Son las 7:00 de la mañana, hay niebla en las calles de Punta Porá, Brasil. Es frontera seca, un muro invisible divide dos países, cruzamos la calle y estamos en Paraguay, son las 8:00 de la mañana y hablamos castellano. Ahora estamos en Pedro Juan Caballero, la ciudad más peligrosa del país. Sellamos el pasaporte y desde ese mismo edificio comienza la nacional 5. Las motos, la gente, las casas, todo es más humilde. Hemos estado diez días por Brasil pedaleando por campos de cereal, aburridos de las rectas. Ahora el paisaje da un cambio sorprendente. Sin serlo, parecen tepuyes, una carretera ondulada, con vegetación y sale el sol, estamos en el país treinta de Rumbos Olvidados.
Hay tiendecitas donde venden de todo apostadas a los lados de la carretera y gente con apariencia indígena. Son humildes y aunque hablan castellano, lo hacen con un acento cerrado que nos cuesta entender. Dejamos los reales brasileños y pagamos en guaraníes, las cosas son más baratas. A los lados de la carretera hay grandes pastos llenos de vacas de raza cebú, hace más de un siglo que las trajeron de la India para mejorar su raza y el resultado fue un paisaje arrancado de Asia y cosido como un parche sobre esta región. La primera etapa es larga, los primeros días en un país son de dudas hasta tomar la temperatura del carácter local, deambulamos para acampar hasta una gasolinera donde nos aseamos en los baños y terminamos discutiendo con un pastor evangelista con mucha palabrería y poca acción. Por temor a orgullos heridos, desmontamos campamento y nos refugiamos en un hotel barato.
Los paraguayos son amables, generosos. El segundo día comienza probando Chipa Guazú, un pastel de maíz, que nos regala Synthia en plena etapa y termina sentados en el porche de una carpintería comiendo carne asada con una familia de Horqueta. Una reunión que se extiende por videollamada hasta Bilbao donde viven sus hijos. Buscábamos un lugar donde reparar la parrilla rota y encontramos una sobremesa en familia. La parrilla la arregla Sito, gratis y con un abrazo. Cualquier sombra del primer día ha quedado iluminada por la realidad de un país acogedor.
Nuestra estancia en Paraguay es corta, pero vivimos la etapa más larga de todo el viaje: 150 kilómetros por una llanura, con 90 kilómetros de camino y un ejército de mosquitos que nos obligan a pedalear sin descanso hasta Pozo Colorado. El resultado es una espalda llena de picotazos y un día infernal por el Chaco paraguayo. Necesitamos avanzar para llegar a tiempo al primer proyecto en Bolivia y la manera es quitarnos 400 kilómetros llanos, áridos y con viento en contra hasta La Patria. A las 7:00 de la mañana salimos al puesto de Policía; ellos nos ayudan a parar camiones que van en nuestra dirección para pedirles ayuda. Ocho horas después y gracias a tres puestos policiales repartidos en la ruta viajamos en dos remolques y una pick up, incluso subidos sobre una excavadora a propuesta de un agente. En España nos rasgaríamos las vestiduras ante la imprudencia y aquí ha sido una aventura, sentados sobre un remolque, con el viento y el sol dibujando una sonrisa en nuestra cara.
La última noche dormimos en una escuela. Juan, el director, nos cede un aula tras los ensayos para el día de la independencia. Las niñas se esmeran ante la visita y nos convertimos en los primeros espectadores de su función. Es una zona con comunidades indígenas que viven apartadas e integrándose poco a poco.
Despedimos Paraguay con una etapa larga hasta la frontera. Cientos de camiones cisterna nos adelantan hacia un país con un conflicto por los combustibles. Entramos en Bolivia, país treinta y uno y último de este continente. La situación es inestable, sobre todo en La Paz, aunque los ecos de esas movilizaciones apenas nos afectan y las etapas transcurren según el plan.
Nuestro primer contacto es dormir en una base militar abandonada. La etapa hasta la frontera ha sido larga y el primer pueblo está lejos. Oscurece pronto y encontramos refugio inesperadamente. “¿Queda mucho para Villa Montes?” “Ahisito no más, a cinco leguas”. Su lenguaje es suave, sus formas amables y su piel curtida muestra un día a día duro. De los cinco países es el más humilde, el que sabíamos que más nos iba a entretener con sus mercados abarrotados de puestos de verdura, ropa, electrónica y comida. Motos, autobuses locales, colores y olores… es la realidad con la que remataremos Sudamérica.
Por 5 euros los dos comemos nuestro primer menú completo: sopa y un segundo de arroz con carne. Lo acompañamos con refrescos naturales de limón, chicha de maíz o fresa, sabores que iremos descubriendo durante el camino.
En nuestro viaje hacia Bolivia, la casualidad pone en nuestro camino el proyecto que Nor Sud, una organización local, desarrolla en los departamentos de Chuquisaca y Santa Cruz. Entramos en contacto con ellos al final de Chile y desde entonces comienza una carrera para encajar fechas y llegar a Trinidad a tiempo. Sus proyectos se desarrollan a 90 kilómetros de nuestra ruta y no queremos desaprovechar la oportunidad.
La noche anterior a llegar al proyecto, Simona, la Mburubicha o jefa de una comunidad guaraní, nos acoge en una casa comunitaria en Caraparicito. No nos conoce, pero nos ofrece techo para resguardarnos de la lluvia sin pedir nada a cambio. Al día siguiente nos espera en la carretera con bolsos elaborados por la comunidad y un abrazo enorme.
