A la conquista española de la mayor parte del territorio del reino de Navarra en el primer tercio del siglo XVI, siguió en los decenios siguientes la construcción de una nueva fortificación de su capital Iruñea. Tras el derribo de buena parte de su muralla medieval, la nueva estructura iba a completarse con la construcción de la Ciudadela, a modo de castillo, en donde a partir de entonces se acantonaría el ejército español, construcción cuya función no solo era la de protección ante posibles ataques exteriores, sino también de control y defensa frente a la propia población de la capital, resentida por la reciente ocupación.

La realización de la nueva muralla en sus frentes sur y oeste, varias decenas de metros alejada de los propios edificios de la ciudad, creó dos grandes espacios libres de construcciones. Ambos lugares ya eran denominados desde siglos anteriores como Taconera. El espacio creado en el oeste, ya intramural, terminó conformando los actuales Bosquecillo y parque de Taconera. Sin embargo, el gran solar entre las edificaciones del burgo de San Nicolás y el frente sur de la muralla, a partir del comienzo del siglo XVII fue paulatinamente ocupándose por varias edificaciones, casi todas dotacionales o de servicios, como se denominarían en la actualidad. Instituciones como la casa de Misericordia, el Vínculo, la casa de Baños y también algunos cuarteles militares fueron rellenando el espacio.

Niños de la Misericordia en el patio de la casa. Foto: 1902 J. Altadill AMP

Tras la construcción en 1694 de la primitiva Basílica de San Ignacio, fue la casa de Misericordia el primero de esos grandes edificios dotacionales levantado en dicho espacio. Era a finales del siglo XVII, en concreto en 1692, cuando por iniciativa de los regidores de la ciudad, se pensó en recoger a los mendigos pordioseros que, vagabundeando de puerta en puerta, no viven cristianamente, la mayor parte de ellos por desconocer la fe cristiana y los artículos de nuestra santa fe. De esta forma, en 1702 se comenzó a construir un edificio para albergar al colectivo de personas recogidas según los criterios citados para la institución. La edificación de su sede y la propia institución iban a financiarse con el concurso de autoridades civiles, cabildo catedralicio, algunas órdenes religiosas y también con la aportación de vecinos de la ciudad.

El edificio, de austera construcción, sobre una superficie de casi cuatro mil metros cuadrados, iba a ocupar una buena parte del espacio señalado anteriormente. Su fachada norte, con la puerta principal en su centro, iba a ser el germen del espacio creado como paseo o boulevard, primero de Valencia y luego de Sarasate (1). Se inauguró el 15 de agosto de 1706 con el nombre de Nuestra Señora de la Misericordia, con la bendición del entonces obispo de la ciudad Juan Iñiguez de Arnedo y la presencia de las autoridades municipales y del virrey Marqués de Solera.

Las Casas de Misericordia, como institución, ya existían en muchos lugares de Europa desde la primera creada en Florencia en el siglo XIV, estando la de Pamplona entre las primeras en constituirse en el territorio peninsular. El mantenimiento de la institución, como decíamos, se hacía a base de suscripciones voluntarias de los pamploneses y de órdenes religiosas que, además aportaban sus limosnas en forma de alimentos, harina, pan, trigo, legumbres, patatas y demás hortalizas, procedentes de sus huertos.

Los chicos de la demanda con sus huchas, acompañados de dos guardas municipales, el párroco y un concejal del consistorio. Foto: J. Galle AMP

Es importante considerar que siempre fue la ciudad, a través de sus regidores, el verdadero patrón de la institución. Desde el inicio y a lo largo de su historia, en su junta de gobierno han participado, con importante peso específico, varios regidores municipales, al principio nominalmente y después a través de la comisión de beneficencia del propio ayuntamiento, además de otras personas de la ciudad, normalmente voluntarias. De esta forma, a lo largo de su historia en todos sus organigramas de gobierno figuraba siempre en la cabeza de su junta directiva La Ciudad de Pamplona como titular. La junta nombraba un administrador que se hacía cargo de la gestión general de la casa.

