Alpargatas y castañas
Andoni y Leyre Martínez, tío y sobrina, llegan a la cita acompañados de Mariano, pareja de Leyre y colaborador suyo en la venta de castañas. Mientras tomamos un café desgranan recuerdos y anécdotas familiares, afectados todavía por la pérdida de Miguel, que falleció en 2025. Hace algún tiempo la familia editó un cuidado folleto contando su historia, que sirve como punto de partida para nuestra conversación.
Así nos enteramos de que la familia proviene de Cervera del Río Alhama (Rioja), de donde eran José Martínez (1895) y Felipa Ochoa (1903), la primera generación de castañeros. En Cervera trabajaban como alpargateros, oficio de gran arraigo en aquella localidad, y como tales decidieron emigrar a Pamplona en 1910. Abrieron una alpargatería en la calle Jarauta, y establecieron su domicilio en el nº 17, 2º de la misma calle, donde nacerían sus seis hijos. El padre era conocido en Pamplona como José “el Sordo”, y Felipa era una mujer trabajadora y con iniciativa, que abrió un ultramarinos en la misma calle, frente al bar Montón, posteriormente transformado en frutería. Más tarde, y durante no menos de 25 años, la mujer regentó un kiosco de chucherías que nuestros más veteranos lectores recordarán, pintado en color verde y adosado a la iglesia de San Cernin, en la esquina de las calles Campana y San Saturnino.
Llega el tren a Comedias
La relación de la familia Martínez con las castañas arranca en 1925. Aquel año José Martínez construyó su castañera artesanal, con los materiales proporcionados por un chatarrero, dándole el imaginativo aspecto de una locomotora, pintada con vivos colores, y colocando su puesto de venta en la esquina de la calle Comedias con Lindatxikia. José “el Sordo” permaneció al frente de la castañera durante 38 años, hasta que le tomó el relevo su hijo menor, Miguel (1939-2025), que permanecerá a su vez nada menos que 50 años al frente del puesto. Según relatan, Miguel llevó a cabo sus estudios en la “universidad” de San Francisco, es decir en las escuelas situadas en la plaza homónima, y posteriormente se puso a trabajar en Bendibérica, empresa pamplonesa dedicada a la fabricación de frenos. En 1967 contrajo matrimonio con Camino Chocarro, pamplonesa de la calle de la Merced, y se trasladaron a vivir a la torre Irrintzi, en el barrio de Donibane. El matrimonio convive allí con el abuelo materno y los tres hijos de la pareja, Miguel, Alfonso y Andoni, y para sacar adelante a la familia Miguel compagina su trabajo en la fábrica con la venta de castañas. Según nos dice Andoni, la venta de castañas nunca ha sido su actividad principal, sino un complemento económico que han llevado adelante con mucho sacrificio. De este modo, para poder estar al frente de su locomotora, Miguel se veía obligado a doblar turnos en la fábrica, para poder librar durante las tardes de otoño, y los fines de semana viaja a Baztan para comprar las mejores castañas. Con el paso del tiempo, además, se empeñará en el reto de ampliar la temporada de recogida y venta, que está muy condicionada por el clima. Así, buscando lugares con climatología más favorable, realiza largos viajes hasta la sierra de Ronda (Málaga) o al valle del Jerte (Cáceres), para buscar castañas. Según nos cuenta Andoni, para amortizar tan largo desplazamiento Miguel se ayudaba de un remolque, que le permitía cargar hasta 300 kilos de frutos.