Ese día llegamos a Monteagudo. Allí nos sentimos en casa junto al equipo con el que conviviremos cuatro días: ingenieros, técnicos y un médico al servicio de su pueblo. No hay mejor forma de conocer un país que hacerlo de la mano de un proyecto local que te acerque a una realidad inaccesible para el turista convencional.
El primer golpe llega en los caminos, que durante la época de lluvias aíslan a miles de personas. Visitamos la escuela de Piraycito, donde impartimos talleres de RCP a alumnos y profesores. Más tarde llegamos a Huacareta, donde el centro de salud está más enfermo que sus pacientes. Las instalaciones muestran enormes carencias y Víctor, el médico, nos relata las dificultades diarias para atender a la población.
Descubrimos la vinchuca, un insecto que se esconde en las grietas de las casas y transmite el chagas, una enfermedad endémica en la zona. Nor Sud trabaja en prevención, información y mejora de viviendas para evitar la propagación. Muchas de las personas adultas con las que hablamos conviven con la enfermedad durante toda la vida.
Otro de los proyectos se centra en la atención materno infantil. El objetivo es acompañar a las madres jóvenes, fomentar la lactancia y controlar embarazos y primeros años de vida. En muchos talleres vemos niñas con sus wawas —bebés— en brazos, cargando responsabilidades enormes sin perder la sonrisa.
En Monteagudo visitamos el hospital de tercer nivel. Sus bombillas tenues apenas esconden la precariedad de las instalaciones. Manuel, el pediatra, nos cuenta cómo trasladan a bebés prematuros hasta Sucre en trayectos de ocho horas utilizando baldes de plástico con mantas y bolsas de agua caliente. Esa noche apenas duermo pensando en cómo ayudar. A la mañana siguiente llega una noticia esperanzadora: gracias al convenio con el Colegio de Enfermería de Navarra y Medicina Abierta al Mundo, el hospital recibirá dos incubadoras.
Más tarde visitamos el centro de salud de Candúa, en las afueras. Coincide con mi cumpleaños y me sorprenden con una tarta mientras imparten un taller de lactancia. Las madres y los niños cantan cumpleaños feliz y compartimos la tarta entre todos. Un recuerdo imborrable. Allí solo tienen un doppler roto para escuchar latidos, así que Sheila y yo decidimos aportar dinero de nuestros ahorros para comprar dos nuevos.
La segunda parte del proyecto se desarrolla en Santa Cruz, uno de los motores económicos del país. Allí visitamos el barrio del Plan 3000, una zona humilde donde Nor Sud ha impulsado un puesto de salud centrado especialmente en niños con discapacidad. Hay odontología, fisioterapia, medicina general y trabajo social. También impartimos talleres de RCP a padres y personal sanitario.
Después de casi 2.000 kilómetros pedaleados en un mes, conseguimos tres días para adentrarnos en la selva del parque Amboró, al noroeste de Santa Cruz. Necesitamos descansar tras semanas frenéticas. Buscamos monos, tapires, armadillos o jaguares, pero la selva guarda silencio. Aun así, las cascadas, las acampadas y el aire puro se convierten en la mejor medicina antes de volver a la carretera.
El mes termina con cuatro etapas hasta Ascensión de Guarayos. Por primera vez desde que aterrizamos en Chile vemos en las señales el nombre de Trinidad, destino de nuestro cuarto proyecto. Dormimos en el mercado de Okinawa, un asentamiento japonés fundado tras la Segunda Guerra Mundial, donde Seiko nos deja un rincón para pasar la noche y probar un yakisoba casero.
Desde allí comienzan los bloqueos y cortes de carretera por la crisis de los combustibles. Filas interminables de camiones y personas cansadas de la situación política. Una de ellas es Silvia, una mujer de La Asunta que ha tenido que cerrar su restaurante porque ya no pasan camioneros desde hace semanas. Aun así, nos abre las puertas de su casa.
Escribo este artículo en el Día de la Madre boliviana, con muchas lecciones aprendidas y agradecidos a todas las personas que nos han acompañado en el camino, especialmente al equipo de Nor Sud, por mostrarnos la realidad rural de Bolivia.
PERSONAJE
Nos situamos entre 1539 y 1542. La expedición española asentada en la zona de Asunción se considera superior a los pueblos indígenas y utiliza a muchas mujeres como esclavas sexuales. Una mujer de origen cario, perteneciente a la etnia guaraní, decide rebelarse contra su amo, Nuño de Cabrera, y lo asesina. Es conocida como India Juliana.
Tras confesar el crimen recibe inicialmente impunidad, pero la Corona española considera el acto un desafío. El adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca ordena ahorcarla y descuartizarla para dar ejemplo y evitar futuras rebeliones. Con el tiempo, India Juliana se ha convertido en un símbolo de resistencia femenina e indígena en Paraguay.
HISTORIA
No muy lejos de nuestra entrada a Bolivia, en la actual ciudad de Sucre, tuvo lugar la Revolución de Chuquisaca. La invasión napoleónica de España y el exilio de Fernando VII impulsaron el levantamiento encabezado por Pedro Domingo Murillo el 25 de mayo de 1809 contra el Virreinato del Río de la Plata y el dominio europeo.
Aunque algunos historiadores sitúan antes el primer grito libertario en la Rebelión de Oruro de 1781, la revuelta de Chuquisaca es considerada por muchos como el inicio de los movimientos independentistas en América del Sur. Murillo fue ejecutado, pero dejó una frase que acabó convertida en símbolo de la emancipación americana: “La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar”.
PARA SABER MÁS
Si queréis seguir este viaje solidario podéis hacerlo en rumbosolvidados.com.
Para colaborar y conocer todos los proyectos que hemos hecho podés entrar en yoslocuento.org