Por ejemplo, en los años sesenta y setenta del siglo XIX el administrador era Juan Alonso, el cual tenía una dotación de dos mil pesetas anuales y demás emolumentos de costumbre. En la documentación consultada no se concreta en que consistían estos últimos emolumentos. Cargo importante era el capellán, cuyas funciones incluían el mantener el orden, la disciplina, velar por la moral de la casa y organizar todo lo relativo a la enseñanza y las prácticas religiosas. Era un cargo que despertaba mucho interés entre los sacerdotes de la diócesis y cuando se producía una baja eran muchos los que se disputaban y anhelaban la plaza. Para la gestión de todas las labores de cocina, limpieza, suministro, etc., se nombraba una mujer como ama, cargo que tenía tanto peso en la institución como el de administrador o el capellán.

También era la encargada de la vigilancia de todas las labores de costura, hilado, remendado, etc., que hacían una parte de los asilados, las mujeres y las niñas. Con el tiempo hubo que nombrar una segunda ama para encargarse exclusivamente de la cocina y alimentación. En 1822 entraron en la institución las religiosas de la orden de la Caridad de San Vicente de Paul, sustituyendo a las amas. Esta congregación ya asistía también a la Inclusa y al Hospital Provincial.

Otros cargos en la casa de Misericordia eran, el aguacil, encargado de recoger a los pobres que encontraba pidiendo de puerta en puerta por la ciudad e ingresarlos en la casa, el celador, encargado del mantenimiento del orden y la disciplina y el portero que, además de su labor especifica, debía limpiar la planta baja y el patio. Existía también un cirujano titular que, aparte de atender las dolencias leves o moderadas de los asilados o en su caso decidir su traslado al Hospital, debía igualmente asumir las labores de afeitado de los hombres semanalmente y el corte de su cabello, por lo general al rape, cada dos meses.

La banda de la casa de Misericordia en 1884. En el centro su director Miguel Astrain. Autor desconocido

A partir de 1780, la Casa de Misericordia, llamada popularmente la Meca, además de acoger a mendigos y pordioseros, comenzó a acoger a niños, muchos de ellos procedentes de la Inclusa Municipal sita en la Navarrería. Estos niños huérfanos o de padres desconocidos, al cumplir los siete años, si no se les había encontrado acomodo en familias de acogida o adopción, pasaban a la casa de Misericordia (2). Los gastos de estos niños procedentes de la inclusa, eran asumidos por la Diputación hasta cumplir los doce años, para después ser la propia Misericordia la encargada de asumir su estancia. En la casa, además de acogida y alimentación, se les instruía en la educación básica y en el aprendizaje de algunos oficios, con el objetivo de que finalmente pudieran salir de la institución para vivir por su cuenta y ser autónomos.

Cuenta el historiador Arazuri que al ingresar en la institución los asilados veteranos les cantaban una copla que decía: En el patio de la Meca, hay un árbol muy florido, con un letrero que dice: gíbate y no haber venido. Como ya se ha comentado, la precaria economía de la institución requería de aportaciones, no solo de estamentos oficiales, sino también de los propios ciudadanos. Por ello cada año, normalmente en época de cuaresma, el consistorio promovía una cuestación por las calles de la ciudad. Algunos de los niños y adolescentes asilados salían con unas peculiares huchas metálicas a solicitar la ayuda ciudadana. Al ser una cuestación promovida desde el consistorio, los llamados chicos de la demanda recorrían las calles, acompañados de dos guardias urbanos en traje de gala, así como de un concejal también vestido con su frac y sombrero de copa, testimonio que ha quedado para la posteridad en algunas hermosas fotografías de principios del siglo XX (3).

Por dar un ejemplo, en la cuestación de 1884 se recogió la cantidad de 13 000 reales. En las últimas décadas del siglo XIX el número de asilados, con algunos altibajos, se situaba en alrededor de 320 personas, de los cuales, por ejemplo, en 1884 eran 80 hombres, 55 muchachos, 80 niños, 65 mujeres, 9 muchachas y 29 niñas. La evidente desproporción entre niños y niñas podría deberse a que algunos conventos de religiosas ingresaban niñas y adolescentes pobres o huérfanas que, además de ser acogidas, engrosaban sus noviciados. La desigualdad por razón de sexo era tan patente dentro de la Casa de Misericordia como en el resto de la sociedad de la época.

