Javier Ciga nació en la calle Navarrería el día 25 de noviembre de 1877, del matrimonio formado por Miguel Ciga Berasain, natural de Lantz (Navarra), y Marciala Echandi Salaburu, nacida en el pueblo baztanés de Berroeta. En 1867 la pareja se instaló en Pamplona, y abrió una funeraria en la calle Zapatería. El matrimonio tuvo más hijos, pero Javier fue el único de ellos que sobrevivió. El joven Ciga se integró totalmente en los ambientes populares de la ciudad, y de la mano de su grupo de amigos, la denominada cuadrilla de Zildoz, conocerá los Sanfermines y el ambiente del tendido de sol, cosa que puede apreciarse en los carteles de fiestas que elaboró.

Un amigo suyo, que firmaba en prensa como Perezliso, recordaba además que Javier fue un asiduo corredor del encierro (Diario de Navarra, 3-4-1909). Muerto su padre en 1900 y la madre en 1911, Ciga tuvo que hacerse cargo muy joven de la funeraria familiar, razón por la que sus amigos le apodaban el Fiambrero. Diremos, por último, que Ciga se casó en 1917 con una joven de Elizondo, llamada Eulalia Ariztia, con la que tendría 4 hijos: Natividad (1917), Dolores (1920), Gurutze (1924) y Migueltxo (1927). 

Formación artística

El joven Ciga mostró siempre gran afición por el dibujo. Según recordaba su amigo Perezliso, de niño llenaba los cuadernos escolares de soldadicos romanos, y tenía la costumbre de dibujar en los pupitres y hasta en las tapas de los ataúdes de la funeraria. Así, su paso por el Seminario de Pamplona fue breve, e ingresó enseguida en la Escuela de Artes y Oficios, donde destacaría y donde obtendría un sobresaliente en la asignatura de “copia de yeso”.

Javier Ciga Echandi, autorretrato a los 74 años (1951).

Javier Ciga Echandi, autorretrato a los 74 años (1951).

Firma de Ciga en el libro de actas del Ayuntamiento de Pamplona (25-11-1920).

Firma de Ciga en el libro de actas del Ayuntamiento de Pamplona (25-11-1920).

Para entonces ya se ha presentado por primera vez al concurso de carteles de San Fermín, en 1907, que ganaría Ricardo Tejedor en apretada pugna con el de Ciga. La polémica fue tan grande que llegaron a exponerse ambas obras en el escaparate del fotógrafo Roldán, para que la gente juzgase. Marcha luego a Madrid para estudiar en la Academia de San Fernando, donde conseguirá el título de profesor, tras obtener cinco diplomas de primera y una primera medalla (La Tradición Navarra, 13-6-1911). Aquel mismo año, en compañía de uno de sus profesores, José Garnelo, emprende un viaje de formación por París, Múnich, Londres y Bruselas. Tras comprobar que Javier tenía auténticas dotes para la pintura, un adinerado familiar suyo, un indiano apellidado Urdampilleta, financió su desplazamiento a París, donde incluso le montará un estudio. Es en este período cuando Ciga pinta El Mercado de Elizondo (1914), que supondrá su consagración como artista, al ser admitido como miembro del Gran Salón de París. El estallido de la Primera Guerra Mundial cortará este período, forzando su regreso a Pamplona.

Probablemente el mejor

No hay duda de que Javier Ciga se encuentra en el grupo de los mejores pintores pamploneses del siglo XX. Su facilidad para el dibujo, su técnica depurada, personal y académica a un tiempo, la profundidad psicológica de sus retratos y el influjo enorme que consiguió a través de sus numerosos discípulos, le sitúan en ese ranking con justicia. Conoció las vanguardias parisinas, pero no se integró en ninguna de ellas, situándose entre el Realismo y un costumbrismo cuasi romántico. Eso sí, su cuidada formación deja ver reflejos de la gran pintura europea y, de forma muy especial, el peso abrumador de Velázquez. De hecho, en una entrevista realizada por Baldomero Barón en 1950, el propio Ciga defendía la raíz velazqueña de su pintura

