Manuel Martorell (Elizondo, 1953), periodista que trabajó en medios como Diario 16 o El Mundo, aporta su oficio y conocimiento de un fenómeno histórico que se volatilizó a partir de mayo del 76. Cincuenta años después de aquello, Martorell aborda los avatares del carlismo en la fase final de la dictadura franquista.

El ensayo, editado por Txalaparta, aporta claves sobre el devenir político y social de una Transición idealizada que dejó al Partido Carlista en una situación sumamente precaria, adelantado por formaciones políticas que se repartieron su aparente pujanza.  

¿Qué se propuso con este trabajo?

–Fue idea de una militante de finales de los sesenta, para explicar que la aportación que se hizo en los últimos años de la dictadura se está quedando fuera del relato histórico.

Y se puso manos a la obra.

–Envié un cuestionario a un montón de gente. Hice entrevistas y recogí testimonios personales escritos.

Una fuerza tan importante en el tardofranquismo se volatilizó.

–Como el PSUC o el PCE. ¿Qué queda hoy de ellos? Pues prácticamente nada. Y no digamos del MC, de la ORT o de la LCR. Fuerzas que no existían en los últimos años de la dictadura coparon en la Transición la representación municipal y parlamentaria.

Un vuelco.

–Montejurra 76 fue importante en el descrédito de un partido que había hecho un gran esfuerzo por modernizarse. De ahí salió la imagen de un carlismo ultra, vinculado con el terrorismo internacional y grupos de ultraderecha, en enfrentamiento fratricida y ‘entre hermanos’, como dijo Fraga. Y después el Gobierno de Adolfo Suárez impidió al Partido Carlista presentarse a las elecciones.

“Ya hay pruebas más que suficientes de que fue un plan cuya iniciativa, planificación, ejecución y financiación partió del Estado”

Todo en el lapso de un año.

–El Partido Carlista había tenido mucha importancia en muchas regiones y la capacidad de integrarse en las principales fuerzas unitarias, como la Junta Democrática, la Asamblea de Catalunya o la Platajunta. Hasta el punto de que un navarro, Mariano Zufía, fue el representante de la Platajunta en la cumbre de septiembre del 76.

En el hotel Eurobuilding de Madrid.

–Todo eso desapareció, y se destruyó esa imagen de un carlismo progresista y moderno que se adaptaba a la evolución de la sociedad española.

El Partido Carlista no pudo presentarse a las Generales del 77.

–El Gobierno de Adolfo Suárez elevó la solicitud de inscripción del partido al Tribunal Supremo, que le devolvió la papeleta. Y el Gobierno guardó la solicitud en un cajón.

Toca preguntarse por la influencia del rey Juan Carlos en todo esto...

–En su día, que fui militante del PSUC, acepté el relato oficial de la Transición, de la participación de Adolfo Suárez como paladín de la democracia y también del papel de Juan Carlos I. Yo abandoné el carlismo muy tempranamente. Estuve fuera de Navarra durante 18 años (de 1983 a 2001) y cuando regresé me encontré con una situación política totalmente distinta y una especie de campaña general contra el carlismo que no se correspondía con lo que yo había vivido en mi familia ni en las familias amigas de la mía.

¿Y qué piensa hoy?

–Tengo la seguridad y el convencimiento de que Montejurra 76 no fue una ‘pelea entre hermanos’, sino una operación diseñada desde los organismos en torno al Ministerio de Gobernación de Fraga Iribarne. También estoy convencido, no lo puedo demostrar, de que el rey Juan Carlos tenía conocimiento y de participó de alguna forma en esos sucesos que la Audiencia Nacional ha calificado como acción terrorista. El hecho de que quienes diseñaron eso luego firmaran, incluido el rey Juan Carlos, las leyes de amnistía supone una aberración jurídica. Un Gobierno no se puede autoamnistiar, eso va en contra de los principios del derecho. Y si además estás excluyendo de la participación política al partido al que has destruido su imagen progresista...

Así que cambió de parecer.

–Hoy cuestiono la Transición y el valor de las primeras elecciones (del 77), que para mí ya no fueron tan legítimas. Y las personas que dirigieron esa Transición, incluidos Adolfo Suárez y el rey Juan Carlos, tampoco.