La discriminación fue notoria cuando en 1856 se inauguró dentro de la casa una Escuela Elemental tan solo para los 87 niños asilados, enseñanza reglada e instruida por un único maestro, nombrado por la junta de beneficencia del consistorio. Bartolomé Quijera permaneció como maestro de la escuela hasta su muerte en 1885, en que fue sustituido por Carlos Esain.

Las aulas se situaron en el primer piso de la casa, justo debajo de los dormitorios de los varones y las normas, horarios, materias de estudio, exámenes, etc., eran similares a las entonces existentes en las escuelas públicas de la ciudad. La tarde de los jueves era de recreo; largas filas de niños salían de paseo por las calles, en una imagen que queda en el recuerdo de muchos pamploneses. Se solía decir por ahí van los mecosos, apelativo quizás que hoy consideraríamos inapropiado por sus connotaciones despectivas, pero que en aquel tiempo era utilizado con normalidad.

El angelico San Gabriel saluda a San Miguel en el portal de Taconera. Foto: G. Zaragüeta AMP

Aunque durante unos pocos años a las niñas se les llevaba, convenientemente acompañadas y custodiadas, a la entonces única escuela para niñas de las Madres Beatas Dominicas de la calle Jarauta, pronto se hicieron cargo de su educación las propias religiosas de la Caridad que atendían la Casa. Probablemente, ninguna de estas religiosas tenía formación reglada como maestra y muchas de las asignaturas que se daban a los niños, eran sustituidas en las niñas por enseñanzas dirigidas al aprendizaje de las labores propias de su sexo, costura, planchado, cocina, etc., contribuyendo, además, de una forma directa a las tareas de mantenimiento de la propia institución. Entre las enseñanzas que recibían los niños y algunos adultos asilados estaban los estudios de música, tanto de solfeo como de violín e instrumentos de viento y eso permitió la creación de una banda propia. Fue fundada en 1871 por su primer director, Miguel Sarasate, padre del que después fuera famoso violinista pamplonés.

Unos años después, otro de sus directores, Miguel Astrain, terminaría adquiriendo fama por la composición de su popular vals, que durante tantos años se interpretaba cientos de veces en el trayecto que el consistorio hacía en su asistencia a la ceremonia de las Vísperas de fiestas en honor del patrón San Fermín: en el desaparecido Riau Riau. De hecho, en aquellos años era la propia banda de la Casa Misericordia la que acompañaba a la corporación en su asistencia a las vísperas y a otros actos oficiales, funcionando realmente como banda municipal (4). Así fue hasta 1919, en que el consistorio creó su propia banda. De las enseñanzas de solfeo e instrumentos de cuerda se encargaba el profesor Fidel Maya, hijo del famoso compositor y organista Joaquín Maya. Una vez más, la discriminación entre niños y niñas era absolutamente patente y las niñas no podían formar parte de la escuela de música ni recibir enseñanzas musicales.

Y así fue hasta 1897, en que se produjo la donación a la Casa de un piano por un ciudadano anónimo. La escuela ya poseía un piano y entonces se decidió asignar este segundo para dar, al menos, unas primeras nociones de música a las niñas. Estas eran principalmente las que con el tiempo iban a ingresar en algún noviciado religioso pues, de ese modo, podrían cubrir mejor las necesidades de los oficios propios conventuales, rezos, misas, cultos, etc.

Una manifestación más de la cercanía y estrecha relación de la Casa de Misericordia con la población de Iruñea es el hecho que se repite cada primavera cuando la imagen del arcángel San Miguel de Aralar, en su largo periplo por las poblaciones de Navarra, hace su obligada visita a la capital. Al menos desde 1886, es la figura de San Gabriel, el angelico de la Misericordia, quien le hace el entrañable recibimiento en el portal de Takonera, entrando ambos en la ciudad a los acordes del txistu y tamboril, en un acto de gran arraigo y popularidad (5). (Continuará)