Ganó en 6 ocasiones el concurso de carteles de San Fermín (1908, 1909, 1910, 1917, 1918 y 1920), e ilustró igualmente programas de mano para la Semana Santa. De su mano salió, además, la bandera de Navarra, diseñada por figuras del mundo napartarra, que ondeó por primera vez en el balcón de Diputación el 16 de julio de 1910, aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa. En 1915 diseñó la kutxa donde aún hoy están inhumados los reyes de Navarra en el monasterio de Leire, y en 1924 ilustró una Guía de Navarra en compañía de artistas como Briñol, Anchorena y Gutxi (La Tradición Navarra 17-2-1924). Cultivó prácticamente todos los géneros pictóricos. Retrató a los miembros más señalados de la sociedad local del momento, así como a innumerables personas anónimas, que protagonizaron sus obras de carácter costumbrista. Con todo, se acepta comúnmente que sus mejores cuadros son El mercado de Elizondo y El viático en Baztan, pintados en el breve lapso de tres años, 1914 y 1917. Ambos se encuentran a medio camino entre el costumbrismo y el retrato grupal, y comparten su ambientación baztanesa. Del primero de ellos, el crítico Francisco Melgar destacaba, ya en 1914, su “admirable composición”, así como la valentía, solidez y seguridad, “propias de un verdadero maestro”.

Militante nacionalista

El arraigo y el amor acendrado por la tierra, sus gentes y sus costumbres se tradujo en una identificación absoluta de Ciga con el ideario nacionalista, que conservó hasta la muerte. Además de sus contactos iniciales con la euskaltzale cuadrilla de Zildoz, frecuentó el Centro Vasco de Iruñea, fundado en 1910, y tuvo contacto personal con napartarras y éuskaros como Iturralde y Suit, Hermilio Olóriz, Estanislao Aranzadi, Arturo Campión, Florencio Ansoleaga o Julio Altadill. Tuvo uno de los primeros carnets del PNV en Pamplona, y como tal figuró en las listas electorales al Ayuntamiento. Fue concejal en los períodos 1920-1923 y 1930-1931, mostrándose especialmente activo en cuestiones relativas a la cultura y el patrimonio. Tras el golpe fascista, Ciga fue detenido y encarcelado en Pamplona el 13 de abril de 1938, acusado, irónicamente, de “rebelión militar”. Fue duramente torturado, y quienes lo vieron aseguraban que su estado físico era penoso. En el juicio, el fiscal le acusó de ser “uno de los separatistas más contumaces de la ciudad”, y sufrió por ello año y medio de cárcel, así como la confiscación de sus bienes. Tan solo los testimonios de personas vinculadas al régimen, que dieron fe de las convicciones religiosas de Ciga, le salvaron del pelotón de fusilamiento.

Últimos años

Dos homenajes, llevados a cabo con 36 años de separación, ejemplifican la trayectoria artística y vital de Ciga. El primero de ellos fue realizado en 1916, en uno de los momentos más fecundos y felices de la carrera del pintor, y antes de que se produjera el calentamiento social fascista previo a la guerra civil. Y, como tantas veces ocurre, sorprende ver que, junto a personajes de los círculos euskaltzales de la ciudad, como Aranzadi o Serapio Esparza, participaron en el homenaje futuros conspiradores fascistas como Garcilaso, Ignacio Baleztena o Tomas Mata. El segundo homenaje se produce ya en fecha tardía, en 1952, una vez pasada la guerra civil y la dura posguerra.

Era el momento en el que la sociedad bienquista de Pamplona abría de nuevo sus puertas al viejo pintor, corriendo por fin un tupido velo sobre sus anteriores devaneos nacionalistas. Al banquete, organizado en el hotel Maisonnave, asistieron más de 200 personas, entre ellas el alcalde Gortari e Ignacio Baleztena, vocal de la Institución Príncipe de Viana. Estuvo también el genial pintor Basiano que, según informaba El Pensamiento Navarro (14-1-1952) llegó incluso a improvisar una jota en honor a su antiguo maestro. El 13 de enero de 1960, justamente el día en que se cumplían ocho años de este último homenaje, Javier Ciga moría en Pamplona a la edad de 82 años.

Con tal motivo, Pedro María Lozano Bartolozzi publicó un obituario, en el que de manera emocionada se glosaban las cualidades artísticas y humanas del finado. Y en el que, exactamente igual que había pasado en los discursos del homenaje de 1952, se obviaba totalmente la orientación política de Ciga, así como el sufrimiento, detención, torturas y encarcelamiento, que sus ideas le habían acarreado. Así las cosas, la apertura de una exposición permanente en el nuevo Civivox Pompelo salda la deuda que la ciudad tenía con este pamplonés comprometido y brillantísimo pintor.