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Violencia entre iguales, exclusión social y discursos de odio: las distintas caras del acoso escolar en Navarra

Investigadores analizan el "complejo" fenómeno del bullying y coinciden en que existe una mayor sensibilidad social para combatirlo- Piden más educación emocional y formación para docentes y familias

Violencia entre iguales, exclusión social y discursos de odio: las distintas caras del acoso escolar en NavarraUnai Beroiz

La prevención del acoso escolar pasa por comprender su complejidad más allá de los porcentajes, detectar algunas de sus formas invisibles como es la exclusión social sutil y combatir la normalización de la violencia en una sociedad en la que los discursos hostiles campan a sus anchas.

La Cátedra Aprender-Ikasi de la Universidad Pública de Navarra (UPNA) organizó este viernes unas jornadas coordinadas por la profesora Alicia Peñalva Vélez, sobre violencia escolar en la que varios expertos coincidieron en la necesidad de reforzar la educación emocional para luchar contra un fenómeno que afecta al bienestar del alumnado y que no se debe ocultar.

"El bullying no es una epidemia pero sí un fenómeno presente en todas las escuelas del mundo"

La primera ponente fue Rosario Ortega Ruiz, una de las investigadoras más influyentes en Europa en materia de acoso escolar. Esta catedrática de Psicología por la Universidad de Córdoba aseguró que el bullying es un fenómeno “complejo, persistente y presente en todas las escuelas del mundo”, pero pidió no caer en alarmismos. “El bullying no es ni un virus ni una epidemia, pero sí un problema que requiere información, atención y trabajo constante”, afirmó.

Durante su intervención , esta experta defendió que el acoso escolar no puede reducirse a porcentajes, ya que no refleja la complejidad del fenómeno. “Lo más importante no es si es el 20% o el 70%, sino entender cómo funciona y qué variables influyen”, apuntó. Y es que esta psicóloga aseveró que todos los alumnos pueden verse afectados en algún grado por dinámicas de exclusión, rechazo o conflicto, aunque solo algunos casos derivan en situaciones muy graves. “Para algunos niños puede suponer una crueldad enorme y en otros genera malestar sin llegar a situaciones extremas”.

Rosario Ortega Ruiz, una de las ponentes de la jornada.

Esta catedrática explicó algunas de las líneas de investigación más recientes como son los procesos de “desconexión moral”, mediante los cuales algunos agresores justifican su comportamiento minimizando el daño causado a la víctima. Asimismo, Ortega se refirió al papel de la empatía, que no es homogénea, sino que tiene componentes cognitivos y afectivos que influyen en agresores y en víctimas.

La experta insistió en que el bullying debe entenderse dentro de las relaciones entre iguales y la convivencia cotidiana en los centros educativos. “El ajuste social, la buena comunicación y la ética de no hacer daño injustificado son claves”, explicó Ortega y añadió que depende de múltiples variables, entre ellas la personalidad del menor, su capacidad de respuesta ante la agresión, la sensibilidad del profesorado para detectar situaciones de riesgo y la dinámica del grupo clase, donde “la mayoría del alumnado sabe lo que está pasando”.

De hecho, la mayoría de los y las escolares forman parte de lo que se conoce como observadores y valoró positivamente cómo se observa un incremento de las personas que se atreven a defender a la víctima y pararle los pies al agresor. “Ese cambio en la sensibilidad del grupo es clave para frenar el acoso escolar”, apuntó Ortega, que subrayó que la implicación de los iguales puede inclinar la balanza hacia la intervención.

Alicia Peñalva, coordinadora de las jornadas.

En esta línea, esta catedrática constata avances en la prevención e intervención ante el acoso escolar. “La sensibilización social creciente ha permitido visibilizar casos que antes permanecían ocultos. Se ha levantado la cortina que ocultaba la violencia escolar, como ha ocurrido con la violencia machista. Esta sensibilidad social hace que familias, docentes y adolescentes también lo sean”, resumió.

Y este es el camino a seguir. Esta psicóloga defendió la necesidad de abordar el acoso escolar desde la prevención y la formación constante del profesorado y de las familias, así como una mayor atención a las señales de alarma. Entre ellas citó el rechazo a ir al colegio, problemas de sueño, digestivos, dificultades de atención... “Cuando se detecta un caso, lo importante es que los adultos estén informados y actúen”, afirmó Ortega, que avisó de los riesgos del entorno digital, que amplifica la percepción de exclusión o humillación en la adolescencia.

"La exclusión como el bullying es discriminatorio: convierte a un igual en desigual y lo somete"

En las jornadas también participó su compañero en la Universidad de Córdoba, Antonio Jesús Rodríguez-Hidalgo, que habló de la exclusión social como mecanismo de violencia sistemática. Este experto explicó que los estudios realizados constatan que desde la preadolescencia hasta el final de la adolescencia, el alumnado diferencia entre ser rechazado y ser aislado. “La primera forma es activa, intencional y explícita y se conoce como exclusión social manifiesta y la segunda es más indirecta, pasiva e implícita: exclusión social sutil. Ésta es mucho más difícil de detectar y a menudo se justifica bajo el derecho a elegir con quién relacionarse”, explicó este experto, quien avisó de que cuando la exclusión sutil “es reiterada y percibida como dañina por quien la sufre estamos ante una forma de bullying escurridiza”.

