El 16 de mayo de 1903 el Ayuntamiento de Pamplona, del que era alcalde Joaquín Viñas Larrondo, recogiendo la propuesta que había hecho el concejal Sr. Utray tres años antes, tomó el acuerdo de designar al paseo de Valencia como Boulevard de Sarasate. Sin embargo, aún se tardarían varios años en que el nuevo nombre se hiciera efectivo. Un año después del acuerdo, en junio de 1904, aún no se habían cambiado las placas de pared con la nueva denominación. Repasando la hemeroteca de prensa, hasta al menos 1908, la gran mayoría de establecimientos comerciales seguían anunciándose como ubicados en el paseo de Valencia. El nombre de Pablo Sarasate, artista altamente conocido y estimado por la población, no terminaba de cuajar como denominación para el bulevar. Más de un siglo después, todavía hay personas que siguen llamándole al paseo, de Valencia.

En esa primera década del siglo se adecentaron la mayoría de las fachadas del lado norte del paseo, el de los números pares. Se abrieron algunos establecimientos que enseguida se hicieron muy populares, como el café del Boulevard, en el número 18, en donde se servían helados, mantecados y leche helada o la casa de comidas Nuevo Colmado, en el número 6, que incluía servicio de platos a domicilio, cosa entonces muy novedosa. En 1906, terminada su concesión de veinte años, el kiosco de bebidas y refrescos situado en el extremo oeste del paseo pasó a ser propiedad del Ayuntamiento. Este decidió reconvertirlo en un gabinete de necesidad, con lavabos y urinarios, separados para ambos sexos, atendidos por personal municipal. Años después, en 1922, se construirían los baños subterráneos junto al monumento a los Fueros, servicios que han estado activos hasta la actualidad.

Las casetas de feria en San Fermín

Durante las fiestas de San Fermín, el paseo cobraba mucho protagonismo, con la instalación de las casetas de bisutería, quincalla y algunos pequeños espectáculos, aunque a partir de 1907 la mayoría de atracciones se comenzaron a colocar en el nuevo ensanche, a un lado de la calle Padre Moret: cinematógrafos, tiros al blanco, churrerías o el novedoso tobbogan, que causaba gran expectación. Finalmente, y a partir de 1912, también las casetas de quincalla y bisutería terminaron por trasladarse al Ensanche. El bulevar quedaba para algunos conciertos dominicales veraniegos, para los cuales se habilitaba un pequeño escenario o kiosco desmontable. El Consistorio trataba de ornar al máximo el paseo colocando en la línea media del andén central una serie de artísticas farolas, con su alto farol principal enmarcado en forma de lira y el escudo de la ciudad en su base. Años más tarde, estas farolas se sustituyeron por otras parecidas, las mismas o similares a las que hoy día están colocadas en los alrededores del palacio de Diputación.

El paseo, hacia 1920, con sus farolas en forma de lira y el escudo de la ciudad en su base. Foto: a.d. AMP

En 1911 se produjo un hecho que iba a cambiar sustancialmente esta pérdida progresiva de protagonismo del Boulevard de Sarasate. La empresa El Irati, del aezcoano Domingo Elizondo, puso en marcha un ferrocarril eléctrico que, uniendo la estación del Norte de Pamplona con la ciudad de Sangüesa, servía para el transporte de los productos producidos en su aserradero y destilería de Ekai y también como transporte de pasajeros. Además, el ferrocarril en su recorrido entre Huarte y la capital, funcionaba como tranvía urbano, entrando en la misma por el portal de San Nicolás y pasando por delante del palacio de Diputación, daba la vuelta a la Plaza del Castillo, para luego continuar a lo largo del paseo de Sarasate y salir por el portal Nuevo. Se estableció su estación de pasajeros en el número 30 del bulevar, en cuyo bajo tenía el despacho de billetes y sus oficinas en el primer piso. Un bonito reloj de doble esfera en su puerta era la referencia para las salidas y llegadas del tranvía, y también para los paseantes, ya que era el único reloj visible en todo el paseo.

La estación de Sarasate estuvo vigente hasta 1930, en que se trasladó a la calle Taconera, aunque se mantuvo una parada frente a la iglesia de San Nicolás. La llegada del tranvía al bulevar supuso un antes y un después, un importante atractivo no solo para los propios viajeros, sino para toda la población. Se decía que el desierto que era hasta entonces el paseo, se había trasformado en una gran sala de estar, lugar tan concurrido como para ganarle la partida a la plaza del Castillo. Ya en la cuarta década del siglo, tras la construcción de su variante por Arrotxapea y la nueva estación de Conde Oliveto, compartida con el ferrocarril del Plazaola, el Irati dejó de recorrer el centro de la ciudad.

