma.

El relato de Majdouline, lleno de esperanza y esfuerzos, encuentra eco en la historia de Mour Eddine, un argelino de 28 años, que lleva casi cinco años en Europa y más de un año y medio en Pamplona sin encontrar habitación donde hospedarse. Mour explica que el problema no es solo económico, sino de desconfianza. Tras meses intentando alquilar, siente que muchas puertas se cierran al escuchar su nombre. “Si te llamas Juan o José puedes alquilar. Si tienes nombre árabe, no”, asegura Tere González, coordinadora de la asociación.

Mour Eddinne posa en el jardín trasero de la antigua guardería de la Rochapea. Unai Beroiz

Mientras tanto, el joven argelino es acogido en el convento de las Agustinas Recoletas y estudia castellano para mejorar su situación, aunque reconoce que el idioma “tiene muchos verbos en pasado y eso para nosotros resulta muy complicado”, bromea.

Antes de emigrar, Mour trabajaba como pescador y, todavía hoy, sueña con volver al mar. “Me gustaría estudiar algo de pesca e ir alguna ciudad de costa”, confiesa. Sin embargo, todavía, estos sueños tendrán que embarcar en una idea de futuro y su dura realidad le recuerda que primero debe encontrar un lugar digno para vivir y empezar a trabajar “de lo que pueda y encuentre”.

Frente a esa búsqueda de condiciones básicas, las palabras del argelino Djamel Eddine emergen con una claridad que articula muchas de las reflexiones del grupo. “No soy un moro ni un simple inmigrante. Soy una persona como otra cualquiera, que sin hacer daño lucho por volver a vivir”, defiende. Además, el joven añade que el problema no es de quienes llegan, sino de los gobiernos que no facilitan las condiciones mínimas para integrarse.

“No soy un moro ni un simple inmigrante. Soy una persona como otra cualquiera, que sin hacer daño lucho por volver a vivir”

Djamel Eddine - Argelino

A pesar de las dificultades que la vida le ha puesto en su camino, Djamel no se ha rendido ni un solo día. Desde que llegó a Pamplona –abandonó solo su país con 16 años– hace apenas un año, el argelino se refugia en una chabola en Aranzadi, que como él mismo describe, es muy similar “a la jaula de una animal”.

Djamel Eddine posa en el jardín trasero de la antigua guardería de la Rochapea. Unai Beroiz

Djamel, además, ha acumulado, desde su llegada, más de trescientas horas de clases de castellano sin poder acceder a una trabajadora social porque no está empadronado. “Las autoridades no me lo conceden ni permiten”, reivindica el joven. “No entendemos el por qué, quizá es porque no lo hay. Para él, esa ausencia de padrón equivale a no existir para el sistema y no poder avanzar”, incide Tere.

Djmael, junto con otros compañeros, limpió durante meses el terreno de la antigua Ikastola Jaso, donde vivían, sacando toneladas de basura para intentar dignificar el lugar, pero el desalojo llegó más tarde. Un servicio que representa muy bien el carácter y personalidad del argelino, que en varias ocasiones no ha dudado en acercarse a voluntariados para echar una mano, cuando tan solo unos pocos le ofrecían la suya.

“He colaborado varias veces con el banco de alimentos para agradecer todo lo que hacen por mi”, subraya. Sin embargo, Djamel confía en que su situación se regule en algún momento y que, “ojalá”, pueda volver a coger una cámara y volver a dar rienda suelta a su imaginación como fotógrafo, la profesión que practicaba en su país natal.

La precariedad prolongada se traduce en resignación y también en voluntad de superación. Oualid, de 23 años, cuenta que salió de Marruecos siendo prácticamente un adolescente, caminó durante semanas por diferentes países y vivió más de un año en la calle. “Necesitas ser un hombre de 40 con 19”, explica.

Oualid posa en el jardín trasero de la antigua guardería de la Rochapea Unai Beroiz

Oualid estudió castellano y un grado en agricultura y ahora vive en Burlada con una habitación propia y una renta mínima. Sin embargo, el joven continúa buscando oportunidades laborales en lo que sea, desde jardinería hasta camarero, con la idea de dejar atrás definitivamente la etapa de la calle.

Su historia se entrelaza con la de Amine, argelino, que nadó en plena noche catorce kilómetros durante más de siete horas, guiado por la luz de un faro, sin descanso ni refugio, para poder llegar a Europa. Tras meses en un centro de inmigrantes en Ceuta y un periplo que incluyó Barcelona y San Sebastián antes de Pamplona, pasó días durmiendo en la calle. Amine es ingeniero en omercio y egocio, hoy vive en una habitación alquilada y da clases de castellano como voluntario, porque, como relata, “quienes le ayudaron antes le enseñaron el valor de devolver esa ayuda”.

Amine posa en el jardín trasero de la antigua guardería de la Rochapea Unai Beroiz

Estas cinco personas comparten sueños: trabajar, estudiar, tener una habitación, una vida sencilla y estable. Son ‘soñadores’ sin alas, con motivaciones y proyectos por cumplir, pero atrapados en un sistema que, como sujeta Tere, no les permite despegar.

“Ellos han venido a trabajar, a estudiar, a buscar un futuro, a nada más”, defiende la coordinadora. Mientras los discursos hablan de inmigración en abstracto, ellos siguen en tierra, mirando al cielo de una vida posible que, por ahora, las estructuras administrativas no les dejan echar a volar.