En su conferencia en el Foro Gogoa, Ana de Miguel planteó una tesis incómoda: que el neoliberalismo ha logrado apropiarse del lenguaje del feminismo para vaciarlo de contenido político y reconvertirlo en legitimación de nuevas formas –y no tan nuevas– de desigualdad. En el centro de este proceso sitúa la sexualidad, convertida hoy en un espacio inmune a la crítica política y moral. Allí donde aparece el sexo, la reflexión se suspende; allí donde se invoca la libre elección, la desigualdad desaparece del análisis.

Ha comenzado su conferencia hablando del “espíritu de nuestro tiempo”. ¿Por qué considera tan importante identificarlo y nombrarlo?

–Porque comprender el espíritu de nuestro tiempo no es un ejercicio teórico abstracto, sino una necesidad vital si queremos entender qué está pasando delante de nuestros ojos. Los seres humanos no solo vivimos en un mundo material, sino también en un mundo simbólico, hecho de creencias que nos permiten levantarnos cada día, dar sentido a nuestra vida y pensar que merece la pena vivirla. Cada época histórica ha tenido un sistema de creencias que funcionaba como suelo simbólico. Si queremos transformar el mundo, influir en su rumbo, tenemos que ser capaces de identificar ese espíritu, analizarlo críticamente y preguntarnos hacia dónde nos conduce.

Define ese espíritu contemporáneo como el espíritu del neoliberalismo. ¿En qué se diferencia del capitalismo clásico?

–El neoliberalismo no es solo un sistema económico, es un sistema de creencias mucho más profundo. Hemos pasado de economías de mercado a sociedades de mercado. Esto significa que el mercado ya no se limita a organizar la producción y el intercambio de bienes, sino que invade todos los ámbitos de la vida. Este nuevo sistema de creencias nos ofrece una imagen muy concreta del mundo como un gran centro comercial donde todo puede convertirse en mercancía. No solo los bienes materiales, sino también los cuerpos, las relaciones, los deseos y las funciones biológicas. El neoliberalismo no solo organiza la economía: redefine la libertad, el deseo y la identidad.

¿Qué implica concebir el mundo como un gran centro comercial?

–Si el mundo es un mercado, no hay razones para establecer límites. Comprar y vender se presenta como algo bueno en sí mismo. Esta lógica se ha extendido de forma acelerada gracias a internet y a las redes sociales, que funcionan como enormes plataformas de intercambio continuo. Lo verdaderamente nuevo es que han entrado en el mercado realidades que históricamente estaban fuera de toda lógica mercantil: las funciones biológicas, la reproducción, los cuerpos. Hoy se pueden comprar óvulos, vientres, bebés. El dinero se convierte en el único límite.

Defiende que la gestación subrogada es el paradigma de esta nueva mercantilización ¿por qué?

–Porque muestra con claridad hasta dónde ha llegado la lógica neoliberal. Tradicionalmente, tener hijos era una experiencia humana profundamente ligada a la vida, al cuidado y a la relación. Hoy se ha convertido en un proceso completamente mercantilizado, en el que se compran funciones biológicas de mujeres, generalmente pobres, en países empobrecidos. Se presenta como un acto libre, voluntario y progresista, pero se basa en una desigualdad estructural brutal. El dinero es el único límite, y el cuerpo de las mujeres se convierte en un medio de producción.

¿Qué significado otorga el neoliberalismo a la libre elección?

–Es el mecanismo moral que legitima todo el sistema. El neoliberalismo dice: todo se puede comprar y vender siempre que haya consentimiento. Nadie obliga a nadie. Si una mujer acepta, ¿quiénes somos nosotros para criticarlo? El problema es que esta apelación a la libre elección oculta las condiciones materiales reales en las que se producen esas decisiones. En muchos contextos, la libertad de elección de las mujeres es prácticamente nula. Pero el discurso funciona como una coartada perfecta.

¿Cómo se articula este discurso en el feminismo?