Años de expansión
Por supuesto, Miguel no estuvo solo ni sin ayuda en una labor que implicaba a toda la familia. Los propios hijos de Miguel le acompañaron desde muy jóvenes en sus desplazamientos, y una vez aprendieron los secretos del oficio se iniciaron en la venta de castañas como complemento a sus respectivos trabajos. Su hijo mayor, Miguel Martínez Chocarro, instaló en 1990 una nueva castañera en la plaza de Merindades, donde aún hoy permanece. Andoni, el pequeño, abrió en 1993 un punto de venta en la Taconera, y el mediano, Alfonso, mecánico de profesión, ha sido siempre el encargado del mantenimiento de las castañeras y los vehículos necesarios para transportarlas. Entre tanto, la presencia ininterrumpida de Miguel Martínez Ochoa en la calle Comedias durante cinco décadas, así como su carácter afable, hicieron del castañero un personaje muy conocido y querido en la ciudad, y los reconocimientos no tardaron en llegar. El 29 de noviembre de 2007, festividad de San Saturnino, el Ayuntamiento de Pamplona le homenajeó con motivo de los 45 años al frente de su locomotora, y al mes siguiente se le concedió el honor de leer el pregón navideño. El día 7 de enero de 2013 fue su último día como castañero, exactamente cincuenta años después de que tomara el relevo a su padre, José “el Sordo”. A partir de aquel momento será nuestro interlocutor de hoy, su hijo menor Andoni Martínez Chocarro, quien se ponga a los mandos de la vieja locomotora en la calle Comedias.
Los secretos de una profesión
La conversación con Leyre y Andoni es fácil y fluida, y poco a poco deriva hacia los secretos propios del oficio. Me cuentan que la castaña es un fruto de otoño, y que no se recolecta ni se varea en el árbol, sino que hay que esperar a que el viento tire los “erizos” al suelo, de donde se recogen. Y para ello es bueno que haga frío, pero sin llegar al punto de congelación. Las mejores castañas son las de tamaño mediano, ni demasiado pequeñas como para que se quemen por dentro, ni tan grandes que se queden crudas. Afirman conocer la rica gastronomía derivada de las castañas, incluyendo la crema o las tartas, pero dicen que en la familia no tienen costumbre de elaborar dichas recetas. En cuanto a la clientela, aseguran que suelen ser compradores espontáneos, improvisados, que la gente no sale de casa para comprar castañas, pero se animan al ver los puestos. Abundan los clientes de cualquier edad, aunque a menudo son los más txikis quienes animan a los mayores a comprar, y aseguran que la gente les reconoce y saluda por la calle. Les pregunto por alguna anécdota reseñable, y me dicen que un matrimonio de Pamplona se conoció haciendo cola para comprar castañas, y que a partir de entonces han acudido en varias ocasiones a saludarles, llevando consigo a la familia. Finalmente, preguntados por la evolución de los precios, dicen que en esta última temporada la “docena” de trece castañas se ha vendido a 4 euros, pero recuerdan por ejemplo que, en el año 2000, último con la moneda antigua, la docena se vendió a 225 pesetas. Sobrina y tío hablan en todo momento con pasión de su trabajo, y es posible percibir en ellos el orgullo y el peso de una tradición que afecta ya a nada menos que cuatro generaciones de su familia.
La locomotora cumple cien años
Miguel Martínez Ochoa falleció el 7 de junio de 2025, cuando contaba 85 años, debido a los achaques propios de la edad. Según dice su hijo fueron muchos años de trabajar a la intemperie, con frío y cerca de un humo que, a buen seguro, “bien no le hizo”. Dejó tres hijos y seis nietos, llamados Leyre, Íñigo, Álvaro, Ander, Anne y Alonso. De todos ellos es Leyre Martínez Aguinaga, de 26 años, quien ha inaugurado la cuarta generación de castañeros, al dar el relevo a su tío Andoni durante una reciente baja laboral.
Al tiempo de nuestra cita Leyre acaba de finalizar la temporada de castañas iniciada en el otoño de 2025, justamente cuando la vieja locomotora, que descansa ya en una bajera hasta el otoño próximo, acababa de cumplir cien años. Leyre es maestra de profesión, pero se muestra totalmente dispuesta a dar continuidad a la saga, siempre acompañada por Mariano, su pareja. Apurando ya nuestros cafés, castañeros y alcalde sellamos un compromiso no escrito, pero al que damos visos de formalidad: si alguna vez, por la razón que sea, la familia Martínez tiene que desprenderse de la vieja castañera, la locomotora que José “el Sordo” fabricara en 1925 no terminará en ninguna chatarrería ni vertedero municipal, y será el propio Ayuntamiento de Pamplona quien la adopte, como parte de ese museo de la ciudad que, alguna vez, tendremos que acometer. Hala bedi.