La 'farola de los braseros', de estilo modernista gaudiano

En 1929 se instaló, frente a la fachada del palacio de Diputación, una gran y artística farola de hierro forjado, montada sobre un pedestal de piedra. Eran tiempos en los que el tráfico rodado empezaba a ser patente y debía comenzar a regularse. La farola iba a ser uno de los primeros instrumentos, al obligar a los vehículos a rodearla. En cada uno de los vértices de su base triangular llevaba sendas estructuras redondeadas de hierro, que se iluminaban mediante una lámpara interior, destacando sus luces rojas en la penumbra. Los pamploneses la bautizaron, rápidamente, con el nombre de la 'farola de los braseros', por el parecido de estas estructuras luminosas que la rodeaban con los braseros de las conocidas mesas de camilla, tan utilizadas en la época, aunque se decía con sorna que daban luz, pero no calor. La farola se había comprado a la empresa catalana Ballarín y Cía., casa especializada en mobiliario urbano de forja, especialmente farolas y otros elementos de la iluminación. Diseñada en 1909 por el arquitecto municipal barcelonés Pere Folqués, en estilo modernista gaudiano, varios ejemplares de la misma pueden verse, hoy en día, en la Avinguda de Gaudí de la ciudad condal.

La ‘farola de los braseros’, en su primitiva ubicación, sobre 1957. Foto: J. Lorda. Col. Arazuri. AMP

En el otoño de 1958 y, paradójicamente, ahora para facilitar el tráfico cada vez más intenso, esta farola se desmontó, trasladándose al centro de la plaza del Vínculo, en donde se volvió a montar, ahora como meramente ornamental, prescindiendo de los braseros. Algún avezado cronista local la bautizó como la farola viajera, pues había ido desde Valencia, denominación popular del paseo de Sarasate, hasta la Argentina, nombre que entonces tenía la plaza del Vínculo. Allí permaneció hasta 1965, en que se volvió a desmontar para poder ubicar las paradas de autobuses urbanos en dicha plaza, quedando en el olvido, en algún rincón de los almacenes municipales.

Habían de transcurrir otros treinta años para que la famosa farola de Iruñea volviera a ser instalada. Cuando en 1995 se reformó la plaza del Vínculo se decidió colocarla en su centro, como lo había estado entre 1958 y 1965. En el almacén municipal se encontró el pedestal de piedra, pero no la propia pieza de hierro forjado, que había desaparecido del mismo. Hubo de encargarse una réplica a la empresa de forja Construcciones Metálicas Salvi de Barcelona, con un coste añadido de seis millones y medio de pesetas a incrementar al, ya de por sí, elevado presupuesto de las obras de urbanización. El 8 de junio de 1995 la plaza fue reinaugurada, a bombo y platillo, por el entonces alcalde Sr. Jaime, con el protagonismo central de la farola de los braseros.

En el año 2002, el Ayuntamiento de Iruñea declaró como protegidos algo más de mil elementos de la ciudad, entre los que se encuentran 488 edificios, escudos nobiliarios, hornacinas, fuentes, puentes, cruceros, etc. Como único elemento del mobiliario urbano, la farola que nos ocupa quedó protegida como valor patrimonial de la ciudad. Nada se dijo de que se trataba de una réplica y no de la original de 1929. Cuando ya iniciado este siglo XXI se construyó la urbanización de Gorraitz, en el centro de su plaza principal se colocó una farola exactamente igual a la de la plaza del Vínculo, siendo muy probablemente la desaparecida del almacén municipal, quizás rescatada por la constructora en algún chatarrero, por no pensar en otras explicaciones. Aquella farola viajera, desaparecida de Iruñea en 1965, reaparecía 40 años después en Gorraitz. Su naturaleza errante parecía así confirmarse.

La Tómbola, uno de los iconos de Sarasate desde 1945

Una cosa que habitualmente nos recuerda al paseo de Sarasate es la Tómbola de Cáritas, instalada cada mes de julio en el paseo durante las fiestas de la ciudad. Se inauguró en 1945, con objeto de obtener beneficios para el Secretariado de Caridad, después llamada Cáritas Diocesana, entidad benéfica dependiente del arzobispado. En su primera edición se sorteaban muñecas de tela, que elaboraban mujeres voluntarias durante el invierno, y algunos productos más que regalaban los comercios de la ciudad. Los boletos, al precio de una peseta, se vendían por mujeres que los portaban en una cesta, precisamente por el paseo de Sarasate. Asumiendo un alto riesgo de pérdidas, aquel primer año se hizo el sorteo especial de un coche, un Citroën del modelo conocido como pato, en este caso con boletos al precio de un duro. La primera recaudación fue de 380 000 pesetas, cantidad nada despreciable para una población de 60.000 habitantes, lo cual hizo pensar que el sorteo tenía potencial futuro para la financiación de la entidad benéfica. En años siguientes, además de un automóvil, se sorteaba también un piso, en el Ensanche o incluso, alguno de los chalets de la calle Media Luna, aledaños al parque del mismo nombre. Ochenta años después, la Tómbola de Cáritas sigue siendo una de las grandes protagonistas de las fiestas, ocupando un espacio masivamente visitado en el paseo de Sarasate, con importantes recaudaciones para la entidad organizadora.

