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Sartaguda, tierra ensangrentada y resiliente

La lucha agraria, una de las causas del asesinato de 84 vecinos tras el alzamiento fascista del 36, le valió a la población el apodo de ‘pueblo de las viudas’, nombre que lleva por título el libro que este domingo puede adquirirse con DIARIO DE NOTICIAS

Sartaguda, tierra ensangrentada y resilienteMaria San Gil

Aunque cada vez le cuesta más ir a pasear por el campo; son 90 años los que cumplirá en abril, el sartagudés Julio Sesma no puede sino mirar con melancolía a las fértiles tierras que rodean el casco urbano. “Este regadío costó mucha sangre. Lo que queríamos la gente humilde era un trozo de tierra para poder llevarnos un pedazo de pan a la boca. Verlo así, medio abandonado, pero con buenos terrenos y agua, solo me hace pensar en aquellos hombres que lucharon por la causa y que acabaron en las cunetas”. Y es que, tras el alzamiento fascista de 1936, recuerda, mataron a 84 vecinos del municipio, entre ellos, a su padre, Andrés Sesma, cuando él apenas tenía cuatro meses.

Sartaguda, para el historiador Fernando Mikelarena, “es un pueblo simbólico en relación con la limpieza política del bando golpista”, una localidad con páginas llenas de terror y de resiliencia que la gente podrá conocer más a fondo con el libro Sartaguda 1936. El pueblo de las viudas, que este domingo se podrá adquirir con DIARIO DE NOTICIAS y que Pello Reparaz rescató y llevó a La Revuelta. Se trata de un ejemplar que se nutre del material que recabó en los años 70 José María Jimeno Jurío (entrevistas, notas, transcripciones) y al que añadió un análisis profundo el propio Mikelarena. Este libro, apunta, “tiene, bajo mi perspectiva, completa actualidad. Explica lo que sucedió gracias a un análisis muy exhaustivo. Los procesos de limpieza política suelen tener unas causas profundas, y en los pueblos agrarios suelen tener razones ligadas a las relaciones de propiedad y a las de explotación de la tierra”.

Los entresijos

Para Roldán Jimeno, historiador, editor de la publicación e hijo de José Mª Jimeno Jurío, “esta no es una obra más sobre la represión acaecida a partir del golpe militar de 1936. Es un estudio impecable”. Para él, en Sartaguda, “la herida nunca cerró; la gente convivió con ella en silencio. Las familias de allí, como tantas otras en Navarra, tuvieron que aprender a vivir sin sus muertos, sin sus nombres escritos en ningún sitio, sin una tumba que visitar, sin una explicación. Los estudios sobre memoria histórica de la represión del 36 no son una mera erudición del pasado; se trata de toda una responsabilidad del presente si creemos en los valores de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición”.

Panteón de Sartaguda con los restos que recuperaron.

El libro combina de esta forma dos miradas; la más testimonial y personal, y la más académica. Para Mikelarena, “hay una parte muy importante en la que intenté ir más allá de las víctimas, tratando de ver lo que pasó, las causas y los responsables. Y es que, la tesis que regía en el pueblo era sobre todo que el responsable había sido el administrador del duque del Infantado, Ramiro Torrijo, pero si se mira con detalle cómo eran los mecanismos por los que el administrador cedía las tierras, se ve que había muchísimas diferencias; había algunos sectores a los que arrendaba mucha más tierra que a otros. A pesar de que puede haber una tendencia a interpretar como principal responsable de lo que pasó a Torrijo, también hay que enfocar la cuestión, bajo mi punto de vista, hacia todos aquellos sectores de la comunidad que estaban en buenas relaciones con el administrador y que fueron, a fin de cuentas y en última instancia, los que participaron de toda la limpieza política registrada. Lo esencial creo que estaba en ese desequilibrio en la cesión de la tierra porque, finalmente, fue lo que hizo que el pueblo se segmentara en dos grandes bandos. Por un lado, los que se beneficiaban más, que apoyaron a los partidos de derechas, y los que recibían menos, que estaban en una posición muy subsidiaria, y que se posicionaron más hacia la izquierda. Y es que lo que pedían, desde los años 20, era que la Diputación de Navarra comprara el pueblo para llevar a cabo un reparto entre todos los vecinos de una forma más o menos igualitaria. Finalmente, esto se consiguió en los años 40, después de toda la masacre y después de dos décadas de reivindicaciones, tras haber eliminado a más de 80 personas. ¿No se podía haber evitado todo eso habiendo hecho el reparto unos años antes?”.