–Apropiándose de su lenguaje. Bajo el lenguaje del empoderamiento, el mercado reapropia viejas formas de dominación patriarcal. Palabras profundamente valiosas como libertad, empoderamiento o derechos humanos se utilizan para legitimar prácticas que refuerzan la desigualdad entre mujeres y hombres. Cualquier crítica queda inmediatamente descalificada como moralista, puritana o retrógrada. De este modo, la crítica política queda neutralizada y el mercado sale reforzado.

¿Qué consecuencias tiene para el movimiento feminista?

–Está convirtiendo un problema estructural en una suma de decisiones individuales. Si todo se reduce a elecciones personales, ya no hay desigualdad, ni patriarcado, ni relaciones de poder que analizar. El feminismo pierde su dimensión colectiva y política y se transforma en una ética del “haz lo que quieras”, completamente compatible con el mercado.

¿Cómo construye el neoliberalismo un nuevo ideal de mujer “libre” que en realidad refuerza viejas formas de dominación?

–Convierte el cuerpo de las mujeres en un recurso económico. Se anima a las jóvenes a pensar que su cuerpo es su capital, algo que debe ser optimizado, exhibido y rentabilizado. Este ideal no es nuevo: es la vieja reducción de las mujeres a su cuerpo, pero ahora presentada como elección individual, como empoderamiento y como modernidad.

¿Qué se pierde cuando el lema “mi cuerpo es mío” se interpreta desde una lógica de mercado?

–Pierde su sentido emancipador. Cuando el feminismo decía “mi cuerpo es mío”, no quería decir “mi cuerpo es mi mercancía”. Quería decir que el cuerpo no era propiedad de otros, ni del marido, ni del Estado, ni de la Iglesia. Convertirlo en mercancía es traicionar ese sentido original.

Defiende que la sexualidad ocupa hoy un lugar similar al que ocupó Dios durante siglos. ¿Qué quiere decir con eso?

–Que se ha convertido en un concepto límite, inmune a la crítica. Durante siglos, Dios legitimaba el orden social: si algo era injusto, se decía que “Dios lo quería así”. Hoy, si hay sexo de por medio, todo queda automáticamente legitimado. El sexo tiene la capacidad de justificar lo que sería inaceptable en cualquier otro ámbito.

¿Cómo opera concretamente esa legitimación?

–Insultar, humillar o agredir a una mujer es socialmente inaceptable. Pero si esas mismas prácticas aparecen envueltas en un discurso sexual -por ejemplo, en la pornografía- se suspenden las críticas. Se dice: “si a ella le gusta”, “si ella quiere”. El sexo funciona como una especie de piedra filosofal que convierte lo ilegítimo en legítimo y lo injusto en incuestionable.

¿No habría que hablar, más específicamente, de una dominación de la sexualidad masculina?

–Sí, completamente. Vivimos en una dominación total de la sexualidad masculina. Esto atraviesa ideologías, partidos políticos y supuestos discursos progresistas. La prostitución es el ejemplo más claro. Ha sido legitimada por toda la historia de la humanidad, por todo el arco ideológico: desde la teología cristiana hasta la mitología clásica, desde las culturas antiguas hasta sectores actuales de la izquierda y del feminismo. La creencia de fondo es siempre la misma: los hombres tienen derecho a satisfacer su deseo sexual.

¿Por qué considera tan peligroso que el Estado reconozca la prostitución como un trabajo como otro cualquiera?

–Porque enviaría un mensaje devastador: que el cuerpo de las mujeres es una mercancía legítima. Que quien no tiene nada, tiene su cuerpo para vender. Normalizar eso significa institucionalizar la desigualdad y abrir la puerta a la mercantilización total de lo humano.

¿Qué papel juega el mito de la libre elección en todo esto?

–En un discurso profundamente neoliberal, sirve para legitimar que las mujeres elijan siempre lo mismo: prostituirse, hacer pornografía, operarse, depilarse, ponerse el velo, dejar el trabajo, cuidar a todo el mundo. El mundo está lleno de la libre elección de las mujeres. Lo curioso es que siempre elegimos lo mismo. Si estas prácticas empoderaran, las harían los hombres. La libertad es algo maravilloso, pero su perversión es usarla para legitimar la esclavitud y la desigualdad.