Esta forma de aislamiento (ignorar, no responder, no mirar) puede pasar desapercibida tanto para el profesorado como para el propio grupo. “A veces se interpreta como soledad deseada por la víctima y nada más lejos de la realidad. Nuestros estudios en base a la ESMASU (Escalas de Exclusión Social Manifiesta y Sutil) concluyen que la exclusión sutil es percibida como intencionada y vivida como muy dolorosa. Un tipo de aislamiento que, en la era digital, se extiende a las redes sociales. Un ejemplo: la exclusión de grupos de Whatsapp.

Respecto a si existen perfiles más propensos a la exclusión, este profesor evitó centrar el análisis en las víctimas y advirtió de que el problema tiene una raíz social y cultural. “La exclusión, como el bullying, es un fenómeno discriminatorio. Convierte a un igual en desigual y lo somete”, explicó este profesor, al tiempo que señaló que suele estar vinculada a prejuicios relacionados con la apariencia física, el origen, la orientación sexual o la identidad de género. “Tener rasgos identitarios debería ser riqueza: es la presión cultural de una sociedad estigmatizante la que contamina el contexto de desarrollo de las nuevas generaciones”, afirmó.

Para romper estas dinámicas de exclusión “hay que tomar conciencia y conocer las distintas formas de exclusión social, en especial, la sutil que apenas ha sido considerada maltrato”. La escala ESMASU, reconoció, ayuda a familias a demostrar que sus hijos eran víctimas y permite a docentes anticiparse y detectar casos.

"Las redes sociales son una ventana a contenidos violentos que se consumen sin filtro crítico ni ético"

El jefe del Negociado de Asesoría de Convivencia del Departamento de Educación, Emilio Galera López, aseguró que el acoso escolar es un problema de primera magnitud, tal y como demuestran los últimos estudios realizados en Navarra y que revelan que en torno a la mitad del alumnado ha cometido o sufrido algún tipo de conflicto en el entorno escolar. Sin embargo, Galera indicó que “los casos que encajarían en la definición estricta de acoso (intencionalidad, que se mantiene en el tiempo y en la que se da una relación de desigualdad) afectarían a entre el 3,5% y el 10% del alumnado”. A pesar de esa diferencia, este experto subrayó que cualquier situación de acoso escolar requiere intervención inmediata, educativa y reparadora.

En su intervención, Galera situó el fenómeno del acoso escolar dentro de un contexto social más amplio marcado por lo que definió como una progresiva normalización de la violencia. “Se ha reducido la sanción social hacia ciertos comportamientos inadecuados y ha aumentado la exposición constante a escenas de violencia, lo que influye directamente en la percepción que niños, niñas y adolescentes tienen de estas conductas”, afirmó.

La violencia, expuso, “aparece tanto en su dimensión más extrema, como las guerras, como en su versión más cotidiana a través de agresiones, insultos o discursos de odio que circulan en entornos digitales”. “Las redes sociales son una ventana permanente a contenidos violentos que muchas veces se consumen sin un filtro crítico ni ético, lo que puede favorecer la idea de que ciertas conductas no tienen consecuencias”, señaló.

Este experto reconoció que la escuela, como elemento protector y transmisor de valores, “está debilitada”, y cada vez tiene menos apoyo social. “Durante décadas existió un consenso social en torno a la educación basada en valores democráticos y convivencia, pero se ha debilitado. Esta pérdida de consenso ha favorecido la banalización de la violencia, la falta de respeto y la difusión de discursos discriminatorios, al tiempo que invisibiliza a las familias y sectores que apuestan por una educación en valores”, lamentó Galera, que insistió en el papel clave de las escuelas. “Deben promover el bienestar emocional, el buen trato y la reparación. El profesorado mantiene un alto grado de compromiso y formación, pero necesita más recursos, tiempo y apoyos”.

"La violencia comienza con la manera en que se nombra y se percibe al otro"

La última ponencia abordó el papel de los discursos de odio en el contexto educativo. La profesora de la Universidad de La Rioja y doctora por la UPNA, María Lasanta, quiso aclarar que no toda agresión verbal es un discurso de odio. “Dentro del llamado discurso hostil podemos encontrar discursos ofensivos que, aunque reprobables o cuestionables, están amparados en la libertad de expresión, y discursos de odio. Estos sí están tipificados en el Código Penal”, explicó.

Uno de los ejes centrales de su intervención fue la relación entre el lenguaje cotidiano y la reproducción de violencias. “El lenguaje no solo refleja prejuicios, sino que también los normaliza y los reproduce en la vida diaria. Por ejemplo, una broma xenófoba puede parecer menor, pero ayuda a construir jerarquías entre quienes son reconocidos como parte del nosotros y quienes quedan señalados como otros”, expuso. En este sentido, esta socióloga defendió que el discurso de odio no se limita a lo verbal o escrito, sino que también se expresa como práctica social y forma de construir la realidad, ya que “muchas veces la violencia comienza con la manera en que se nombra y se percibe al otro”.

Esta investigadora reconoció que las redes sociales “no solo amplifican tensiones en el aula, sino que también enseñan: muchos adolescentes aprenden ahí discursos hostiles”. Y es que el anonimato, la distancia respecto de la víctima y la sensación de impunidad “hace que por las redes se digan cosas que no dirían a la cara”.

Para combatir estos discursos a través de la educación, Lasanta abogó por “capacitar a docentes y estudiantes para fortalecer el aprendizaje social y emocional”.