Los carnavales que estos días se celebran en Navarra, entre ellos los de Ituren y Zubieta, que tienen lugar los días 26 y 27 de enero, no son solo una fiesta popular, sino la expresión viva de un legado cultural que se remonta a tiempos muy anteriores al cristianismo. Estas celebraciones hunden sus raíces en antiguos rituales paganos asociados al ciclo agrícola, cuando las comunidades rurales realizaban ceremonias colectivas para despedir el invierno, protegerse de las desgracias y asegurar la fertilidad de los campos y del ganado.
En una sociedad profundamente dependiente de la naturaleza, el final del invierno marcaba un momento clave del año. El frío, la oscuridad y la escasez se identificaban con fuerzas negativas que debían ser expulsadas. Para ello, los habitantes de los pueblos se disfrazaban con pieles de animales, se cubrían el rostro con máscaras grotescas y recorrían las calles haciendo un estruendo ensordecedor con cencerros, palos y tambores. El ruido tenía un carácter mágico: servía para ahuyentar a los malos espíritus y despertar a la tierra dormida.
Con la llegada de la Edad Media y la expansión del cristianismo, estos rituales no desaparecieron, sino que fueron reinterpretados y tolerados como parte del calendario festivo previo a la Cuaresma. Sin embargo, en Navarra, especialmente en las zonas rurales y montañosas, el carnaval mantuvo un carácter más primitivo y simbólico que en otros lugares. Lejos de convertirse en un simple espectáculo, siguió siendo un acto comunitario cargado de significado.
Este carácter ancestral se aprecia con especial claridad en los carnavales de Ituren y Zubieta, donde los Zanpantzar o Joaldunak encarnan figuras protectoras del pueblo. Ataviados con pieles de oveja, gorros cónicos y grandes cencerros, avanzan con un paso pausado y rítmico que no deja lugar a la improvisación. Cada movimiento está cargado de simbolismo y responde a una tradición transmitida oralmente durante siglos. El intercambio de visitas entre ambos pueblos los días 26 y 27 de enero refuerza un ritual de cooperación y cohesión social que se mantiene intacto.
Más fiestas
Otros carnavales navarros conservan también relatos y personajes que remiten a antiguas creencias. La figura del bandido Miel Otxin en Lantz o los temidos momotxorros de Alsasua representan el caos, la violencia y el desorden asociados al invierno, que finalmente son derrotados o purificados mediante el fuego, la danza o el sacrificio simbólico.
Estos carnavales siguen celebrándose como una tradición viva profundamente arraigada en la identidad de los pueblos. La participación colectiva, el respeto a los rituales y la convivencia familiar garantizan la supervivencia de las fiestas navarras.