En enero de 2023 salieron a la luz unos documentos filtrados por el hijo del gobernador Ruiz de Gordoa.

–Tiene que haber más documentación. La que conservó el hijo de Ruiz de Gordoa ya da pruebas más que suficientes de que aquello fue un plan cuya iniciativa, planificación, ejecución y financiación partió de organismos del Estado. Por eso es tan alucinante que el Gobierno de Navarra haya colocado un panel en Iratxe reproduciendo la idea de enfrentamiento entre hermanos. Es increíble, cuando advertí al Instituto Navarro de la Memoria que los documentos oficiales no dicen eso.

Estos documentos tuvieron escaso eco fuera de Navarra.

–Sobre el carlismo se ha extendido una especie de nueva leyenda negra que lo identifica con franquismo y represión, como si fuera la peste. La gente lo considera una cosa de gente retrógrada, meapilas, vinculada con la extrema derecha. Lo que pasa es que el carlismo progresista desapareció en la Transición.

Dedica dos capítulos a los Grupos de Acción Carlista (GAC), de carácter armado, en cuyo origen participó su padre. ¿Fueron relevantes?

–Franco, que conocía a los requetés, temía que los carlistas formaran una nueva ETA, que podía ser mucho más peligrosa políticamente. Conocía muy bien la postura radical a la que podían llegar los carlistas en un movimiento que no solo sería juvenil, sino una organización también con gente mayor, que es lo que ocurrió.

Fue algo bastante pedestre.

–La poca organización y estructura que tuvieron los GAC estaba participada por gente como mi padre, excombatiente del requeté y por sus hijos. Eso ocurrió en varias familias. Los GAC surgieron como una forma de radicalizar la oposición al régimen franquista de una forma violenta asumiendo la posibilidad de las acciones armadas.

No hubo víctimas mortales.

–En ningún caso, hubo heridos, como la trabajadora de Pamplonica. Estoy convencido de que los GAC no mataron a nadie.

En el libro muestra cómo se las gastaban los grises en comisaría.

–En Navarra en los últimos años de la dictadura creo que hubo una escalada represiva impresionante. Y eso afectó también a los carlistas.

El grito de ‘Franco traidor’ inundó Estella el 4 de mayo de 1969. Aquello se definió como la mayor manifestación contra el régimen”

¿En la Transición el carlismo se instaló en la melancolía?

–He encontrado gente que ha renegado de su pasado carlista o que le da vergüenza decir que han sido carlistas, pero son las excepciones. Las que más me han sorprendido son aquellas personas que como yo nos apartamos desde el principio de esa militancia, son los que más han colaborado en este trabajo.

¿Cuál cree que es la razón?

–Recuerdan aquella participación en un movimiento político donde eran muy importantes. Eso es característico del carlismo, los lazos de hermandad y amistad, algo que tiene muy poco que ver con un partido tradicional. Salvo en la Transición, nunca ha funcionado como un partido estructurado, orgánicamente jerarquizado. Cuando había que hacer una acción no era la dirección la que lo decía, sino un grupo de personas conocidas. Esa gente recuerda de forma muy positiva y con añoranza de ese modo de militar distinto, con mucho compañerismo y relaciones personales.

El libro tiene un aporte fotográfico interesante. Llama la atención la imagen de la portada, en Montejurra 69: “Franco traidor”.

–Fue el grito que inundó las calles de Estella la tarde del 4 de mayo del 69. Con presencia de medios internacionales de gran prestigio, creo que estaba la BBC, alguna televisión norteamericana, la televisión pública alemana, periódicos importantes de Bélgica, Francia... Varios corresponsales definieron aquello como la mayor manifestación en contra del régimen desde la Guerra Civil.

Caray.

–Y el principal grito fue “Franco es un traidor. Sí señor”. Cuando la manifestación, con miles de personas, entró en la Plaza de los Fueros se gritó “Abajo el franquismo”; una cosa impresionante. Y se exhibieron pancartas muy duras: “el dictador a la horca” o “la sangre hace rojas a las dictaduras”.