Para el historiador y coautor, analizar solamente la cuestión en términos de números totales de asesinados “es un enfoque que sí puede ser expresivo, pero que no basta porque se debe ahondar en las peculiaridades. Y es que, los asesinados fueron, en su mayor parte, gente de unos tramos de edades muy concretos, posicionados políticamente en unos sectores de la izquierda muy específicos y tenían dentro de la comunidad una posición económica muy determinada; los asesinados fueron en una gran medida jornaleros”.

Analizando lo que fue ese proceso de exterminio, los datos aún “son más brutales”: entre los varones de 25 y los de 34 años fueron asesinados 1 de cada 2 jornaleros. Y, sobre esa base jornalera, se asentaba la militancia política; “la mayor parte de las juntas directivas de la sociedad de trabajadores de la tierra adscrita a la UGT fueron asesinada; de los 143 afiliados a la UGT, mataron a 45, y también fueron asesinados casi todos los afiliados a la CNT. Por este motivo, aparte de los números totales de víctimas, hay que ahondar en sus perfiles; no debemos quedarnos solo en las cifras globales, sino en el hecho de que el proceso de segmentación política por cuestiones socio económicas desembocó en una profunda ruptura de la convivencia y en esa violencia de unos vecinos contra otros”.

No está todo dicho

“Queda muchísimo por investigar”, asevera Roldán. “Falta, por ejemplo, profundizar en las consecuencias a largo plazo. Porque la violencia del 36 no terminó en el 36: condicionó economías locales, fracturó familias, moldeó identidades políticas y marcó el tejido social durante generaciones. De hecho, a quienes dicen que no hay que remover ni hablar más del tema, les diría, con toda serenidad, que esa frase suele nacer, generalmente, del privilegio de no haber sufrido directamente una grave vulneración de los derechos humanos. Quien ha tenido un padre desaparecido, una madre rapada y humillada o un abuelo fusilado sin juicio, tiene derecho a conocer la verdad, a pedir justicia y a exigir una reparación. El olvido no cura, adormece. Pero lo que queda dormido, en ocasiones, a veces en generaciones más jóvenes, despierta. Conocer lo que pasó permite cerrar heridas. La verdadera fractura surge cuando se niega el dolor de unos y se glorifica la impunidad de otros. Contar la verdad, con rigor y sin estridencias, no es reabrir heridas, es cerrarlas dignamente. No remover es una forma de decir: No quiero saber. Una sociedad democrática tiene la obligación de dar a conocer la verdad; es una cuestión de responsabilidad cívica”.

De hecho, para Mikelarena, “la memoria de lo que sucedió es vital para que nos ubiquemos en el presente, pero tiene que ser una memoria integral que analice las causas de lo que pasó en su integridad; con análisis exhaustivos. Las barbaridades hay que recordarlas, pero también hay que explicarlas y hay que decir alto y claro que lo que sucedió fue que factores socioeconómicos determinaron el posicionamiento de las personas y en última instancia, detrás del golpe del estado, los diques de contención de la convivencia se rompieron y sectores posicionados políticamente en los ámbitos de derechas vieron que tenían la ocasión de castigar a aquellos con los que habían litigado los años anteriores y, en este caso, lo hicieron de forma desaforada”.

Niñez en la posguerra

Julio Sesma, acompañado por José Ramón Martínez, miembro de la asociación Pueblo de las Viudas, cree que este asunto “no tiene caducidad”.

