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La peña Irrintzi cumple 75 años siendo el grito de la fiesta

Durante todo este tiempo han hecho mucho más que meriendas y barras en San Fermín. Iconos de la ciudad, como el estruendo o el club deportivo Amaya deben su origen al impulso de socios de la peña

La peña Irrintzi cumple 75 años siendo el grito de la fiesta

La peña Irrintzi de Pamplona ha cumplido 75 años en los que les ha pasado casi de todo: echaron a andar de la mano del club Iruña de fútbol y al poco se separaron, han cambiado mil veces de local, han reformado otros tantos, han tenido presidentes detenidos –y hostiados por la Policía– por cantar “canciones injuriosas contra el clero”, han organizado visitas de los Reyes Magos, han guisado lo que no está escrito, han montado secciones deportivas de fútbol y de esquí de fondo, han tenido pleitos con comandantes retirados, han organizado campeonatos de mus, han puesto en marcha piscinas –como las de Amaya–, han sudado en el tendido de sol de la plaza de toros, han pateado montes cada domingo, han organizado capeas –algunas tan desgraciadas como la de 1980, donde al mítico Angelito Ezkerra un falso manso le destrozó la rodilla–, han tirado el chupinazo de las fiestas –Javier Eskubi mediante, socio ya fallecido que protagonizó un lanzamiento histórico en 2006 que sacó de quicio a Yolanda Barcina–, han organizado verbenas, bailes y saraos –fichaje de Pipi Calzaslargas incluido–, y hasta han promovido bloques de pisos –la torre Irrintzi de San Juan, con 96 pisos para socios y otros mozos de peñas amigas–.

Todo gracias al empuje de un núcleo fundador y una primera generación –Joaquín Reta San Martín, Fernando Ibiltzieta, Aurelio Veguillas, Ángel Ezkerra, Juan José Sarasibar, José Luis Ozcoidi... y sus mujeres, que no podían ser socias pero eran las musas de todo– que vivió sus mejores años dentro de la peña, que crió a sus hijos dentro de la peña, ese lugar donde podían imaginar un mundo distinto y donde podían vivir con más libertad el espíritu nacionalista que siempre tuvo la primera generación.

Eran los años 60 y 70, cuando muchos jóvenes llegaron atraídos por el bullicio hasta la puerta del viejo Bayón, el bar que sirvió de primera sede en la calle San Agustín. Eran los tiempos en los que los bocadillos no se tiraban al ruedo, sino que se comían; cuando había hostias por llevar los palos y el bombo; y cuando la música en directo era lo más rompedor.

De aquella primera peña, llamada Irrintzi de Iruña por haber juntado a los chavales de Irrintzi con los del equipo de fútbol del Iruña –separaron caminos unos años más tarde–, no queda ni el nombre, nunca mejor dicho. Aquel club recreativo de partidas de mus, salidas al monte y meriendas se quedó pronto pequeño con 60 socios de límite.

Nuevas generaciones y 309 socios

Tres cuartos de siglo después, la peña sigue con nuevas generaciones y 309 socios. Mantiene los rasgos distintivos –el escudo con las montañas nevadas, el blusón negro que se pusieron como homenaje a las gentes del norte– y los equipos amateur de fútbol –tanto de futbito como de fútbol campo, en categoría Boscos– y el equipo de ski de fondo, recuperado hace unos años y que se ha hecho un hueco a la fuerza en la disciplina a nivel estatal. Sigue con su agenda social comprometida y como una peña muy viva, aunque han cambiado los tiempos. Los hijos de aquella primera generación crecieron en la Irrintzi, lo mamaron desde críos. Ahora hay “otro sentimiento, ni mejor ni peor, es otro”, comentaba Koldo Ezkerra –hijo de Ángel Ezkerra, presidente de la peña a mediados de los setenta– en un vídeo con motivo del 75 aniversario que ha elaborado el periodista Haritz Pascual, también socio de la peña e impulsor de la sección de esquí de fondo.

En todo ese tiempo han ocurrido mil anécdotas. Una de las que cuentan Sarasibar y Veguillas tiene que ver con el local que tenía la peña en Estafeta número 23. De vecino de arriba tenían a un viejo comandante retirado que estaba hasta los huevos de los ruidos de la peña. Hasta le hicieron una copla: poco, poquito a poco, al comandante se la coloco. “Y se volvía loco”, recordaba Sarasibar. La Irrintzi seguirá acumulando anécdotas muchos años más.