¿Dónde se manifiesta hoy con mayor claridad esta desigualdad?

–En la pornografía. Los vídeos más vistos son los más violentos, los más sádicos, los que muestran humillación extrema, violaciones colectivas. Y ahora, con la inteligencia artificial, se desnuda a compañeras de clase, a políticas, a actrices, se pone su cara en películas pornográficas y se las convierte en peleles sexuales.

¿Es la pornografía una escuela de desigualdad?

–Educa a los chicos, desde edades muy tempranas, a ponerse en el lugar de su deseo y a ignorar a la otra persona, a no preguntarse quién es, por qué está allí o qué siente. Les enseña que el dinero legitima el uso del cuerpo ajeno. Además, instruye a las chicas –y al resto de la sociedad– a normalizar la humillación y la violencia sexual. La pornografía erotiza la violencia y la humillación de las mujeres y se convierte en un manual práctico de desigualdad.

¿Qué efectos tiene en la construcción de las expectativas vitales de chicas y chicos?

–Vuelve a separar sus caminos. A los chicos se les enseña que tienen derecho al cuerpo de las mujeres; a las chicas, que su valor reside en ser deseadas y consumidas. Se abren de nuevo brechas en las expectativas, los proyectos de vida y las oportunidades. En este contexto, las mujeres somos la resistencia porque no queremos hombres prostituidos, no queremos un harén masculino normalizado.

¿Es importante nombrar el sexo de la violencia? ¿Por qué?

–Porque si queremos acabar con algo, hay que mirarlo de frente. Las mujeres no ejercen esa violencia cotidiana: no dan botellazos, no se pegan en las discotecas. Hay que preguntarse qué estamos haciendo con los chicos, quién los está formando y cómo estamos tolerando que la pornografía los eduque.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Dónde queda la promesa de la revolución sexual?

–La revolución sexual de los años sesenta prometía acabar con la doble moral sexual. Prometía relaciones más recíprocas entre mujeres y hombres, una sexualidad más humana y más satisfactoria para ambas partes. Fue parte del proceso iniciado por el feminismo para unir a mujeres y hombres como miembros de una misma comunidad humana. Pero fue traicionada por la mercantilización del cuerpo de las mujeres.

¿Por qué se produjo esa deriva?

–El llamado “efecto Playboy” convirtió la explotación sexual en algo moderno y progresista, neutralizando la crítica feminista. La desigualdad sexual dejó de percibirse como un problema político y la mercantilización del cuerpo de las mujeres se integró en el discurso progresista, asociando desnudez femenina con libertad, transgresión y modernidad. Y eso desactivó buena parte de la crítica feminista.

Llegados a este punto, ¿qué responsabilidad hay que atribuir a la política?

–Estamos en un proceso difícilmente reversible, sobre todo por las redes sociales y la inteligencia artificial. El mundo se nos ha ido de las manos. Los Estados son impotentes. Dicen que quieren frenar la pornografía, pero no pueden o no lo hacen. A nuestros políticos les pediría una cosa: coherencia. No pureza, pero sí coherencia. Cumplir la palabra. Porque la sociedad se sostiene sobre la promesa y la palabra.

¿Por qué considera la coherencia un valor político fundamental?

–Porque sin coherencia se destruye la confianza colectiva. Decir una cosa y hacer otra mina el suelo común. Y lo que más me preocupa es la incoherencia dentro de quienes se autodenominan progresistas y feministas.

¿Existe una responsabilidad individual clara en este sistema?

–Sí. Mientras los hombres sigan sacando la cartera, el sistema seguirá funcionando. Si mañana decidieran no pagar, la explotación sexual se acabaría. En esto, cada hombre individual tiene un poder enorme.

Para cerrar, ¿qué lugar le queda hoy a la filosofía y al feminismo?

–Mirar la verdad. Entender cómo funciona el mundo y cómo nos manipulan. Eso es la filosofía. Y recordar algo muy sencillo: si algo no defiende los derechos de las mujeres, no es feminismo, aunque se llame así.

Conferencia completa en la página web del Foro Gogoa https://forogogoa.org/