Su niñez “pasó sin pena ni gloria; con aquella necesidad que había, pero aclimatado a la situación que entonces tenías en casa. Estábamos muchas familias así y fuimos creciendo con aquel ambiente. Si la guerra fue mala, la posguerra se las trajo; pasamos mucha miseria. No había posibles y las madres hacían lo que podían. Cuántas veces me he preguntado de qué material tenían que estar hechas aquellas mujeres para soportar todo aquello. Si a ellos no les costó poco, que les quitaron la vida, después ellas para sobrevivir pasaron penurias”.

Ayudando desde pequeño en el campo, recuerda que su madre, Demetria Martínez, “era muy reservada y no hablaba nada del asunto. Yo creo que todas lo hacían por protegernos. Se lo tragaron todo y se llevaron a la tumba el horror que vivieron”.

Restos que un grupo de sartagudeses encontró en Ausejo.

Al padre de Julio, que fue secretario de la UGT y tuvo que lidiar en varias ocasiones con los mandamases para ver si paliaba la miseria de algunos vecinos del pueblo, lo asesinaron el 4 de septiembre de 1936. “Yo veía que las familias más necesitadas tenían todas cuatro 4 robadas de tierra, y la de mi madre era de dos. Acabé por preguntarle cómo era posible que tuviésemos la mitad, y me dijo que mi padre la partió y se la dio a otra familia aún más necesitada para que se remediase”.

recuperación de restos Julio participó en todas las exhumaciones que se llevaron a cabo, entre ellas, la de su padre. “Nos decían que estaba en Ausejo, pero nada más, y aún había mucho miedo, así que fuimos preguntando e indagando poco a poco y pico y pala en mano. El alguacil de allí, un hombre ya mayor y que era el que los había enterrado, al preguntarle si sabía dónde podían estar los 10 de Sartaguda, nos contestó: Hijo, ¿crees que está el grupo de tu padre solo aquí? Esta tierra está sembrada de cadáveres”.

Al final, el 30 de diciembre del 78 lo encontraron. “Cuando volví a casa y mi madre bajó las escaleras, el gesto que puso al contárselo no se me va a olvidar en la vida. Creo que fue el mejor obsequio que le pude dar; traer los restos de mi padre y enterrarlos. Cuando estaba, por decirlo de alguna manera, tirado por ahí, yo tenía una gran preocupación, y llevarlo al cementerio municipal de mi pueblo, para mí fue fundamental”.

contra la desmemoria Tras ese primer gran movimiento social impulsado por familiares, el segundo, y abanderando la lucha contra la desmemoria, llegó de la mano del Parque de la Memoria, un proyecto que fue cogiendo envergadura ya que al principio se pensó colocar una escultura, y que se inauguró en mayo de 2008.

Tal y como cuenta José Ramón Martínez, integrante de la asociación Pueblo de las Viudas, “la puesta de largo se llevó a cabo sin estar terminado del todo porque poco a poco iban desapareciendo los hijos e hijas de los fusilados”. Ahora, con muchas visitas a lo largo del año, recalca la importancia que tiene el proyecto de Escuelas con Memoria gracias al que todos los años van cientos de jóvenes a conocer este espacio y la historia que preserva. “Es un espacio muy didáctico; pasear y conocer sus entresijos es una verdadera clase de historia”. En este sentido, a Julio, que solo pide que “los pocos que vamos quedando, sigamos tan unidos”, le quedará una peña: “no haber podido hacer este Parque, este homenaje y espacio de recuerdo antes, para que aquellas viudas lo hubiesen vivido”.

Por último, y de acuerdo con Martínez, el ejemplar Sartaguda 196. El pueblo de las viudas “despeja muchas cosas que no se sabían; desde el trabajo que tenía el alcalde Eustaquio Mangado, la lucha que había con el administrador o los miembros de la Junta de Guerra”. Para terminar, agradece el gesto de Pello Reparaz “por llevar el tema de Sartaguda a un programa de prime time; aquello fue totalmente sorpresivo; no nos lo esperábamos”.