El paseo, tras la urbanización de 1956, con sus bancos de listones y sus farolas de bombona. Foto: Autor desconocido. 1963 AMP

Desde 1943 se celebraban en el paseo, en verano, las populares sesiones de música tradicional bailable de txistu y gaita: jotas, fandangos y porrusaldas, bailadas por mucha gente. Algunos años se celebraron en el lugar concursos de las citadas danzas, a los que concurrían los mejores dantzaris de los grupos existentes en la ciudad. Hoy en día, estas sesiones se continúan realizando, pero en la Plaza del Castillo.

La segunda urbanización y gran reforma del paseo, en 1956

En la primavera del año 1956 se iba a producir la que podríamos considerar como la segunda urbanización y gran reforma del paseo. Aunque ya dos años antes se planteó en el Consistorio la necesidad de este cambio, este se demoró, al no contar con fondos para hacerlo. Finalmente, siendo alcalde Javier Pueyo, en enero de 1956 se aprobó la reforma, anunciándose en subasta con un precio de licitación de 405.510,43 pesetas. La subasta se la adjudicó Construcciones Herrera S.L. y el nuevo alumbrado, la casa Zapatería Amorena.

Se quitaron los estanques de ambos extremos del paseo y las estatuas de los innominados reyes se colocaron en pedestales más bajos, alineadas tres en cada lado de la parte más oeste del paseo. Se ajardinaron, en floridos parterres, ambos lados del andén central, entre éste y las calzadas laterales, incluyendo los árboles dentro de los mismos. Los antiguos bancos de piedra y los de tablones se sustituyeron por bancos llamados de butaca, los conocidos bancos de listones blancos, con forma más o menos anatómica, orientados en dos largas líneas hacia el centro del paseo. Entre los bancos se colocaron farolas de bombona y el suelo se embaldosó con, los muy comunes en las aceras de la ciudad, baldosines de cuadradillo en color gris, mezclando algunos de color verde en sencillos dibujos geométricos. Y así es como la mayoría de los lectores de este relato hemos conocido el paseo de Sarasate.

Entre los años 1986 y 1988 se produjo la necesaria y catastrófica tala de más de 10.000 olmos de la ciudad, afectados de grafiosis, enfermedad que arrasó millones de ejemplares de la especie en Europa y Norteamérica. Cuarenta y tres de ellos fueron talados en el paseo de Sarasate, que quedó prácticamente desnudo de arbolado. La mayoría habían sido plantados cien años antes, en la urbanización de 1885. Al año siguiente se plantaron más de sesenta ejemplares de tilos y almeces, que son los que hoy en día, ya crecidos, sombrean y embellecen el paseo.

Se está procediendo a la tala de los olmos en 1986.  Foto: Mena (AMP)

Se está procediendo a la tala de los olmos en 1986. Foto: Mena (AMP) Foto: Mena (AMP)

En el año 2000 siendo alcaldesa Yolanda Barcina, se planteó la posibilidad de construir un aparcamiento subterráneo en el paseo, idea finalmente desechada. Pero esto conllevó el hacerlo en la Plaza del Castillo, en lo que supuso una terrible agresión al patrimonio arqueológico de la ciudad, realizada, además, con la oposición de un importante sector de la sociedad pamplonesa. Los primeros años del siglo XXI se han caracterizado por la progresiva peatonalización del casco histórico y de muchas partes del ensanche; también del paseo de Sarasate. Sin embargo, el cierre de muchos de sus comercios le ha ido restando afluencia, hasta casi convertirse en un lugar simplemente de paso.

Ya en 2011 se produjo en el mismo una actuación llamativa, al menos desde el punto de vista estético: la elevación del nivel de los parterres o jardines, con utilización de materiales inertes en lugar de plantas vivas y protección de los mismos por llamativas planchas de acero corten. En 2019 se propuso por el Consistorio, entonces presidido por Enrique Maya, un concurso de ideas para una nueva urbanización. Tras desecharse los proyectos presentados, ha sido el nuevo Consistorio, con su alcalde Joseba Asiron a la cabeza, el que finalmente ha aprobado, tras un nuevo concurso de ideas, el proyecto Isolíneas, que ha comenzado a ejecutarse recientemente.